Opinión

Pedro Brieger

Periodista

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Los camiones con respiradores que viajaron desde Venezuela hasta Manaos, la capital del estado de Amazonas, son apenas una foto de la profunda crisis que vive Brasil. Venezuela, un país bloqueado y con serias dificultades económicas, les envía ayuda humanitaria a los hospitales brasileños. Otrora una potencia mundial respetada, ahora está a la deriva. El caso de la falta de respiradores para atender personas internadas en Manaos y otras regiones por el coronavirus es solo una muestra de las dificultades del Gobierno de Jair Bolsonaro para enfrentar la pandemia que minimizó una y otra vez. Ante la extensión del virus y la necesidad de dar respuestas, Bolsonaro tuvo que promover planes de vacunación. Durante varias semanas, el presidente se enfrentó al gobernador de San Pablo, João Doria, que impulsó un plan de vacunación con la vacuna Sinovac recibida de China, la que fue ridiculizada por el propio Bolsonaro. Para demostrar que lo podía hacer mejor, preparó un avión especial para traer vacunas desde la India, pero terminó en un rotundo fracaso.
Brasil es hoy un país en decadencia y casi nadie quiere una foto con Bolsonaro. Si bien las características personales del presidente tienen impacto sobre la imagen que irradia el país, no es el único responsable. Todo el arco político, desde el centro a la derecha, buscó destruir al PT en el poder cuando sus representantes votaron la destitución de la presidenta Dilma Rousseff y avalaron la proscripción de Lula da Silva, un líder respetado en todo el planeta. Una de las principales potencias del mundo, con gran capacidad industrial y tecnológica, está sumida en el caos para enfrentar la pandemia. Bolsonaro es apenas una expresión, la punta del iceberg que, hoy, paradójicamente, aparece en el caluroso Amazonas.

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