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El próximo 10 de diciembre, a la ceremonia de entrega de los Premios Nobel acudirá una escritora de 82 años, cabellos blancos, figura delgada y ojos indagadores, para recibir esa alta distinción en el rubro Literatura. Los dos puntales que podrían señalarse en el reconocimiento quizá tengan menos que ver con el hecho de que se haya elegido a una mujer, que con la estima de un género, esto es, la narrativa breve (lo que bien pudo esgrimirse en otros casos como obstáculo para el galardón) y por el mundo representado en sus relatos, que se hallaría en las antípodas de los grandes episodios inscriptos en la novela.
Nacida en 1931 en Ontario, Canadá, Alice Anne Laidlaw pudo ingresar, gracias a una beca en la Universidad de Western Ontario, a una formación que completaría lo que ya en ciernes estaba en su propuesta de escritura. Su temprana orientación al género determinante en su producción fue destacado por los jurados del Nobel: maestra del cuento. Alice adquirió el apellido que hoy circula en las noticias de los Nobel por su matrimonio con James Munro. Surgió allí una coexistencia difícil entre atender la casa y los hijos y no dejar la insistente pasión por escribir. Así se encuentran las anécdotas según las que esa inclinación a la narrativa breve tuvo que ver con los también breves momentos en que podía hallar su «cuarto propio».
En 1968 obtuvo un reconocimiento por su primer libro de relatos, Danza de las sombras felices. Por sus mínimas historias, pobladas de personajes nada extraordinarios, sino al contrario, seres comunes, particularmente los de su región de origen, atravesadas por conflictos acallados que van mostrando sin altisonancias los distintos dramas existenciales, Munro ha sido comparada con Anton Chéjov. Menos que interpretar los hechos, apunta a registrar lo que se percibe y experimenta. Esto puede emplazar el lugar desde el cual abordar formas autobiográficas con Mi vida querida, o condensar pequeños-grandes tramos de vida en Secretos a voces, El amor de una mujer generosa, Escapada o La vista desde Castle Rock. A su incesante labor no faltaron reconocimientos, como el Gilles Prize o el Man Booker International, en 2009. Tal vez entrevió que su cifra estaba en el cuento, aun si soñaba con la gran novela. La distinción de la Academia Sueca parece haber confirmado su destino narrativo.

Susana Cella