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Colaborador de Piazzolla y Pugliese, Horacio Ferrer escribió letras imborrables. Actualmente dirige la Academia Nacional del Tango. Sus inicios en la poesía, la actualidad del dos por cuatro.

 

Horacio Ferrer es una de las plumas más inspiradas y distintivas del tango. Nació en Montevideo, Uruguay, el 2 de junio de 1933. En su adolescencia se enamoró del dos por cuatro y, con el tiempo, se convirtió en un erudito en la materia. Lo difundió a través de programas radiales y televisivos, conferencias y libros. Se ganó el aprecio y la admiración de íconos como Aníbal Troilo y Astor Piazzolla. Con este último formó una sólida dupla creativa que revitalizó, musical y poéticamente, la escena tanguera y generó tanto fanáticos como detractores. También colaboró con otras figuras, como Leopoldo Federico, Horacio Salgán y Osvaldo Pugliese.
A lo largo de su carrera, recitó sus versos en escenarios de España, Francia, Italia, Grecia, Alemania y Turquía. Además, desde hace más de dos décadas es el presidente de la Academia Nacional del Tango, institución encargada de preservar y difundir el género. El poeta vive actualmente en el Alvear Palace Hotel, uno de los más selectos de la ciudad de Buenos Aires. La cita es en el bar de la Galería Promenade, ubicada al lado de la lujosa residencia. De buen semblante y excelente humor, el escritor y poeta recordó su infancia y sus años junto a Piazzolla. Y también opinó sobre la situación actual del tango y el papel que los medios de comunicación juegan al respecto.
–¿Recuerda cómo surgió su interés por la poesía?
–Mi padre, Horacio Ferrer Pérez, era montevideano y ejercía la docencia. Daba clases de historia, pero también tenía un trabajo en la administración pública, porque su vocación le daba poco dinero. Poseía una biblioteca muy completa donde, además de libros de historia, había de geografía, pintura y otras disciplinas. Murió a los 60 años, agotado por tantas obligaciones. Su nombre aún es recordado, pues fue uno de los mayores educadores que tuvo Uruguay. Mi madre, Alicia de Ezcurra, provenía de una familia argentina tradicional. Tenía una prima muy adinerada, que la invitó dos veces a Europa. Yo escuchaba fascinado sus relatos sobre los museos de Lisboa o los grandes restaurantes de París. Además, cantaba muy bien y recitaba aún mejor, porque había estudiado declamación con Alfonsina Storni. Entonces, entre los relatos históricos que contaba mi padre y las anécdotas de viajes y recitados de mi madre, fue naciendo en mí una gran pasión por la poesía.
–Desde pequeño comenzó a manifestarse artísticamente.
–A los 3 años había aprendido a leer, mirando los carteles de las calles. Luego, empecé a devorar cuanto libro de poesía, teatro o historia caía en mis manos. A los 10 creé un teatro de títeres, con el que representaba obras mías para los chicos del barrio. En la época del carnaval, organizaba mi propia murga, para la que confeccionaba máscaras y disfraces. Y en las fiestas del colegio secundario, junto con otros compañeros, hacíamos versiones paródicas de piezas de William Shakespeare.
–¿Cómo llegó el tango a su vida?
–Cuando una prima mía terminó el colegio, mi papá le regaló un gramófono. El aparato venía con un disco de Aníbal Troilo de regalo, que contenía los temas «En esta tarde gris», cantado por Francisco Fiorentino, y «Cordón de oro», del violinista Carlos Posadas. ¡Escuché esos tangos y me volví loco! Los ponía constantemente. Tiempo después, un amigo que tenía una colección de álbumes fabulosa quiso venderla y se la compré. Ahí comencé a conocer con mayor detalle a las diferentes agrupaciones. Mi tío Eduardo de Ezcurra, apodado Goyo, vivía en Buenos Aires. Con mi familia lo veníamos a visitar y él me llevaba a los cafés de la avenida Corrientes, donde siempre tocaban orquestas. Todos estos elementos fueron alimentando mi pasión por el tango.
–¿En qué circunstancias conoció a Astor Piazzolla?
–Él había llegado a Montevideo para ofrecer una serie de actuaciones en el café Ateneo con su orquesta típica, esa magnífica formación con instrumentistas como Leopoldo Federico, Hugo Baralis y Atilio Stampone. Cuando bajó del escenario, el día de la última función, lo paré y le dije: «En esta ciudad, usted tiene un hincha que siente tal locura por su música que dejó de estudiar, abandonó a su familia y ya no se enamora más». Entonces me preguntó: «¿Quién es él?». «Yo», le respondí. Esa ocurrencia le hizo mucha gracia.
–¿Y cómo logró contactar a Aníbal Troilo?
–Estaba en Buenos Aires, con mi hermano Eduardo, y fuimos a un baile al Club Villa Crespo donde se presentaba la orquesta de Pichuco Troilo. Había escrito un poema, dedicado a Homero Manzi, cuyo comienzo decía: «Donde esté tu Malena doliente / con su pura hojarasca de abril / ya tu voz sin rumor se presiente / con angustias de viejo violín». Quería darle esos versos a Troilo, pero no me animaba. Entonces mi hermano me arrebató el manuscrito y se lo dio, mientras yo, avergonzado, me escondía detrás de una columna. Troilo leyó el texto, vino hacia mí y me dijo: «No le voy a poner música a esta letra, porque ya escribí «Responso» en homenaje a Manzi, y no quiero que mis amigos piensen que estoy comerciando con su recuerdo. Pero escríbame otra cosa». Y agregó: «Cuando vuelva a Buenos Aires, llámeme». Luego, me invitó al cabaret Tibidabo y me obsequió una foto autografiada. Decía: «A mi amiguito Horacio Ferrer: recuerdo de una grata noche en el Tibidabo – 1 de julio de 1951». Yo tenía 18 años.
–¿En qué contexto continuó su relación con Piazzolla?
–En 1954, Piazzolla viajó a Francia becado por el Conservatorio de París. Al tiempo, alguien me pasó su dirección y le escribí una carta en donde le recordaba la anécdota del café Ateneo. Me contestó diciéndome que, en determinada fecha, estuviera en el puerto de Montevideo pues arribaría en un barco. Cuando llegó, lo hizo en una embarcación de carga, porque no tenía plata para pagar un boleto en un buque de pasajeros. Para ese entonces, yo había fundado El Club de la Guardia Nueva, entidad a través de la cual difundía el tango de vanguardia por medio de conferencias, la publicación de una revista y la organización de shows. El club tenía su sede en un sótano ubicado en la calle Soriano 1684. Allí lo llevé a Astor el día que volvió de Europa. Cuando entró, el lugar estaba atestado con más de 100 admiradores. ¡Él no lo podía creer! Conseguí un bandoneón, se lo di y empezó a tocar. Fue impresionante.
–El Club de la Guardia Nueva organizó en Montevideo una serie de presentaciones del Octeto Buenos Aires, aquella revolucionaria formación de Piazzolla. A los tangueros ortodoxos no les caía muy bien el conjunto.
–Recuerdo una actuación en la sala del Conservatorio Giuseppe Verdi. Mientras presentaba al grupo, había gente que les gritaba a los músicos: «¡Ustedes van a matar al tango!». La prensa también aportaba lo suyo. La crónica de uno de los shows decía: «Ocho quijotes tocan tango para escuchar». En esa época, no se estilaba ir a un concierto de tango a escuchar la música. La función de la orquesta era hacer bailar a la gente. Por eso, muchos creían que éramos unos engreídos, porque escuchábamos en vez de bailar. Cierta vez, un tipo muy exaltado lo increpó a Piazzolla. «¿Por qué no toca el tango “Chiqué” como es?». Y él le respondió: «Porque sería una mierda». ¡Y se agarraron a trompadas!

–Usted era reconocido por Troilo y Piazzolla, pero aún no se animaba a dedicarse de lleno a la poesía y a la música. ¿Por qué?
–En esa época, estudiaba arquitectura y trabajaba como secretario del rector de la Universidad de Montevideo. Pero en 1961, cuando tomé la decisión de ser poeta, abandoné la carrera. Tiempo después, el rector terminó su mandato y renuncié a mi empleo. Estuve dos meses desocupado, pero en vez de lamentarme por la plata que ya no ganaba, me dediqué a escribir. Así nació «La última grela», el primer poema del cual me sentí orgulloso. Luego fueron surgiendo otros, que formarían parte de Romancero canyengue.
–Ese libro le cambió la vida.
–A Troilo le encantó y Piazzolla me llamó por teléfono y me dijo: «Vos hacés en la poesía lo que yo hago en la música. Nadie escribe así. No te quedás un día más en Montevideo, yo te necesito en Buenos Aires». Entonces agarré la valijita, puse un calzoncillo, un pulóver y me vine.
–Una de las piezas más emblemáticas que hizo con Piazzolla fue «Balada para un loco». ¿Cómo surgió ese tango?
–Un día caminaba por la avenida Callao y, en el cruce con la calle Arenales, vi la siguiente escena: una mujer joven, bella, muy elegante, pero con una tristeza y un aburrimiento infinitos. Entonces me imaginé a un hombre con un melón en la cabeza, con las banderitas de taxi en cada mano, y a ella riéndose al ver a esa especie de payaso. En mi fantasía, ese ser disfrazado se le acercaba y le decía: «Ya sé que estoy piantao, ya lo sé, no me lo vas a decir vos, ¿no ves que va la luna rodando por Callao? Y un corso de astronautas y niños con un vals me baila alrededor». Poco a poco, durante el transcurso de esa pequeña obra de teatro, aquel personaje la va llevando a su locura, que es la locura del amor.
–El tema fue presentado en el Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, en el Luna Park, el 15 de noviembre de 1969. ¿Qué recuerda de ese día?
–El festival realizaba un concurso donde se elegían tres temas ganadores en las categorías música internacional, tradicional y tango. Astor y yo decidimos concursar con «Balada para un loco». Semanas antes de la presentación, recibí varias amenazas por teléfono para que retirara la obra de la competencia. Aquel día, un jurado integrado por personalidades como Chabuca Granda, Vinicius de Moraes y Armando Garrido votó a nuestro favor. Pero un «jurado popular», armado por los organizadores, se inclinó por «Hasta el último tren», un tango cantado por Jorge Sobral que terminó siendo el triunfador.
–Su tema perdió el concurso, pero se convirtió en un clásico de la música ciudadana. En cambio, hoy son pocos los que se acuerdan de «Hasta el último tren».
–«Hasta el último tren» era lo de siempre; «Balada para un loco» era lo nuevo. Unos días después del festival se editó la canción, cantada por Amelita Baltar. Y en una semana vendió 200.000 copias.
–Para el tango, sus letras fueron tan revolucionarias como la música de Piazzolla.
–Tenía la firme convicción de que con Astor se podía hacer un nuevo tipo de tango. Más fantasioso, más imaginativo, más lírico: que abarcara desesperación y ternura a la vez. A lo largo de los años, algunos han criticado mis letras tildándolas de indescifrables. Pero yo no escribo para ser entendido, escribo para emocionar.
–Otro hito en su carrera fue la fundación de la Academia Nacional del Tango. ¿Cómo surgió la idea de crear esa institución?
–En 1985 estrené, en el Teatro Colón, el Oratorio Carlos Gardel. Días antes de la función, se celebró un cóctel donde me encontré con Hugo del Carril, quien me dijo: «Lástima que usted trabaje tan poco, porque el tango está en sus manos». Pensé mucho respecto a la frase de Del Carril, y llegué a la siguiente conclusión: una sola persona no podía tener el tango en sus manos, pero una institución fundada por esa persona sí. Entonces me puse a investigar cómo era el funcionamiento de las academias nacionales y conseguí armar todo en cinco años. La Academia Nacional del Tango fue presentada en el Salón Dorado del Teatro Colón en 1990. Su objetivo es recopilar, preservar, ordenar y estudiar el patrimonio tanguero. Tenemos un archivo espectacular, con documentos, partituras, grabaciones y libros. Hacemos conferencias, presentamos orquestas jóvenes. La obra que realizamos con la academia es maravillosa.
–¿Por qué en Buenos Aires, que es su cuna, el tango es popular pero no masivo?
–Porque tiene a los medios de comunicación en contra. Sólo es difundido por una radio y, en televisión, muy rara vez se accede a él. El periodismo descalifica al tango catalogándolo como música para viejos. ¡Es mentira! Desde la Academia Nacional del Tango organizamos La Gran Milonga Nacional. Una vez al año, la avenida de Mayo se cierra al tránsito por unas horas, tocan orquestas y se bailan tangos. Ya llevamos cinco ediciones, en la última juntamos 40.000 bailarines de distintas edades. Una cosa es lo que dicen los medios y otra lo que siente la gente.
–Dentro de la rica historia del género, ¿cómo le gustaría ser recordado?
–Si en el futuro alguien se sigue conmoviendo con mis versos, puedo darme por satisfecho. No aspiro a otra cosa.
–¿Se imaginaba, aquel niño que en Montevideo armaba su teatro de títeres, que tendría una vida tan intensa y dejaría un enorme legado cultural?
–No. Yo sólo soñaba, pero nunca imaginé todo lo que viviría. El camino recorrido me parece un sueño y, a lo mejor, quizá lo sea.

Gabriel Martín Cócaro
Fotos: Alejandra Marín