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Empezó a funcionar en 1999 como una lista de correo entre personas con discapacidad visual y hoy permite que 7.000 usuarios accedan a decenas de miles de títulos.

 

En línea. Los alcances de la tecnología ampliaron y agilizaron las posibilidades de incorporar nuevas obras. (Martin Acosta)

Un joven egipcio termina el colegio secundario en El Cairo y quiere estudiar español en la universidad. Hasta ahí una historia curiosa, pero sin demasiadas dificultades. El asunto es que Mostafa Gamal, el estudiante en cuestión, es ciego. Y eso, en el comienzo de su carrera, complicó un poco las cosas. Porque, para leer un libro en español, tenía que pedirlo prestado en la biblioteca, ir a su casa, escanearlo para que luego sus familiares lo corrigieran y recién ahí, con su computadora adaptada con un lector de pantallas, podía acceder a su contenido. Ese era el modo en que Gamal, que hoy tiene 22 años, estudiaba español en la facultad de Al-Alsun (que, en árabe, significa «lenguas»), de la Universidad Ain Shams, en El Cairo. «Empecé la carrera en setiembre de 2009 y tenía mucha dificultad para conseguir material en forma digital hasta que, en febrero de 2012, le comenté mi problema a una profesora y ella buscó en Internet si había alguna solución. Y encontró Tiflolibros, lo que facilitó mucho mis estudios porque podía encontrar los libros que necesitaba para estudiar», cuenta Gamal vía correo electrónico, en un español perfecto desde El Cairo. Tiflolibros es la primera biblioteca digital para personas con discapacidad visual de habla hispana y Gamal es uno de los 7.000 usuarios de 40 países que usan sus servicios. Actualmente, este joven egipcio trabaja como profesor adjunto en su facultad: «Me contrataron porque en mi promoción saqué la nota más alta». Lo paradójico, quizás, es que –pese a que el español le atraía desde que tenía 8 años– Gamal ignoraba que ese idioma se hablaba en los países de Latinoamérica. Y fue un proyecto de un país latinoamericano el que lo ayudó en sus estudios. Tiflolibros nació en 1999 y su primera versión fue la más virtual de las bibliotecas virtuales: «Hicimos una lista de correo electrónico y entre los integrantes compartíamos un archivo de Excel en el que figuraban los libros que cada uno tenía digitalizados para que los demás pudieran pedir el que le interesaba a quien lo tuviera», recuerda Pablo Lecuona, director de la biblioteca.
Al igual que la de Gamal, la historia de Lecuona estuvo marcada por la imposibilidad de leer todo lo que quería. «Cuando era chico tenía baja visión, hasta tercer grado escribía con letra grande y, después, empecé a manejarme en Braille (el sistema de lectoescritura para ciegos). Siempre viví el poco acceso a los libros. A los 14 años ya había leído todos los libros policiales que tenía la Biblioteca Argentina para Ciegos, que eran no más de 15 títulos». El recuerdo de las dificultades que vivió durante su infancia y adolescencia hacen a Lecuona, que hoy tiene 39 años, contar con orgullo que en Tiflolibros hay 46.500 libros disponibles (a un ritmo de crecimiento de 3.000 por año) y que, además de los usuarios directos, acceden a la biblioteca 300 instituciones (otras bibliotecas, universidades, escuelas, organizaciones que nuclean a ciegos) que pueden descargar el material y distribuirlo entre sus usuarios.
El caudal de libros a disposición contrasta con las posibilidades previas: «En 1999, la biblioteca más grande de libros en Braille de la Argentina, pese a producir obras desde 1930, ofrecía sólo 3.500 títulos, mientras que la biblioteca más grande de libros en audio apenas llegaba a los 1.200. La aplicación de las nuevas tecnologías para la digitalización de libros –se pueden digitalizar 300 páginas en 10 minutos– y las posibilidades de intercambio y trabajo en red, abrieron inmensas oportunidades, que el proyecto de Tiflolibros buscó aprovechar», explica Lecuona.
Uno de los principales problemas con los que se topó Tiflolibros cuando comenzó a crecer fue el legal. En la Argentina no había ninguna norma que estableciera una excepción en los derechos de autor. Los creadores de la biblioteca comenzaron a investigar y supieron que en otros países había leyes que exceptuaban de pagar derechos de autor o de pedir autorización a quienes reprodujeran una obra para un uso no lucrativo y exclusivo para personas con discapacidad visual. Así, después de mucho batallar, lograron que en 2007 esta ley se aprobara en la Argentina.
La biblioteca brinda distintos servicios a los usuarios: archivos digitales de los libros para que una computadora adaptada pueda leerlo; archivos de audio, útiles para la gente mayor que pierde la vista por la edad y no maneja demasiado bien la computadora; y también la posibilidad de imprimir los libros en Braille. Cuando arrancaron no hubo mucho que pensar en materia de nombres. «Tiflolibros surgió como un nombre fácil y rápido», reconoce Lecuona. Cuenta la leyenda que en la mitología griega Tiflos era una isla en la que se desterraba a las personas ciegas y, por eso, se designa con el término tiflo, que significa ciego en griego, a muchas cosas vinculadas con la ceguera.
También, desde noviembre de 2013, la biblioteca participa del proyecto Libros Escolares Accesibles el Primer Día de Clases –impulsado y financiado por COPIDIS (Comisión para la Plena Participación e Inclusión de las Personas con Discapacidad), organismo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires–. Las editoriales de textos escolares de primaria y secundaria les facilitan los archivos para que puedan realizar la adaptación necesaria y digitalizarlos: ya adaptaron 150 libros y tienen más de 700 en proceso de adaptación. También esta iniciativa a Lecuona le recuerda las limitaciones que sufrió: «En la escuela, mientras todos usaban los manuales de Kapelusz, yo tenía que estudiar con el de Estrada, que era de 10 o 15 años antes».

Ximena Sinay