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En medio del conflicto con la dirigencia, las Panteras conquistaron un bronce histórico en los Panamericanos, mientras que los varones, con nueva conducción, clasificaron a los Juegos de Tokio 2020. El ejemplo del básquet para renovar estructuras.

Misión cumplida. Los dirigidos por Marcelo Méndez celebran el triunfo sobre China, en Ningbo, que les dio el pasaje a la cita olímpica. (Milad Payami)

Si el sentido común indica que para que un equipo logre un éxito deportivo tiene que haber un trabajo colectivo y ordenado entre los jugadores, el cuerpo técnico y los dirigentes, entonces el voley argentino va contra el sentido común. Las selecciones masculina y femenina atraviesan momentos felices en medio de una rebelión. Unidas frente a las autoridades de la Federación del Voleibol Argentino (FeVA), las Panteras consiguieron, con el bronce en los Juegos Panamericanos de Lima, la primera medalla en la historia para un equipo femenino. Los hombres, con sus distintas versiones, ganaron el oro en la capital peruana. Y a los pocos días, en China, obtuvieron el boleto para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Todo en medio del conflicto. Una imagen grafica el estado de situación. Cuando llegaron a Ezeiza, los campeones panamericanos ni siquiera fueron recibidos para ser llevados al Cenard. Se pidieron ellos mismos los autos. Y, por supuesto, fueron ellos quienes los pagaron.
«En teoría somos parte de una gestión mágica de parte de algunos, de la cual nunca nos enteramos… Y hasta menosprecian el esfuerzo de cada uno de nosotros con cosas que nunca hicieron a favor de los jugadores… El vóley es una vez más olímpico (…) después cada uno que lo tome como quiera!», escribió Luciano De Cecco, referente del equipo masculino, en su cuenta de Instagram después de ganarle 3-2 a China y, de esa manera, clasificarse a los Juegos Olímpicos. No resultó el único. Facundo Conte fue explícito: «Qué felicidad y orgullo ser parte de este equipo, los que estamos acá, quienes jugaron el panamericano, un gran y largo equipo junto dejando todo por la celeste y blanca. Haciéndolo solos, no solo sin ayuda de nuestra Federación, sino sintiendo que los únicos que queremos lo mejor para la selección somos nosotros! Hasta hemos recibido mensajes diciendo “si no quieren jugar, que se vayan, habrá otros para jugar”». Y remató: «Cuánto nos gustaría que el vóley esté en manos del vóley y no de personas sin escrúpulos que nada saben de este hermoso deporte». Y Elina Rodríguez, de las Panteras, después del bronce, escribió: «Es un orgullo defender la Celeste y Blanca, aún en las malas, cuando no contamos con el apoyo que necesitamos».
El hombre apuntado es Juan Antonio Gutiérrez, presidente de la FeVA, aunque jugadoras y jugadores se encargan de no personalizar. Lo que discuten es una gestión y lo que quieren es cambiar el vóley. Demasiado parecido a lo que años atrás sucedió con el básquet, cuando la Generación Dorada encabezó la rebelión en la Confederación Argentina de Básquetbol que conducía Germán Vaccaro. Luis Scola fue esa vez el líder de la revuelta contra una dirigencia con manejos irregulares y poco transparentes. Todo terminó en una intervención y la elección de nuevas autoridades. La Generación Dorada no solo se hacía cargo de lo que sucedía en el rectángulo de juego. También se comprometió –y será recordada por eso– en darle una nueva organización al básquet. Antes de los Juegos Panamericanos, las selecciones de vóley difundieron un comunicado en el que rechazaron el aumento de la alícuota en las transferencias internacionales, reclamaron el pago de premios y salarios adeudados, lo que genera que muchas veces sean los jugadores quienes pongan plata de su bolsillo, a la vez que pidieron mejores condiciones e igualdad de género, algo que, remarcaron, se advierte en la duración de las ligas femenina y masculina. «Deseamos un vóley cada vez más grande, sano y transparente. Nuestra problemática está circunscripta con la federación que nuclea al vóley en Argentina (FeVA), en la cual no percibimos manejos claros, y necesitamos tener dirigentes que podamos sentir diligentes», dijeron. Estaban en juego los próximos compromisos.

Objetivos comunes
Pero las selecciones siguieron adelante con sus proyectos. Desde diciembre de 2019, a las Panteras las conduce Hernán Ferraro, asistente de Julio Velasco, el exentrenador de la selección masculina. Ferraro, un conocedor del vóley argentino, ya ha planteado en diversas ocasiones que para desarrollar a la selección femenina hay que tener una Liga más larga y competitiva. En ese plano, el bronce en Lima, la primera medalla para las mujeres en vóley, con victoria frente a Brasil, significa un gran empujón.
Para la selección masculina, Tokio 2020 serán los terceros Juegos Olímpicos consecutivos. El equipo afronta la etapa post Julio Velasco, con quien la convivencia en el último tiempo se había tornado poco armónica. Más allá de los méritos de Velasco en la construcción del equipo, en su trayectoria en el exterior, la relación con el plantel tenía algunas fisuras que se fueron haciendo grietas hasta hacer del vínculo algo cada vez más difícil. Velasco, ya convertido en una leyenda del vóley, anunció meses atrás su retiro como entrenador. El año pasado, después del Mundial de Italia y Bulgaria, le cedió la posta a Marcelo Méndez, que con 54 años también arrastra un gran prestigio después de haber dirigido a River, a Palma Volley de Mallorca, a la selección española, y, en Brasil, a Montes Claros/Fundem y el Cruzeiro, equipo que conduce mientras no se dedica a la selección. Este año hubo doble comando. En Lima estuvo a cargo Horacio Dileo, que condujo a una selección B y Sub 23, que se reforzó con jugadores de experiencia como Lisandro Zanotti, Nicolás Bruno y Franco Massimino. Méndez, mientras tanto, preparó al equipo que conseguiría la clasificación en China para Tokio 2020. Un trabajo que además requirió poder abstraer a los jugadores, tanto a los más jóvenes como a los más grandes, de la crisis institucional.
En realidad, no se trataba de abstraerse sino de pensar en el juego aunque con la bandera en alto de los reclamos. Porque lo que se discute es, nada menos, que el futuro. Esta generación del voley argentino, tanto hombres como mujeres, saben que el compromiso está adentro de la cancha, pero también afuera.