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Al caminar por las calles de Berlín uno puede percibir cómo los alemanes se ven a sí mismos y, por añadidura, a los otros. Dos décadas después de la reunificación alemana la ciudad ha borrado casi todos los vestigios de aquello que la mantuvo dividida durante más de 40 años. Los restos del famoso muro son hoy apenas un espacio turístico. Alemania está de pie, gritan a los cuatro vientos los majestuosos edificios construidos en estos últimos años en los límites fronterizos de las dos ciudades. Es como si hubiera renacido de las ominosas cenizas del nazismo. Humillada y avergonzada por haber engendrado la bestia y después de 50 años de pedir disculpas Alemania está de pie para recordarle al mundo el lugar que ocupa, y nunca debería haber perdido. Poco les importa ahora que los griegos o chipriotas identifiquen los planes de ajuste como una imposición de Berlín. La canciller alemana incluso acusa a los chipriotas de perjudicar a la Unión Europea por haber hecho de su país un paraíso fiscal para oligarcas rusos, sin mencionar que numerosas empresas alemanas también se beneficiaban de un modelo alentado –justamente– desde Berlín.
Algunos en Alemania se rebelan frente a esta renaciente soberbia imperial. El semanario Der Spiegel publicó un duro editorial a raíz de la crisis chipriota donde criticó a la canciller y la calificó de testaruda, egoísta y poseída por ansias de poder. Los alemanes festejan y miran a los europeos con desdén, como si fueran vagos, irresponsables y responsables de su propia miseria. Según Vicenç Navarro –profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona– se ha generado una relación imperial sin ningún tipo de intervención militar. Sin embargo, cuando el primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker, compara la situación actual europea con la de hace 100 años, justo antes de la Primera Guerra Mundial, y dice que los demonios están sueltos, hay motivos para preocuparse.