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Escena porteña. En los 12 años del ciclo en el CCC, se presentaron 1.600 artistas. (Horacio Paone)

Me leyó una gitana en la borra del café que vuelve el tango /Se escapó de enredadas partituras /Los que no lo conocen lo pedían /Alguien lo dio por muerto, ¡qué locura!/ si era siesta, nomás, la que dormía». Con esta letra del grupo La Guardia Hereje, Walter Alegre, coordinador del departamento La Ciudad del Tango del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, dio por iniciado el duodécimo año de Tango de Miércoles. Esta especie de manifiesto poético fue la apertura ideal para la nueva temporada del ciclo, que se fue transformando en uno de los principales referentes de la música ciudadana actual. Si bien en la última década se hizo evidente un resurgimiento del tango, sobre todo en ciudades como Buenos Aires, Rosario y Montevideo, son contados los espacios donde los nuevos músicos se pueden hacer oír. Es por esto que Alegre, junto con la dirección artística del CCC, decidieron tomar la posta, haciendo de la sala Osvaldo Pugliese un lugar de encuentro donde las más variadas voces de la cultura tanguera se expresan y dialogan entre sí. En la tarde del 5 de marzo pasado se dieron cita artistas consagrados como el pianista Pepe Motta, Guillermo Fernández o los más jóvenes Federico Mizrahi (piano) y Luis Longhi (bandoneón), ambos integrantes de Demoliendo Tangos.
Fue una velada muy especial, pero nada distinta a lo que suele ofrecer este ciclo por donde han pasado las orquestas típicas La Vidú, Fervor de Buenos Aires, Camino Negro, La Imperial, y grupos como La Fernández Fierro, Astillero, Rascasuelos, Altertango, 34 puñaladas, Bosnia, Respiro y Marcapiel, entre otros. Se calcula que, en sus 12 años, más de 1.600 artistas se subieron al escenario de Tango de Miércoles. Y no son meras cifras, sino los hechos contundentes de un proyecto que nació de una simple idea y que hoy es reconocido como uno de los lugares indispensables de la cultura vernácula.
«Nosotros no inventamos nada», comenta Alegre a Acción. «Si algún mérito tenemos, es el de haber visto un movimiento emergente, que es el tango actual. El ciclo nació a partir de una necesidad», agrega. «A mí me encanta el tango clásico, pero no me sentía representado: los conflictos que plantea son los mismos, pero las formas de resolverlos son distintas. Evidentemente, algo cambió, por eso propendemos a la composición y a la creación. Por supuesto que hay que aprender de los clásicos y admirarlos, pero no hay que detenerse. Esto continúa y renace, como el tango». Así es como cada miércoles se puede disfrutar de un arte que no sólo se transformó en una vidriera de los argentinos para el mundo, sino que además sigue interpelando desde un lejano arrabal a las luces de la gran ciudad.

Jorge Freidemberg