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La iconografía de los Redondos creada por Rocambole se multiplicó en miles de remeras y tatuajes. La Cofradía de la Flor Solar y la herencia de Patricio Rey. Contracultura y docencia.

 

Ricardo Cohen, más conocido como  Rocambole, es el artista más reproducido de la Argentina. Miles de personas llevan sus dibujos en remeras, mochilas y pieles. Su arte fue tapa de los discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pero sus aventuras comienzan antes y no tienen fin. «Nací en un lugar misterioso que todavía está en debate, la gente asegura haberme visto desde temprana edad en La Plata. Si hay que buscar un origen, se podría decir que es muy próximo a La Plata», dice, enigmático.
Hijo de un empleado de comercio y un  ama de casa, mucho antes de ser Rocambole, incluso antes de ser apodado el Mono, comenzó a dibujar y no paró. En su época de estudiante de Bellas Artes, queriendo separar –ingenuamente, aclara– su carrera de «artista serio» de la de hacedor de carteles, se bautizó con un seudónimo con resonancias rockeras, que tomó del héroe de los folletines franceses de los años 30. «Una de las cosas que heredé de mi viejo son los 40 tomos de Las hazañas de Rocambole, que por supuesto aún conservo, son una joya», dice. Así encontró su firma, una marca indeleble que puede apreciarse en la tapa de los discos de La Cofradía de la Flor Solar, Los Redondos y Skay Beilinson: el estilo siniestro de su obra es una referencia ineludible del arte rockero local.
–¿Recordás tus inicios en el dibujo?
–Los seres humanos, cuando tenemos alrededor de 2 años, nos concentramos en el aprendizaje de tres cosas. Dos son muy importantes, como el lenguaje y la locomoción, pero hay una tercera: todos aprendemos a dibujar. Que esté entre dos tan importantes da que pensar, tal vez es una cosa típicamente humana que tendrá más importancia en el futuro, no sé, pero a los 2 años todos dibujamos. Puedo inferir que el entrenamiento de la visión es algo fundamental para producir imágenes y que no solo el lenguaje es propicio para comprender el mundo. Alrededor de los 5 años, los chicos logran dibujar fantásticamente y no titubean ante nada: les pedís que dibujen una ciudad y la hacen con edificios, aviones que pasan, autos, gente. Siempre me pregunto qué pasará entre los 6 años y los 12. Y entonces tropiezo con la educación formal, con la escuela primaria. No lo digo porque acá la educación tenga unas características especiales, eso pasa en todo el mundo. Supongo que no hay necesidad en esta sociedad de un entrenamiento de ciertas capacidades, sobre todo las artísticas. Nadie va a repetir el grado por no saber dibujar.
–Sin embargo, en algunos la educación formal no llega a enmudecer eso que es constitutivo. ¿Por qué?
–Quizás permanezca en los más testarudos o en los que no logramos descollar en otras cosas. Nunca supe jugar al fútbol, peleando era un desastre, y en la escuela, si no sabés pelear ni jugar al fútbol, estás condenado a un ostracismo supremo o al acoso constante.  Probablemente, con el hecho de dibujar me gané un lugar. Y conservé eso como una característica de identidad, que podía equipararse a cierto liderazgo. El mundo de los chicos es una selva terrible, como el de los adultos, pero mucho más clara. Son conscientes de la destrucción del otro. Y la educación formal, en general, estimula la competencia, que son las leyes por las que nos movemos en la sociedad, una sociedad caníbal que no duda en serrucharle el piso al otro y pasar por arriba de su cabeza. Es como si ya hubiera superpoblación absoluta. Es el mundo de las ratas, o algo parecido.

 

Apostar por el cambio
En 1966, Rocambole formaba parte de una agrupación que, sin identificación partidaria, conducía el centro de estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de La Plata. «Ganamos con eslóganes muy raros, como “Lo único constante es el cambio”. Con la llegada del Mayo Francés, se creían que pertenecíamos a una agrupación mundial que quería dominar el mundo. A partir del golpe de Onganía, se cierran las posibilidades en la universidad y la idea fue reunirnos a hacer una universidad paralela. Alquilamos una casa. Ese fue el origen de La Cofradía de la Flor Solar», recuerda.
Con ese nombre se conoció en La Plata a una de las primeras comunidades hippies del país. La integraban, entre otros, Miguel Grinberg, Kubero Díaz y Morcy Requena. «Es un origen un poco político, que fue derivando en un movimiento más artístico. Teníamos la vaga idea de hacer algo con el rock, anclado en nuestras circunstancias, es decir: cantar en castellano, incorporar poesía en aquel género musical. Ahora parece obvio, pero en aquellos tiempos era absolutamente revolucionario», destaca. «No existía la poesía dentro de la música joven, excepto en algunas producciones inglesas. Las letras del rock norteamericano decían: “bi bap ulula esa es mi chica, bip bap ulula ese es mi amor”. Por suerte no las entendíamos. Cantar en castellano era revolucionario, aunque nos tachaban de cursis y vulgares. Incluso en la revista Tía Vicenta, Landrú, que era el humorista estrella de la época, puso en la lista de cosa grasas: cantar rock en castellano».
–Sin caer en un determinismo, podemos decir que respondían a un sentimiento de época.
–Sí, son transculturaciones que a veces se transmiten por canales que no son demasiado específicos. En este caso, la música supo ser un canal de transculturación muy importante. En los años 60 el capitalismo descubre a los jóvenes como protagonistas, se dan cuenta de que los jóvenes tienen algún dinerillo para gastar en discos, vaqueros y zapatillas. Cuando tuve que reemplazar los pantalones cortos por los largos, la única ropa que había era igual a la de mi viejo: me tuve que poner un traje. No existía nada que distinguiera a los jóvenes desde lo exterior, excepto que eran jóvenes. Se transmitía con el rock un sentimiento de rebeldía que se absorbía a través de lo musical.
–¿Cómo describirías a tu etapa de La Cofradía de la Flor Solar?
–A lo largo de la vida uno va adquiriendo capas y capas de pensamiento, uno es producto de lo que leyó, más todas las películas que vio, más todos los amigos que tuvo. En la época de La Cofradía tenía alrededor de 23 años y ya habría adquirido capas de culturas diversas que me llevaron hacia un lugar. Lecturas de poetas de la generación beat, de autores argentinos como Borges, Cortázar y Arlt, más un poco de la cultura rock, el blues y la música negra norteamericana, la irrupción de los Beatles, la cultura pop, el orientalismo… Todo eso hizo un cóctel de época y tomó forma en algunos que sentíamos esa especie de maremágnum mundial.

 

Los Redondos y después
Los hermanos Beilinson volvieron a La Plata desde Europa, después de coincidir en Francia con el Mayo Francés, con discos nuevos, pelos largos y muchas ideas. Alguien les mencionó a la Cofradía y fueron a su encuentro. Ahí conocieron a Rocambole. El Indio era amigo de Gustavo, el hermano de Skay, con quien estaban filmando unas escenas para una película en Súper 8. Se fueron dando las condiciones para que se engendrara Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Cohen fue el responsable del arte de tapa de los discos de la mítica banda y, desde la serigrafía hasta la fundición de plomo para un medallón, todo fue posible en su territorio.
–¿Cómo es tu relación acutal con el Indio y  con Skay?
–Con Skay tengo relación, lo veo a cada rato. Pero al Indio no lo veo desde la separación, porque vive en ese lugar remoto al que no sé llegar. Skay va a cada rato a La Plata, o voy al bar Imaginario y lo encuentro, o me lo puedo cruzar corriendo en Palermo. Pero con el Indio es distinto: cambiaba de número de teléfono semanalmente, parecía James Bond. Entonces es difícil, tampoco voy a forzar nada.
–¿Qué opinión te merece lo que está pasando con el Indio que, incluso, supera en popularidad a Los Redondos? ¿Escuchás sus discos?
–En general me parece como un largo tema que empezó en Momo sampler, me da la sensación de que el Indio va desgajando un tema único en sus discos. Los primeros dos discos me gustan mucho, pero como soy más rockero a Skay lo disfruto más. Igual se nota, tanto en Skay como en el Indio, la falta del otro. Juntos no había con qué darles, generaron todo esto.
–Sin embargo, esa herencia se percibe mucho más del lado del Indio.
–Porque el Indio era quien salía al frente a dar la conferencia de prensa, se encargaba de la bajada de línea. Skay tenía una tarea más silenciosa, que era la producción. El fenómeno del Indio fue sumando, sumando, y se transformó en una especie de peregrinación a La Meca: tiene que ver con la sensación de que no te podés perder ese fenómeno, que ya excede ir a escuchar un concierto de rock, es más. Vas a participar con una cantidad de gente, en medio del barro, del frío, de la lluvia, de lo que fuere. Pero hiciste tu peregrinación y ahí podés aspirar a la «santidad». El Indio heredó eso por ser el que llevaba la voz cantante.


–Sí, literalmente, y por un dato no menor: era el que escribía las letras.
–¡Por supuesto! Yo creo que la inteligencia cultural argentina le debe un reconocimiento al Indio por su contribución a las letras argentinas. Me parece que, como viene del rock, todavía lo ningunean. No hay periodista que no haya usado una frase del Indio como título de alguna nota. Y de qué se nutre el periodismo si no es del lenguaje de los argentinos y de su literatura. Le deben un reconocimiento por haber contribuido al idioma, produciendo neologismos y raras mezclas de palabras con significados muy ricos.
–¿Cómo definirías a tu propio estilo?
–«El viejo estilo siniestro», decía el Indio. No sé, bastante ecléctico, diría yo. Soy muy variable en ese sentido, y ahí pesa una condición más específica del ilustrador que del artista plástico: descubro una técnica y muchas veces eso te modifica la forma, no los contenidos, que son más o menos los de siempre. Las cosas que a uno lo conmueven son las que podría decir Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte.
–¿Cómo es tu relación con el arte contemporáneo?
–Soy contemporáneo porque existo en este momento, pero no tengo relación con el llamado «arte contemporáneo». Mucha gente de mi generación se queja y dice que ahora cualquiera es artista. Yo les digo que esa es la consecuencia de lo que nosotros hicimos. Buscábamos una libertad, una ruptura y no le poníamos un límite a esa locura. A mí me parece muy bien que cualquiera pueda hacer arte y que no tenga límites, ahora, si vos me preguntás qué obra es buena, entonces ahí empiezo a afinar el lápiz del crítico y te digo: cualquiera puede poner una cortina con lentejuelas y colgarla, pero yo prefiero El caballero de la mano en el pecho de El Greco para colgar en mi pieza. Igual, tampoco creo que las artes plásticas estén destinadas a ser colgadas en las paredes. Hago muestras porque uno hace trabajos y quiere mostrarlos, pero para mí el concepto de «obra de arte» es la obra impresa, multiplicada. Siempre me preguntan, desde la teoría crítica de Benjamin: «¿Cómo, no pensás que la obra pierde el aura cuando se hace popular?». Y yo, por el contrario, desde chico admiré más las cosas que estaban en las revistas, que me emocionaban mucho más que un dibujo original. Me parecía que la gloria de un dibujante era salir en una revista de historietas. Soñaba con ver en un kiosco la tapa de una historieta con una ilustración mía.
–Entonces tu obra se consagró.
–Por un camino indirecto, llegué a algo parecido a ser una tapa de revista: llegué a ser remeras, tatuajes, algo que jamás se me habrían pasado por la cabeza. Y es rara la sensación, a veces uno dice «pensar que eso que lleva puesto aquel es una idea que se me ocurrió una noche que no podía conciliar el sueño y me dije “voy a dibujar un rato”». Es muy extraño.

 

Formación académica
Desde 2008, Rocambole trabaja como prosecretario de Arte y Cultura de la Universidad de La Plata. Organiza eventos gratuitos y genera espacios para artistas emergentes y estudiantes. Paralelamente, tiene una cátedra de animación en la Facultad de Bellas Artes, y es el Encargado de Políticas Culturales del Centro Cultural Islas Malvinas. Mientras cumple con sus múltiples actividades, planea jubilarse y dedicarse a su taller.
–¿Cómo se conjuga tu planteo de que la educación formal silencia la expresividad artística, con el hecho de ser parte de una universidad?
–Creo que es en esos lugares donde uno puede proponer alguna circunstancia de cambio, porque si me quedo despotricando en mi casa, no pasa nada. Puedo plantear una «alfabetización» artística como propuesta de educación. El 95% de la gente es analfabeta visual y nadie se preocupa por eso. Sin embargo, lo que se nos propone como estadio de dominación está todo en pantallas. Y estamos inermes.
–¿Cuál es tu visión sobre la situación sociopolítica del país?
–De los gobiernos que he conocido, desde el 55 hasta acá, este es el mejor que he visto. Hay cosas a nivel social que me interesan mucho. Nunca me hubiese podido imaginar el matrimonio igualitario, superó mis expectativas. Hay profundos errores, pero pienso que está bien equivocarse, los únicos que nunca se equivocan son los de derecha. Hay errores en la comunicación. A mí, en joda, me gusta decir que, de haber sido más grande en el primer peronismo, me tendrían que haber elegido como artista para promover la imagen peronista. De manejos económicos no soy un experto, pero me encanta la independencia de los fondos monetarios, porque me da una sensación de autonomía. Pero tampoco soy un iluso y sé que contra Goliat es difícil: no vamos a tirarle con una honda y matarlo. Es una lucha larga, dura y pesada.

Javier F. Rodríguez
Fotos: Guadalupe Lombardo