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Nombre clave de programas que hicieron historia, Lalo Mir evoca el agite de los 80 y anécdotas con Charly García y los Redondos. Sus inicios y su presente en radio y televisión.

 

Lleva más de 40 años al micrófono. Lalo Mir, una de las voces más populares de la Argentina, dice que la vida lo puso ahí. Sus sueños de niño curioso eran otros: en el puerto de San Pedro, donde nació y se crió, fantaseaba con ser piloto de avión o marino mercante, mientras la radio pasaba encendida todo el día en su casa. «No había televisión en mi infancia», dice, mientras entra y sale del estudio de La 100 FM, donde conduce desde hace 7 años el magazine matinal Lalo por hecho, junto con Maju Lozano.
Mir, un hombre de 62 años, pelo cano, ojos pardos, facha rockera y aire juguetón, se autodefine como un «locutor-artista», porque en los diferentes formatos por los que ha pasado en radio y televisión mezcla «la palabra, la música, el humor y la lectura de los hechos» de un modo particular. Hijo de un taxista y un ama de casa, creció escuchando Radio Belgrano y El Mundo.
Aunque tenía un hermano 5 años mayor, no fueron compañeros de juego. «Esa diferencia de años es mucho cuando uno es joven. Yo entré a la primaria, él pasó a la secundaria. Yo iba a la mañana, él a la tarde. Nos veíamos a la hora de la cena. Después, él, que era traductor de organismos internacionales, se fue a vivir afuera. Entonces nos empezamos a ver. Una vez me quedé 6 meses en su casa, en Estados Unidos. Con Juancho fuimos amigos de grandes. Viajamos juntos. Recuperamos el tiempo perdido. Él murió en el 91», cuenta, con un dejo de nostalgia.
A los 15 años, luego de una incursión radial como parte de un trabajo práctico del colegio, Eduardo Mir se matriculó en el ISER de Buenos Aires, a donde llegaba todos los días en tren. «De pronto aparecí dentro de la radio y hubo cosas que me decidieron a hacer esto porque era una posibilidad de laburo, de guita y estaba bueno, pero no había una pasión ni una vocación», admite. Así fue cómo, luego de su primer trabajo como suplente en Radio Rivadavia y de otros que le siguieron, se convirtió en un personaje que marcó a varias generaciones: primero en Radio Del Plata, donde condujo 9 PM y Lalo Bla Bla, y luego en la Rock and Pop, con Aquí Radio Bangkok (junto con Douglas Vinci y Bobby Flores) y Animal de Radio. En  1988, junto con Mario Pergolini, condujo el programa Rock and Pop TV.
Con sus innovadoras transmisiones, Mir acompañó la efervescencia musical de los 80 y los 90. En el camino, además de promover el humor delirante, la crítica musical dura o el diálogo desenfadado con el público, descubrió talentos: Elizabeth Vernaci y Fernando Peña, entre otros. Fue también uno de los primeros en pasar al aire canciones de Los Redondos y Soda Stereo.
Su nombre está asociado con el género, al punto que inspiró el personaje de Roby, un empresario rockero y conductor de radio, en la comedia Viudas e hijos del rock and roll, de Telefe. Padre de tres hijas de 20, 17 y 11 años, ha sido ganador del Martín Fierro y nominado en numerosas ediciones del premio.
–¿Cómo te sentís haciendo algo tan distinto de tus programas rockeros?
–Digamos que soy ecléctico y que, circunstancialmente, estuve muy ligado al rock, porque estuve en programas de rock. Pero la música que escucho es más variada y no obedece a un patrón. Desde los 20 hasta los 40 años iba a conciertos y tenía una filosofía rock, ahora ya no.
–¿Qué escuchás cuando salís de la radio, por ejemplo?
–Cosas exóticas: una radio paraguaya, la radio Cadena 3 de Córdoba. Busco radios que me saquen de Buenos Aires, porque estoy cansado de escucharnos a nosotros. Las escucho en el auto. En cada barrio hay una sorpresa. Por la zona de Constitución escucho la 91.5, Estudio Dance, la más paraguaya; hablan en guaraní, es maravilloso y trato de entender. Tienen otros códigos. Yo me aburro fácilmente, entonces tengo que estar cambiando.
–Cuando hicieron Aquí Radio Bangkok, en 1987, se vivía un momento muy especial en la Argentina. ¿Cómo lo recordás?
–Claro, estábamos viviendo el esplendor de la primavera democrática, que partió en el 83. Fue una locura: teníamos muchas inquietudes, éramos unos desaforados. Buenos Aires, de ser una ciudad más oscura, por efectos de la dictadura, de pronto se volvió otra cosa. Estaba todo prohibido: se juntaban más de tres y venía la policía. Cuando llegó la democracia, estaba todo el submundo del rock, las artes plásticas, el teatro. El Parakultural, Cemento, el Einstein, Palladium. Los curadores de arte venían a Buenos Aires a llevarse obras y artistas plásticos. Fue una explosión. Estuvimos en el momento justo, en el lugar exacto.
–¿Simplemente ocurrió?
–Yo venía de 9 PM, que era un programa de rock muy diferente de todo lo que se hacía. Y ya había empezado a viajar. Me había tomado un año sabático, en el 81, y había decidido cambiar mi carrera. Trabajaba en publicidad en radios, era productor, no hacía mucho aire. Además de los 6 meses que estuve en la casa de mi hermano en Estados Unidos, viajé por toda América Latina. Eso me hizo replantear mi vida y hacer 9 PM, que era como contracultural, porque comenzó en el último año del gobierno militar. Empecé a hacerlo con Horacio Moret, que era el director artístico de Radio Del Plata, después estuve solo, y terminé con Vernaci. Era mucho vértigo y poca racionalidad… En el primer año no era todo literal: no se decían las cosas tan de frente. Yo venía con la carga de las radios en dictadura, entonces costaba salir de ahí. Pero finalmente lo hice y eso provocó Radio Bangkok, de alguna manera. También me encontré con la gente adecuada: si me hubiera cruzado con otros, habría salido otra cosa.
–¿Cómo llegaste al rock?
–Llegué por dos compañeros de trabajo, Daniel Ladogana y Gustavo Noya. Eran de la productora de Del Plata, JC & Asociados Producciones, una agencia con la que en un momento llegamos a tener 70 horas de radio por día. Hacíamos contenidos, libretos, grabaciones, programas en vivo: una locura. Daniel y Gustavo estaban a cargo de la plataforma musical de la radio, el fin de semana, y ponían rock nacional. Cholo Castañón, que era jefe nuestro, nos decía: «Muchachos, pasen más anglo». Y ellos estaban como en una batalla. Me contagiaron, porque fueron mis musicalizadores de 9 PM. El viaje que yo hice antes me había permitido escuchar mucho rock, ir a ver bandas a Europa y EE.UU., donde también escuché radios con una especie de desenfreno que nosotros no teníamos. Y eso me pegó.
–Ibas a otros países y grababas cosas que luego pasabas en tus programas.
–Sí, de joven trabajé de fotógrafo en San Pedro. Luego, cuando llegué a Buenos Aires y me metí más de lleno en la radio, cambié la cámara por los grabadores. En los viajes grababa gente, sonidos, ambientes. Eso formaba parte de mi biblioteca sonora. Después hacíamos un relato satírico, y por ahí el sonido de fondo era mi caminata por las catacumbas de París. Todo se usaba. Ahora lo que estoy haciendo es tratar de ver y archivar todo lo que tengo, porque tuve una mudanza de estudio y me reencontré con material de más de 30 años.
–¿Te dan ganas de escribir un libro con tu historia?
–No, me dan ganas a veces pero enseguida se me van. Me interesa la literatura desde otro lado: leo muchísimo. Estoy leyendo El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson. También me puse al día con Vargas Llosa y Carpentier. Desde adolescente empecé a leer, pero leía sobre todo entrevistas, biografías y crónicas. Escribir, escribo algunas reflexiones, pero como en general no me gusta lo que me sale, no lo hago mucho. Pinto. Hago pintura figurativa, también esculturas.


–Estuviste con muchas figuras del rock, ¿te maravilló alguna?
–Yo no soy de maravillarme. Soy bastante terrenal y racional, en ese sentido, pero sí tengo respeto por muchísima gente. Luca Prodan, por ejemplo, era una persona con una capacidad poética increíble: «Yo quiero cruzar con la barrera, y que me pisen, que me pisen, que me pisen». Es un canto a la argentinidad al palo, pero lo escribió un tano que vivió en Londres. Bueno, fui parte fundamental para el comienzo de Soda, charlaba bastante con los chicos. Con Virus, con Federico (Moura), éramos amigos. Y con Pappo, también. Con Charly tuve momentos gloriosos. Me sorprendió siempre y me ayudó a sorprenderme a mí mismo, porque él es: «Truco. Quiero retruco».
–¿Te acordás de algún momento, en particular?
–Nunca me voy a olvidar cuando vino  a hacer el Piano Bar a 9 PM «¿Y qué hacemos?», pregunta. «Una nota. Hagamos el Piano Bar», le digo. Y él: «Hagamos el Piano Bar, sí». Y montamos el Piano Bar adentro de la radio. Vinieron todos los músicos, había mozos y repartían whisky. Y la gente preguntaba si era mentira, si eran efectos de sonido.
–¿Fuiste uno de los primeros que pasó a los Redondos?
–Sí, ya eran conocidos. Tenían una tribu que los seguía en algunos teatros, en el Bambalinas o el Margarita Xirgu. Yo los vi por primera vez creo que en el 82 o el 83. La Negra Poly trajo a la radio una cinta con la demo de 8 pistas, que fue la matriz de la cual sacaron los casetes, con los temas «Superlógico», «Un tal Brigitte Bardot» y uno que nunca grabaron que se llamaba «Pura suerte». De ahí salió parte del primer disco, Gulp. La cinta me la quedé yo. A mí me encantaban, iba a esos conciertos tremendos que hacían, con coristas, con bailarinas, con el monólogo de Enrique Symns. Fue una época increíble.
–Después de la Rock&Pop, ¿hubo otro fenómeno en la radio argentina?
–No, en algún momento hubo algo como La Mega, que fue la primera radio grande que pasó solo rock nacional y, después, medio que se les disparó.
–¿Qué podría ser transgresor ahora, como fueron ustedes en su momento?
–Alguien que piense y hable solo, en silencio, y no distorsione la mente (se ríe). No sé… Es difícil ser transgresor hoy. Antes era muy fácil, porque había que romper lo que estaba hecho: ya no estaba la escuela, el señor o la señora locutores hablando correctamente, sino gente de la calle con un micrófono. Si volvés a la inversa, no sé si es una transgresión. Creo que los grandes desafíos tienen que ver con los contenidos y con las ideas. Ahora hay una explosión mediática, un panorama tan grande que todo es muy difícil.
–Pergolini dice que la radio cambió, porque la tecnología cambió la forma de ver y de escuchar.
–Sí, pero eso no cambió la radio. La radio es una antena que transmite. Los periféricos sí cambiaron. Antes, alguien entraba por teléfono con un mensaje que una secretaria anotaba en un papel y yo leía al aire. La forma cambió, pero es un mensaje. Es un tema de conceptos. Si yo voy en el auto escuchando que dicen «Mirá, mirá», o «Como podemos ver ahora en Vorterix», y no lo estoy viendo, me genera una frustración. Eso es no entender el cambio: estás usando dos medios. Para algunos es radio y para otros es tele o multimedia. Y las dos cosas pueden convivir, pero hacelas claras, no me confundas. Porque si lo que querés es llevar a que todo el mundo esté viendo, vamos a chocar, porque no podemos manejar máquinas complejas y ver otra cosa al mismo tiempo. Ahí es donde veo la radio concreta, pero es una idea mía. Mario tiene su idea y está bien.
–¿La gente busca lo mismo de siempre?
–Busca información, compañía y entretenimiento. No ha cambiado eso. En Facebook, por ejemplo, está la información, el entretenimiento y el intercambio de ideas, que es lo que hace el hombre desde que aprendió a hablar.
–¿Y ser locutor ya no tiene un valor en sí mismo?
–No, lo tiene para la vieja escuela, pero para los nuevos productores de radio, los pibes que van a ser dueños de todo esto en el futuro, no significa nada. Puede ser una máquina la que hable: es un signo de los tiempos…

Francia Fernández
Fotos: Juan Quiles/3Estudio