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El director quilmeño retrata la vida de los verdaderos habitantes de los barrios bonaerenses. Con siete películas estrenadas y una en posproducción, se ganó el reconocimiento de la crítica y el público.

 

Detrás de escena. La obra del cineasta se alimenta de la vida cotidiana de sus vecinos, los pobladores del Conurbano profundo. (Daniela Reboiras/ Prensa Campusano)

Las tardes de la infancia de José Celestino Campusano transcurrieron entre un gimnasio de boxeo de Quilmes y las películas de Leonardo Favio, Leopoldo Torre Nilson y Lucas Demare que veía en Canal 7. La vida lo puso a trabajar de vidriero, aunque él no pensara en otra cosa que hacer cine. A comienzos de los 80 cursó talleres de guión y realización, pero no había plata ni equipos para aplicar lo aprendido. Cuando pudo ahorrar unos pesos, se compró una cámara y salió a filmar por Wilde, Don Bosco, Bernal, Quilmes, Sarandí; el GBA Sur: su lugar, su mundo. Se dio cuenta de que no tenía que ir muy lejos para contar historias, porque sucedían a unas cuadras de su casa.
«Se producen todo el tiempo, casi no hay que buscarlas: de alguna forma, llegan, porque son violencias que están todo el tiempo ahí, en boga. En ese sentido, hay como para hacer películas de acá al 2020», dice Campusano, que con su productora Cinebruto lleva estrenados siete largometrajes: Verano del ángel (2004), Bosques (2005), Legión: tribus urbanas (2006), Vil romance (2009), Vikingo (2009), Fango (2012) y Fantasmas de la ruta (2013). Todas sus películas han recorrido festivales de cine nacionales e internacionales y, con los años, han pasado de las críticas más feroces –por considerarlas obras de una técnica «desprolija»– a los reconocimientos por parte de los jurados y del público. «Si hay algo que puede hacer ruido, es porque nos manejamos con otros nutrientes; entonces, la persona se siente agredida, en falta. Como no comprenden, descalifican, pero no es un problema nuestro».
Motoqueros, narcos, prostitutas y cantantes de heavy metal son sus fetiches: hombres y mujeres que actúan de ellos mismos porque son sus vidas las que se cuentan. Campusano filma realidades sin alterar la ficción, siempre atravesado por una historia de amor. «Creo mucho en el verbo activo, y por eso trabajamos con gente que vive la experiencia, que la conoce en un pasado reciente y en su entorno. El sello principal de Cinebruto es que la comunidad aporta personificación, contenidos, producción y posterior difusión». El director no busca que sus actores cumplan un rol mecánico, sino que la búsqueda está en dejar un testimonio, un cine con amplia verosimilitud. Sus personajes no tienen la mirada del cineasta que aborda el universo marginal con los prejuicios de la clase media.
«Alguien dijo que el cine era una mentira a 24 cuadros por segundo. Y yo no acepto esa hipótesis, no creo que tenga que ser así», dice Campusano. «El grado de verosimilitud hace que cada cosa signifique algo diferente en la psiquis del espectador», agrega. En Fantasmas de la ruta, su última película, que fue premiada en los festivales de cine de Mar del Plata y Pinamar y seleccionada para el 16º BAFICI, Campusano cuenta la más cruda de sus historias: la trata de personas en el Conurbano. Pensada en un comienzo como una miniserie de 13 capítulos para la TV Pública, la obra se convirtió en el segundo filme más extenso –detrás de Historias extraordinarias– de la cinematografía nacional, con 206 minutos. Rodada en dos meses y medio en localidades como Ezeiza, Monte Grande, El Jagüel y Valentín Alsina, tiene como protagonista al Vikingo: un motoquero que reparte frutas y verduras en una vieja camioneta. Entre los motorizados, su mejor amigo es Mauro, el más joven del grupo, a quien quiere como si fuera su hijo. En un momento dado, Mauro se pone de novio con Antonella, una de las chicas más lindas del barrio, quien luego es raptada por una red de trata. Y así comienza un raid para rescatarla. «Es una historia que lamentablemente se repite en el Conurbano», dice Campusano. «Nadie va a encontrar la noticia publicada en un diario, porque hay un segmento social amplio que consume y es parte de este sistema de explotación diabólico. También pasa en otros lados, porque la connivencia policial y judicial está en todo el país». En la actualidad, Campusano está en la etapa de posproducción de su próxima película, El Perro Molina, rodada en José C. Paz: cuenta la historia, basada en un hecho real, de un comisario de la Bonaerense casado con una mujer que se dedica a la prostitución. A la vez, el director fue elegido presidente de la Federación Audiovisual de la República Argentina (FARA), que nuclea a realizadores independientes, cineclubistas y estudiantes de todo el país, para incluir filmografías más periféricas al corpus del cine argentino. En el marco de FARA se está organizando un festival de cine entre varias provincias, con películas en línea y también con sedes físicas. «La idea es que se vean esas películas que no tienen circulación, pero que sabemos, junto con los realizadores, que hay muchísimas. Son películas que generalmente no son aceptadas en festivales, pero que para nosotros son valiosas. Y este festival va a detectarlas, visibilizarlas y fortalecerlas», cuenta Campusano. Con su campera negra, el pelo largo y la mirada recia, aquel vidriero del Conurbano profundo que un día se calzó la cámara al hombro para contar lo que pasaba en su barrio vino a romper con una serie de estructuras del cine que, seguramente, alcanzarán su reconocimiento en el público y entre sus pares.

U. R.