Contenido restringido

Luego de completar una serie de novelas sobre los 70, el escritor Carlos Gamerro analiza los rasgos de su propio estilo y desentraña la relación entre realidad y ficción, memoria y presente.

 

Una época puede ser condensada en un conjunto de ideas que funcionan, en alguna medida, como un conjunto de obsesiones. La naturaleza misma de esas ideas implica el regreso constante al centro del escenario político, social y cultural revistiendo las más diversas formas, pero siempre insistiendo sobre los mismos temas. Aquello que comenzó en la década del 70, los problemas planteados en ese escenario, han tenido un fuerte resurgimiento en lo que va de la crisis del modelo neoliberal: desde el compromiso de la militancia hasta el planteo de un modelo socioeconómico atento a la redistribución de la riqueza, con aciertos y desaciertos.
La obra de Carlos Gamerro, ese ciclo novelístico que se abre con el tratamiento de la cuestión de Malvinas en Las islas (1998) y que termina con la militancia de los tempranos 70 hasta el golpe de Estado con Un yuppie en la columna del Che Guevara (2011), vuelve sobre esos temas pero desde una óptica muy particular, como si quisiera concentrarse en la idea más allá de la obsesión. Esas novelas, en definitiva, levantan como bandera la más que citada frase de Marx de El 18 brumario de Luis Bonaparte: la historia primero se vive como tragedia, después como farsa.
–Ahora que has reeditado varios de tus trabajos en Edhasa y viendo la génesis de todo esto desde la distancia, ¿cómo fue el proceso de escritura de Las islas?
–Originalmente, tenía más ganas de escribir un policial negro –algo que en ese momento leía mucho– que de hacer una novela con tema bélico. De hecho, la estructura policial está presente, por más que esté medio invertida: el detective lo hace un hacker, y su tarea inicial es buscar las huellas de un crimen para borrarlas. Tiempo después hice el decálogo de la literatura policial argentina publicado en el libro El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos, donde explico por qué en la literatura argentina no podés trabajar con detectives o policías, sobre todo después de la dictadura. Y Las islas es claramente una novela posdictadura. Volví a laburar el mismo problema de una manera más circunscripta en El secreto y las voces, donde justamente trabajo el tema de la complicidad civil y de la culpa colectiva, y el lugar de la policía, no de las fuerzas armadas, en la represión ilegal. No sé muy bien cómo en todo esto aparecieron las Islas Malvinas, pero lo que sí sé es que una vez que entraron, tomaron la novela. Por otra parte, hay sin duda una motivación personal: yo soy clase 62, perfectamente me podría haber tocado ir a la guerra; no fue así porque estaba con prórroga, no había hecho la colimba. Fue raro, aparte, porque yo estaba afuera, de vacaciones en México: no era nada político mi viaje, estaba de mochilero. Y me enteré de la guerra estando ahí, tardé un mes en volver. Cuando volví y me encontré con el cerco informativo de la dictadura y toda esa cosa patriotera, quedé bastante desconcertado. Esas vivencias son parte del impulso de escribirla. Mis novelas surgen de un proyecto de investigación, nunca las escribí porque inventé un personaje y lo puse a andar, sino que estudio una determinada época, una determinada realidad que tengo que recrear. Leí mucho acerca de las islas, me entrevisté con un grupo de excombatientes y, en un momento, me di cuenta de que había una cantidad enorme de historias y de material para que un escritor lo trabaje. Mi método fue tratar de meter todo: no cuento historias chiquititas; no es minimalista mi intención, sino maximalista.
–¿Cuánto tiempo te demoró esta intención maximalista en la escritura de la novela?
–La primera versión de la novela que se parece a lo que es, no el primer borrador, me llevó tres años y medio. Después hubo un año y medio en el que me dediqué a intentar publicarla: era una época bastante difícil para ser un escritor desconocido y publicar una novela de 600 páginas. Y en ese año y medio que me llevó publicarla, la seguí puliendo y revisando. Arranqué con el primer capítulo de la novela en 1992 y, de hecho, la novela comienza en esa fecha, 1992. Me gustaba jugar con la idea de escribir una novela acerca del presente. Y como me iba a llevar un tiempo, llegué a la conclusión de que tenía que ser un poco futurista, porque si no, cuando la publicara, la novela no iba a ser sobre el presente, sino sobre el pasado. Ahí, deliberadamente, adelanté algunas cosas, como Puerto Madero, algo que se insinuaba en ese momento. Tengo el dudoso privilegio de haber fundado Puerto Madero, al menos, literariamente. En definitiva, Las islas es tanto sobre las Malvinas como sobre esa década, la del menemismo: una novela sobre los 90.
–¿Sufrió cambios con la adaptación teatral estrenada en 2011?
–Sí, hice algunos cambios, cosas que aparecieron en la obra de teatro las metí en la novela porque me tenté: no tengo una especie de obsesión con la idea de la obra terminada y por lo tanto inmodificable, pero también depende un poco del texto en cuestión. El secreto y las voces es una novela muy armada, muy ajustada, que laburé mucho para que todo encajara y nunca se me ocurrió cambiarla ni en la traducción ni en las ediciones posteriores. Las islas es muy proteica y en algún punto contingente: es como es, pero podría ser de muchas otras maneras. Este caos originario ha probado ser bastante productivo: mis otras novelas, directa o indirectamente, surgen de ella. De hecho, la historia del secuestro de Tamerlán por los Montoneros, que ya está contada en Las islas, me dio para dos novelas, Las aventuras de los bustos de Eva y Un yuppie en la columna del Che Guevara. Las islas fue una especie de Big Bang en el sentido de la cantidad de cosas, de personajes y de situaciones que siguió produciendo.
–En todas estas novelas trabajaste con los 70, un tema candente en términos políticos. ¿Cómo lo encaraste literariamente?
–Una etiqueta que se usa para hablar de estos temas en términos de filosofía política es eso del «pasado reciente», lo cual es una categoría muy vaga. ¿Qué tan reciente? ¿10, 20, 30 años? ¿Cuándo deja de serlo? Yo prefiero hablar de historia vivida. Por mí, en este caso: de los 70 tengo memoria personal. Leo mucho, estudio mucho, pero, al mismo tiempo, además de recrear lo que investigo, recreo mis vivencias. Eso por un lado. Por el otro, cada vez que se habla de la relación entre la literatura y la experiencia, pareciera que de algún u otro hecho sólo pueden hablar quienes lo vivieron o protagonizaron, que en los 70 serían, por ejemplo, los militantes, y los que no lo hicieron no son una voz autorizada. Pero creo que hasta puede ser al revés, porque cuando hacés ficción muchas veces estás tratando de desentrañar tu identidad, aquello de lo que estás hecho, y muchas veces no es algo que viviste, algo de lo que tengas una memoria clara. A mí, como persona y como lector, los 70 y los años posteriores a la dictadura son la época en la que el mundo me hace lo que soy: cuando termina la dictadura tengo 21 años. Por otra parte, la etapa que arranca con el Cordobazo y la caída de Onganía es el período más intenso, de cambios más violentos de la historia argentina: no hay nada que se le compare. Hay quienes dicen por qué volver a esos temas, a esa época: bueno, volvemos a eso porque sigue siendo nuestro presente, no es nuestro pasado, en el sentido político.
–¿Cómo opera, entonces, lo paródico en tus novelas o, en líneas más generales, la inversión?
–Me gusta mucho eso de poder hacer, a través de mis personajes, lecturas a contrapelo, no sé si mejores o peores, pero distintas: como Marroné leyendo el Diario del Che buscando claves para ser más eficiente en los negocios, como si estuviera leyendo una de esas biografías de magnates o de triunfadores. Como después lee el Diario del juicio a las juntas pero al revés, revisándolo para ver si saltaba algo de lo que había hecho, para ver si lo mencionan. Siempre trato de entrar por otro lado a las historias, buscar el revés de la trama. En los 90, por ejemplo, se forjó el cliché del ex militante o guerrillero que se hace empresario y yuppie: el modelo Galimberti. Comprar esa figura era muy peligroso, ya estaba construida como un cliché dirigido a desacreditar todo lo que pudo tener de auténtico y de valioso la militancia y la lucha armada en la Argentina. Decidí ponerla de cabeza: un tipo que era empresario y que se hace guerrillero. Incluso me jugué a invertir la temporalidad, porque es un hombre de los 90 que se vuelve un hombre de los 70. El título mismo de la novela, Un yuppie en la columna del Che Guevara, exhibe el anacronismo. Es más, la palabra «yuppie», en la novela, no se usa. Quise que el título fuera el eco de una novela que no me maravilla especialmente pero que está construida también sobre un anacronismo: Un yankee en la corte del Rey Arturo, y quería que mi título tuviera el mismo patrón rítmico que el de Mark Twain.
–La primera novela de la serie se publica en 1998 y la última en 2011: empieza con el fin del menemismo y termina con la primera presidencia de Cristina Kirchner. ¿Sentiste que hubo una relación entre los cambios políticos y lo que escribías?
–Pese a que el impulso inicial fue lo suficientemente fuerte, obviamente los cambios políticos resignificaron el proyecto, incluso el sentido de la novela, por más que estuviera pensada desde antes. Después de 2001, toda la discusión y toda la pelea se daba dentro de la órbita del peronismo de una manera mucho más absoluta que en los 70, porque en los 70 podías encontrar las mismas discusiones pero el peronismo no cubría todo el espectro político. Aparte, Menem amplió tanto el espacio de lo que podría considerarse peronismo que, después de él, el peronismo puede abarcarlo todo. En La aventura de los bustos de Eva, la cual había pensado antes de 2001, el peronismo lo ocupa todo: así como en Las islas todo tiene que ver con las islas, en esa novela todo tiene que ver con Perón y Eva. Estaba escribiendo esta novela a lo largo de 2002, 2003 y parte de 2004, mientras en la realidad exterior estaba pasando lo mismo que mi novela estaba generando. Y al mismo tiempo que la escribía ya tenía Un yuppie…, que es su continuación, más que pensada, o sea que el regreso del tema de la militancia y la discusión sobre la lucha armada también lo tenía muy presente. La presencia de esas mismas discusiones en la realidad cotidiana no sólo le dio fuerza, sino que también aportó temas: toda esa escena en la que  lo quieren fusilar al Gordo en el Tigre por ser mal guerrillero fue inspirada por las revelaciones y la discusión en torno a la guerrilla de Jorge Masetti en Salta, que se dio en esos años: los que participaron contaron que nunca habían entrado en combate y que se la pasaron fusilándose entre ellos mismos. Masetti determinaba que tal o cual no era buen guerrillero y lo hostigaba hasta quebrarlo, luego obligaba a otro del mismo grupo a fusilarlo. La novela tiene un impulso y una fuerza propios, pero también se va nutriendo de incidentes y de cosas que pasan o incidentes del pasado que se revelan mientras la estás escribiendo.


–¿Estás preparando una novela nueva?
–Sí, es una novela con un tema totalmente distinto al ciclo que acabo de cerrar; es más literaria, en un punto. Tiene que ver con la primera traducción del Quijote al inglés, en 1612, y con una obra de teatro perdida de Shakespeare –existió, pero se perdió el texto– que estaba basada en un episodio del Quijote. Hace muchos años escribí para el suplemento Radar un artículo; luego seguí leyendo, investigando, aparecieron muchas cosas sobre el tema, como siempre sucede. Yo me formé un poco a caballo entre una cultura y la otra, entre la inglesa y la española, entre un idioma y el otro. Es más, mi abuelo materno es de Gibraltar, la mezcla me viene de antes. Y cuando tuve noticia de esta historia, del cruce entre Cervantes y Shakespeare, me dije «esta es para mí».
–¿Cerraste para siempre, entonces, los 70 como tema literario?
–En realidad, lo que cerré es un ciclo novelístico, aunque tendría que haber hecho una salvedad. No es sólo los 70, sino la historia de determinado grupo de personajes lo que cerré. Aunque con tipos como Tamerlán nunca se sabe: podés pensar que terminaste con él, pero tal vez él no terminó con vos.

Fernando Bogado
Fotos: Kala Moreno Parra