Contenido restringido

El correntino, quien obtuvo un torneo de jerarquía en Hamburgo, escaló al número 27 del ranking a base de sostenido esfuerzo y perfila nuevos desafíos para seguir progresando.

 

Crecimiento. El tenista accedió por primera vez a la cuarta ronda de un gran slam y logró su primer título ATP en 2014. (Télam)

El hotel en Agadir, Marruecos, está frente al mar. El equipo argentino de Copa Davis, con Gustavo Luza de capitán, sale a pisar la arena y a moverse. Leonardo Mayer tiene 17 años y el pecho inflado por ser sparring de Guillermo Coria y David Nalbandian. Corre, se mueve, se escapa. «Está salada», grita, sorprendido, asomando la cabeza desde el agua. Nunca antes se había metido al mar.
Brilla. El trofeo es una hélice de un barco, un símbolo de Hamburgo, la ciudad que tiene el segundo puerto más grande de Europa. Y está en sus manos. Las mismas que hace minutos se agarraban la cabeza y se dejaban caer sobre el polvo de ladrillo aún incrédulas de lo que acababan de lograr. En la final del ATP 500 de Hamburgo, Mayer borró de la cancha a una bestia de esta superficie como es el español David Ferrer y se adueñó de su primer torneo ATP. El primero a sus 27 años.
Se levanta y se sienta en el banco. Llama a Milagros, su novia. Llora. Pide no hablar en la premiación. No lo necesita: su sonrisa transmite su felicidad. Ahí está ese jugador perseverante y tímido que desde Corrientes, una provincia con poca actividad tenística, llegó al mundo. A su mundo. Hoy, Mayer es 27 del ranking ATP, el mejor puesto de su carrera, y es el segundo argentino con mejor ubicación después de Juan Martín del Potro. Es, además, la carta fuerte de Martín Jaite para ir a defender la categoría del grupo mundial en el repechaje de la Copa Davis en Tel Aviv ante Israel en septiembre.
En el día después de la final lo saludan todos –o casi todos– los jugadores argentinos a través de las redes sociales. No es algo común en un deporte individualista por excelencia que suceda una demostración de apoyo colectivo. Él lo consigue. En parte, porque mantiene la humildad de aquel chico que a los 7 años empezó a jugar al tenis en el barrio Laguna Seca cuando estaba de moda el paddle. «Arrancó acompañándome a jugar al paddle y cuando me di cuenta de que tenía condiciones lo llevé al Corrientes Tennis Club», contó Orlando Mayer, su papá, un empleado bancario que poco tenía que ver con el deporte de Guillermo Vilas. Estela, su mamá, es profesora de educación física y madre además de Gabriel, Walter y Verónica. Hoy el Corrientes Tennis Club tiene una escuelita de tenis con su nombre: «Leonardo Mayer».

 

A pulmón
En los primeros años lo formó el recordado Rubén Re. No fue sencillo para el Yacaré –su apodo– jugar al tenis. Más allá de su talento, necesitó del apoyo de su familia para afrontar los gastos de su carrera hasta que la AAT finalmente financió su etapa de junior. Cuando Mayer estaba entre los diez mejores Sub 16 viajó a un torneo en Europa financiado por la Asociación y por Gabriela Sabatini. Esa fue su primera vez en un avión. Después, a los 17, logró la colaboración de un sponsor particular y comenzó su carrera.
Nada sería sencillo. Mayer tuvo picos, caídas y el físico le jugó una mala pasada. En particular una dolencia lumbar lo obligó a cambiar su calendario más de una vez. «Esto no se me dio antes porque no podía entrenarme como quería durante un año y medio. Cada tres meses tenía un problema en la espalda y no podía seguir», cuenta hoy Leo. La irregularidad también fue un fantasma: hacía todo perfecto en un partido y al otro día no se encontraba y se retiraba enojado casi insultándose. Pero en silencio, con un perfil bajísimo (sufrió en los primeros años la exposición en los medios hasta que logró trabajar un problema de tartamudez) el correntino construyó su camino. Dueño de 15 títulos Challengers, 8 en individuales y 7 en parejas, y sólo uno en dobles de un ATP (Buenos Aires 2011), hasta antes de Hamburgo tenía una sola final ATP en su haber: la de este año en Viña del Mar, donde perdió ante el italiano Fabio Fognini. Sin embargo venía avisando que su tenis estaba cada vez más agresivo: en los últimos cuatro años siempre estuvo en el top 100 (entre el puesto 94 y el 72). Esta temporada, además de la final en Chile, accedió a la cuarta ronda de un Grand Slam, en Wimbledon, por primera vez. «Eso me dio un empujón. Al estar en la segunda semana de un Grand Slam me pude dar cuenta de que se puede», reconoció. Y en Hamburgo llegó su mejor versión: lastimando con su saque, subiendo a la red, sorprendiendo, moviendo a su rival y tomado los riesgos del partido conquistó el título.
Pero para el fanático de la pesca de dorado tanto como de Roger Federer, este salto en el ranking lo pone frente a nuevos desafíos. Estar entre los top 30 le representará la posibilidad de ingresar directamente en el ATP 500 de Tokio y Basilea, y en los Masters 1000 de Shanghai y París, estos dos últimos torneos de mucho prestigio. Además ahora comenzará la gira por canchas rápidas con la participación en el US Open, el último Grand Slam del año. «¿Cómo sigue esto? Voy a seguir entrenándome igual que hasta ahora con la idea de seguir escalando, pero yo voy a ser el mismo de siempre», dice Mayer, el Yacaré, el correntino que hoy disfruta estar en el lugar al que siempre quiso llegar.

Natalia Florio