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Pionero del género en el país, Alejandro Medina recuerda los tiempos de La Cueva y su paso por La Pesada del Rock and Roll y Aeroblus. Su presente musical y su mirada sobre la historia reciente.

 

Ese lo hizo Jorge de la Vega, su estilo es inconfundible. ¡Cómo no lo voy a reconocer, si yo paraba acá!», dice el entrevistado mientras sus ojos, vidriosos por la emoción, se clavan en un cuadro del célebre artista. La obra viste una de las paredes de Bar O Bar (también conocido como «Bárbaro»), mítico pub fundado en 1969 por el pintor Luis Felipe Noé. Y el hombre ensimismado por el recuerdo es nada menos que Alejandro Medina, figura pionera del rock argentino.
Su carrera, de casi 50 años, es impactante. Se inició en la música cuando cantar rock en castellano ni siquiera era una utopía. Con Manal, inventó el blues porteño y en Aeroblus, junto con Pappo, sentó el germen del heavy criollo. Su bajo sonó en trabajos de Sui Generis, La Pesada del Rock and Roll, Raúl Porchetto y David Lebón, entre muchos otros. Hoy, los grandes sellos lo ignoran y los medios masivos rara vez lo difunden pero él, guerrero de mil batallas, sigue adelante.
A pura autogestión, con la vital ayuda de su esposa, el bajista produce sus obras y conciertos. A los 63 años luce fuerte y vital. Su discurso, verborrágico y sin filtro, es el mejor socio de una memoria prodigiosa. «Los reyes de este lugar eran Noé, De la Vega y Rómulo Macció. Ellos expandieron los límites de la plástica y la prensa los bautizó como el grupo “Nueva figuración”», rememora. Así comienza el viaje a través de su apasionante historia.
«La música siempre estuvo conmigo», asegura. «Recuerdo, de niño, a mis primas tocando “Para Elisa” en el piano de casa. Aunque el primer impacto fuerte lo sentí cuando escuché a Elvis Presley cantando “Fever”. Louis Armstrong también fue otro referente. De hecho, mi primer instrumento fue una trompeta. A los 13, la cambié por un bajo y a los 14 hice mi primera grabación. Fue con The Seasons, un grupo beat que tenía con Carlos Mellino», cuenta.
–Ese grupo tenía poca experiencia y sus integrantes eran desconocidos. ¿Cómo tuvieron la posibilidad de grabar?
–Compartíamos sala de ensayo con Billy Bond, quien por esa época lideraba Los Guantes Negros. El Bondo, como lo llamábamos nosotros, se convirtió en una especie de padrino artístico nuestro y fue quien nos contactó con Mario Kaminsky, responsable del sello Microfón. En 1965 registramos un simple y, al año siguiente, salió el álbum Liverpool at B.A.. La influencia de Los Beatles estaba reflejada en el título del vinilo y, obviamente, en la música. Los temas, todos en inglés, los escribía con Mellino, pero no figuraban nuestros nombres en los créditos porque usábamos seudónimos: él era Max y yo Rodney, en clara alusión a Lennon y McCartney.
–En ese momento, cantar rock en castellano era impensado.
–Ni se nos pasaba por la cabeza. Nosotros componíamos y cantábamos en inglés. La historia del rock en castellano arrancó en La Cueva. El lugar lo había armado Sandro pero, después de un tiempo, dejó de dirigirlo porque tenía mucho trabajo. Entonces se hizo cargo Billy Bond, quien me contactó con ese ambiente. Ahí lo conocí a Litto Nebbia y también a Moris, el primer maestro que tuvo el movimiento: todos aprendimos algo de él.
–Debe tener miles de anécdotas de esos tiempos iniciáticos.
–Sí, tengo una muy graciosa con Oscar Ringo Bonavena, el boxeador. Una noche, a la salida de La Cueva, rumbeamos con unos amigos hacia una pizzería de la zona. Cuando llegamos, apareció la policía y empezó a hostigarnos. Estaban a punto de llevarnos detenidos pero, de repente, apareció Ringo. Se bajó de su Cisitalia rojo, se paró frente los oficiales y, mientras le sacaba la gorra a uno para ponérsela en la cabeza, les dijo: «Los pibes están conmigo». ¡Los tipos no sabían qué hacer! Entonces, Oscar devolvió la gorra, firmó unos autógrafos y los canas se fueron. Ringo era divino. Grabó algunas canciones con The Seasons pero, lamentablemente, el material desapareció y nunca pudo ser publicado.
–¿Cómo conoció a quienes luego serían sus compañeros en Manal?
–A Javier Martínez lo conocí en La Cueva, cuando estaba en una banda llamada El Grupo de Gastón. Fue él quien, junto con Claudio Gabis, me vino a buscar para armar Manal. Javier tenía unas canciones impresionantes, pero había que armarlas, pulirlas. En ese proceso, participábamos los tres. Ensayábamos en mi casa, en una sala que había acondicionado especialmente.
–Manal alumbró clásicos como «Avenida Rivadavia», «Jugo de tomate» y «Avellaneda blues». Su música no perdió vigencia y se transmite de generación en generación. Pero, más allá de los logros artísticos, ¿ganó dinero con el trío?
–La plata que obteníamos provenía de las actuaciones. Teníamos un ritmo de trabajo intenso, con 5 o 6 shows por fin de semana. Pero jamás vimos un centavo en concepto de regalías. Hace unos años, fui a SADAIC a cobrar una liquidación correspondiente a la venta de 60.000 discos de Manal. ¡Me pagaron 163 pesos! Los ejecutivos de los sellos discográficos se quedan con toda la guita. Ellos se visten con piel de músico, pero nosotros los hacemos cornudos.
–Tras la disolución de Manal, se incorporó a La Pesada del Rock and Roll. ¿Qué recuerdos tiene de la banda?
–Fue un proyecto impulsado por el productor Jorge Álvarez y Billy Bond. Una especie de grupo abierto, por donde pasaron infinidad de músicos. Grandes amigos como Pappo, Black Amaya, Kubero Díaz, Rinaldo Rafanelli y Jorge Pinchevsky, entre otros. Con los muchachos nos divertíamos mucho, pero también trabajábamos. Además de grabar nuestros propios discos, colaborábamos con otros intérpretes. La Pesada grabó Vida, de Sui Generis y también el primer álbum de David Lebón y Raúl Porchetto. En vivo, éramos una aplanadora.
–En el segundo disco de La Pesada, editado en 1972, está «La maldita máquina de matar», un tema suyo que alude al clima de violencia y represión que se vivía en aquellos tiempos.
–Era una época dura, salías de tu casa y no sabías si volvías. La canción reflejó ese momento. Lamentablemente, después se puso peor.
–Ni el momento más feroz de la autodenominada «Revolución argentina» se compara con la carnicería desatada por la dictadura de Jorge Rafael Videla.
–Por supuesto. Fue el tiempo más terrorífico de la Argentina. Lo viví en carne propia.
–¿Cómo es eso?
–En 1977, luego de tres años de vivir en Brasil, regresé al país. Mi nueva banda era Aeroblus, un trío de rock pesado armado con Pappo y el baterista Rolando Castello Junior. Estaba feliz y concentrado en ese proyecto. Pero una noche apareció una patota y me secuestró. Estuve más de 10 días «chupado» en la Comisaría 22, donde me picanearon y me cagaron a trompadas. En ese momento, no entendía por qué lo hacían. Después, supe que cierto personaje me había involucrado en sus negocios sucios. ¡Pero yo era inocente! Por suerte, sobreviví para contarlo y para decirle a todo el mundo que nunca más tenemos que volver a todo aquello.
–En aquellos tiempos o después, ¿tuvo algún tipo de militancia política?
–No, pero siempre tuve buena memoria. Aún recuerdo cuando escuché, desde mi casa, el zumbido de los aviones que iban a bombardear Plaza de Mayo. Parte de mi familia estaba allí. Eso fue terrible. Pero bueno, cuando los oligarcas querían voltear a un gobierno popular se juntaban con los milicos y pasaban esas cosas.
–Y ahora, si quieren voltear un gobierno popular, ¿cómo hacen?
–Utilizan los medios de comunicación. Por ejemplo, cada vez que se comete un robo o un asesinato los canales de Clarín repiten la noticia una y otra vez. El grupo, con sus más de 300 medios, cubre todo el país y difunde esa información hasta el hartazgo. La finalidad es sembrar el miedo y el caos. Pero no van a poder.


–¿Qué opina de la gestión del Gobierno nacional?
–La considero buena. La Presidenta tiene un plan y lo está llevando adelante. En cambio, en vez de aportar ideas para que todo mejore, la oposición se dedica a poner palos en la rueda.
–Su primer disco solista salió en 1974 y el segundo 20 años después. ¿Por qué pasó tanto tiempo entre uno y otro?
–Desde fines de los 70 y hasta principios de los 80 estuve en Aeroblus, el retorno de Manal y en La Metropolitana. En 1984 nació León, mi segundo hijo, y tuve que criarlo solo. Fui padre y madre a la vez. ¡No podía grabar porque estaba cambiando pañales! En 1993 conocí a mi actual mujer, quien me impulsó a retomar mi carrera. Al año siguiente grabé Hoy no es ayer.
–El sucesor de ese trabajo fue De qué sirve la vida, que salió 9 años más tarde. Los largos períodos sin novedades discográficas quizás contribuyeron a que su presencia en los medios masivos fuera escasa.
–Puede ser. De todas maneras, nunca tuve un productor que se encargara de que mi música sonara en las radios. Mi propuesta se difunde en los conciertos, en Internet y por el boca a boca de la gente.
–¿Volver a ver a Manal en vivo es una utopía o todavía hay posibilidades de que suceda?
–Es muy difícil. En noviembre del año pasado hice una gira por Mendoza. Allí coincidí con Claudio Gabis, y terminamos tocando juntos en un recital. Parece que a Javier Martínez el encuentro le disgustó, porque al mes siguiente él fue a tocar a esa provincia y declaró en un diario local que le dábamos pena porque mirábamos al pasado.
–Pero él también lo hace. De hecho, sus presentaciones se anuncian bajo el nombre Manal – Javier Martínez.
–Manal fue la resultante del cruce entre tres músicos. Él solo no es Manal. Si bien los temas le pertenecen, Claudio y yo pusimos mucho de nosotros en cada una de esas composiciones. Y el tipo es incapaz de reconocerlo. En vivo interpreta el repertorio del trío, pero no tiene los cojones suficientes para reunirlo y salir a tocar.
–Ahora la relación con Martínez es tensa. ¿Siempre fue así?
–En los primeros tiempos teníamos que subir al escenario, por ejemplo del Teatro Payró, y él no aparecía por ningún lado. Lo buscábamos en comisarías, hospitales y nadie sabía nada. Hasta que alguien nos pasaba el dato de dónde estaba, íbamos y lo encontrábamos. Así fue Manal, con Martínez siempre en contra. Y ahora, que está viejo, es peor. Yo amo a Javier, pero no puedo depender de su estado de ánimo. Entonces, hago mi música y sigo para adelante.
–Los músicos de su generación son reconocidos como pioneros pero, económicamente hablando, la industria discográfica nunca les retribuyó lo suficiente. ¿Cómo es, en términos monetarios, su presente?
–Tengo mi casa, un auto y vivo gracias al trabajo que conseguimos mi mujer y yo. Así estoy bien. No necesito más.
–Viéndolo con la perspectiva que da el paso del tiempo, ¿está conforme con el camino recorrido?
–Sí, porque siempre hice lo que quise. Mi padre murió hace unos años y la otra noche soñé con él. Iba caminando por la avenida Santa Fe y, al cruzar Callao, me lo encuentro. Lo abrazo y me pongo a llorar. Entonces él me mira y me dice: «Yo estoy muy bien y vos tenés que seguir tocando porque es lo que te hace feliz». Me desperté sobresaltado pero, luego de un rato, entendí el mensaje de mi viejo: venimos a esta vida para ser felices. No es fácil, pero vale la pena intentarlo.

Gabriel Martín Cócaro
Fotos: Jorge Aloy