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Suele decirse que «uno sabe cómo comienza pero no cómo termina». Las recientes protestas en Turquía se adecuan a esta frase, pues lo que comenzó como un reclamo para proteger un parque desembocó en una protesta generalizada contra el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo del primer ministro Tayyip Erdogan. La ciudad de Estambul tiene una parte en Europa y la otra en Asia, dividida por el estrecho del Bósforo. Para cruzar se utilizan dos puentes construidos en los 70 y 80 y la planificación de un tercero levantó una ola de críticas, aunque el tráfico entre ambas mitades es muy complicado porque la ciudad tiene más de 10 millones de habitantes.  Cuando se construyó el primer puente en 1973, las protestas por daños al medio ambiente eran de grupos marginales. Ahora, motiva agitados debates y manifestaciones, las más importantes en décadas. El proyecto del tercer puente y la construcción de un centro comercial en el corazón de Estambul, donde está uno de los emblemáticos parques públicos, generaron una reacción en cadena. La sucesión de hechos es la clásica. Cientos de manifestantes ocupan la plaza, las autoridades reprimen, la movilización crece, el Ejecutivo se niega a negociar, se suman otros sectores a la protesta, las reivindicaciones se amplían y ponen en jaque un gobierno que ya lleva 11 años en el poder. La protesta desnudó la complejidad de una sociedad regida durante décadas por poderes laicos y dictaduras militares que emergieron sobre los escombros del Imperio Otomano, que se desintegró tras la Primera Guerra Mundial. El gobierno de corte islamista oscila entre guiños «modernistas» para ingresar a la Unión Europea como miembro pleno y gestos «tradicionalistas» hacia la población creyente. La UE ahora critica a Erdogan por la represión, los defensores del parque le exigen que suspenda la demolición, y los creyentes quieren que no se aparte del camino elegido. Parece que Erdogan se metió en un verdadero laberinto.