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La victoria electoral de Evo Morales impresiona por el porcentaje de votos que obtuvo su partido –el Movimiento al Socialismo (MAS)– y la diferencia con los otros candidatos. Son pocos los líderes políticos latinoamericanos que logran imponerse en las urnas consiguiendo el 60% de los votos y una gran distancia con los dos candidatos de la derecha. Samuel Doria Medina consiguió el 25% y el ex presidente Jorge Tuto Quiroga apenas un 9%. Se podrá argumentar que los dos representantes de la derecha sumados tienen la adhesión del 35% de los bolivianos; es verdad, pero Evo Morales ha construido un gran poder político desde los movimientos sociales frente a aparatos partidarios con una larga tradición en lo político y económico. Es tal la magnitud del triunfo que los sectores opositores ni siquiera pudieron protestar ante la lentitud del conteo de votos del Tribunal Supremo Electoral que varios días después del cierre de las urnas todavía no tenía el 100% de los resultados. Ya en la misma noche del 12 de octubre el «boca de urna» le daba el triunfo con el 60% de los votos al Movimiento al Socialismo de Evo Morales. Apenas algunos medios de comunicación marginales plantearon la posibilidad de un fraude con la vana ilusión de revertir el resultado del departamento de Santa Cruz –el tradicional bastión opositor a Evo– donde el MAS triunfó con menos del 50% gracias a la dispersión opositora. Pero ganó allí de la misma manera que lo hizo en 8 de los 9 departamentos que conforman Bolivia consolidando una mayoría parlamentaria y regional que le permite avanzar con proyectos propios y a largo plazo. Evo Morales asumió la presidencia en enero de 2006 y su nuevo mandato culminará en 2020. Evidentemente a la mayoría de los bolivianos no los afecta el debate que existe entre periodistas y politólogos sobre el significado de las reelecciones. Tienen otras preocupaciones, por eso siguen votando por «el Evo».