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Reconocida por sus retratos, Sara Facio presenta una colección en el Museo de Bellas Artes, mientras pone en marcha la Fundación María Elena Walsh. Sus inicios y su amistad con Cortázar.

 

Durante toda su carrera, Sara Facio ha sido una hacedora. Figura clave de la fotografía local, luego de formarse en Europa y de ser asistente de Annemarie Heinrich, en los años 60 fundó un taller especializado en retratos, ensayos sociales y periodismo gráfico, con Alicia D’Amico, y creó secciones especializadas en diarios como Clarín y La Nación. En 1973 estableció, junto con la guatemalteca María Cristina Orive, La Azotea, editorial dedicada exclusivamente a las publicaciones fotográficas. Y, 6 años después, fue una de las fundadoras del Consejo Argentino de Fotografía. También introdujo la disciplina en los museos. En 1985 creó la Fotogalería del Teatro San Martín, que dirigió hasta 1998, fecha en la que selló una estrecha relación con el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) al inaugurar la primera Colección Fotográfica de Patrimonio Nacional, con 50 fotografías de donaciones privadas.

Guiño. La foto de Acción remite a
uno de sus célebres retratos
del autor de Rayuela.

Recientemente, entregó una segunda tanda de fotos al MNBA. 70 de ellas integran la muestra «Latinoamérica. Donación Sara Facio», que se puede visitar hasta fin de mes. De este modo, dice, dio por terminada una tarea. «Yo empecé como asesora de la Secretaría de Cultura para hacer una colección de fotografía de autor en el museo. Hice una primera selección, con los mejores autores de Europa, Estados Unidos, América y la Argentina. Y ahora doné 200 fotos latinoamericanas, que eran de mi propiedad. El propósito era darle a la fotografía el lugar de arte, que estuviera en el Museo de Bellas Artes como un área específica, igual que el dibujo, la pintura, la escultura. Hoy, hay más de 1.000, un 25% corresponde a lo que yo doné o gestioné», señala Facio, sentada a su escritorio, en la amplia oficina de La Azotea, ubicada en calle Paraguay.
La fotógrafa tiene el pelo platinado y un brillo sagaz en los ojos. Cumplirá 83 en abril y se sonríe cuando recuerda lo intrépida y visionaria que era, en los años 60 y 70, cuando iba de un sitio a otro detrás de escritores latinoamericanos consagrados y del floreciente boom. A partir de esas imágenes, su nombre quedó asociado para siempre al de Julio Cortázar mirando a la cámara con un cigarrillo entre los labios. En su estudio, junto con esta y otras fotos emblemáticas del escritor de Rayuela, se aprecian retratos de Pablo Neruda, Octavio Paz y, por supuesto, de María Elena Walsh, la mujer con la que compartió su vida durante 36 años, pero de la que se resiste a hablar abiertamente en esta entrevista. También hay una nutrida biblioteca con libros de fotografía. A fines de 2005, mientras estaba con su compañera en el museo Louvre de París, cargada de libros, se cayó y se quebró las muñecas. Desde entonces, no volvió a tomar fotos.

–Vas a cumplir 83 años, ¿has tenido una vida plena?
–Sí, total. Estoy muy contenta con la profesión que tuve. Me abrió las puertas para ver mundos que hubiese sido imposible verlos de otra manera. Además, económicamente, también me fue muy bien, porque trabajé muchísimo y cuidé que respetaran y pagaran mi trabajo. Nada de trabajar gratis. Odio a la gente que trabaja gratis.
–¿Te tuviste que pelear mucho por eso?
–Uf, sobre todo en el momento que empecé. Si una quería hacer fotografías más expresivas, era como que le hacían el favor.
–Acaban de cumplirse 4 años de la muerte de María Elena Walsh. La debes extrañar mucho.
–A cualquier persona que uno quiere muchísimo la extraña, y más con lo que era María Elena.
–¿En qué cosas notás su ausencia?
–¿Me vas a hacer un reportaje para hablar de María Elena?
–Anunciaste la creación de una fundación con su nombre. ¿En qué fase está?
–Está en formación, todavía no está como para presentarla. Sí puedo decir que su función será, primero, promover y revalorar la obra de María Elena y todo lo que dejó inconcluso (hay muchos manuscritos). Y, luego, ayudar a gente de la literatura y la música, menor de 40 años, aunque no estrictamente joven. La idea es darles becas o viajes de estudios. O ayudarlos, si son músicos, a comprarse instrumentos, o a pagarles una edición, si son escritores. Acá, al lado, hay otro departamento que es mío también: ahí va a estar la fundación. Habrá un cuarto con el escritorio que tenía María Elena en su casa, objetos de ella, toda su biblioteca. Espero que esté lista este año.

 

Libertad de origen
Nacida en San Isidro, en una familia de inmigrantes italianos, Sara fue la única mujer de tres hermanos. Su abuelo materno llegó desde Sicilia en barco y, con las propinas que ahorró como mozo, abrió un carrito en la Costanera. Luego consiguió la concesión de un restorán en la zona de Retiro. Ahí se conocieron los padres de Facio: la cajera y un habitué. Al poco tiempo se casaron y fundaron un restorán propio. «En mi casa siempre tuve el apoyo absoluto de mis padres. Cuando mis hermanos se hacían los machitos, mi papá me decía: “Acordate que vos no sos sirvienta de tus hermanos”. Delante de ellos me lo decía. Así que a mis hermanos, que no fumaban frente a mi padre porque era otra época, se les bajaban los humos enseguida. Pero no en todas las casas pasaba eso», relata. En la de ella, subraya, se crió con total libertad.

Después de terminar la escuela, donde demostró su talento para el dibujo, estudió Bellas Artes. Se recibió en 1953 y partió a París con una beca. También se fue becada con ella su compañera de estudios, Alicia D’Amico. «Nunca llegué a pintar ni a exponer ni nada, porque de inmediato descubrí la fotografía y me metí de cabeza», afirma. Fue luego de ver una muestra del influyente fotógrafo de posguerra Otto Steinert, en Alemania.
–¿De qué manera impactó en tu vida ese descubrimiento?
–Me abrió un mundo, porque hasta ese momento, para mí, la fotografía era la foto de comunión, la del documento de identidad. Ahí vi que la foto podía ser también un medio de expresión, que podía mostrar algo estético, sentimientos. Que era otro camino para expresarse artísticamente. De regreso en Buenos Aires, con Alicia nos pusimos a trabajar en el laboratorio fotográfico que tenía su padre.
–Fuiste asistente de Annemarie Heinrich. ¿Qué aprendiste de ella?
–Todo lo que sé lo aprendí de ella. Nunca me enseñó cómo se sacaba una foto. Simplemente, ella trabajaba y yo miraba. Aprendí desde cómo se lavaban las cubetas hasta cómo había que archivar los negativos y cómo había que leer las revistas de fotografía. Hoy vos me decís dónde está tal foto del año 72 de Palito Ortega y, en dos minutos, voy al archivo y la traigo. Trabajé con ella poco tiempo, pero la seguí viendo hasta que se murió. Ella me mostraba lo que hacía y yo también. Primero como discípula y luego como algo que podría ser un par, aunque para mí ella siempre fue mi maestra. Por suerte, ella me quería mucho y apreciaba mucho lo que yo hacía, no sólo como fotógrafa, sino con La Azotea, donde sacábamos tarjetas postales, libros, almanaques.
–¿Entonces había muy pocas mujeres fotógrafas?
–No había muchas, pero las pocas que había eran muy buenas. Annemarie, por supuesto, de lo mejor, pero también estaba Grete Stern, que era buenísima, en otro estilo y otro ambiente, totalmente diferente. En los 60, aparecimos Alicia D’Amico y yo. Y después, en los 70, 80, Adriana Lestido, que es buenísima, y Cristina Fraile. Y ahora último, hay un montón de gente joven, con mucho talento y muchas posibilidades.

 

Escritores y preferencias
Después de su experiencia con Heinrich, Facio –Premio Konex en 1982 y 1992, sus libros y fotografías se hallan en la Biblioteca Nacional de París, en la del Congreso de Washington y en el Museo de Arte Moderno de San Pablo, Brasil– estudió en el Fotoclub Buenos Aires. Con D’Amico, con quien compartía taller y proyectos, en 1968 publicaron su primer libro conjunto: Buenos Aires – Buenos Aires, con tomas de cafés, conventillos y personajes urbanos. La editorial Sudamericana les recomendó que Cortázar les hiciera el prólogo, y la dupla viajó a París para pedírselo personalmente.


De aquel encuentro salió el famoso retrato del escritor y el cigarrito y otro libro, ese mismo año: Cortázar. A este último le siguió, en 1976, Humanario, una serie capturada en institutos psiquiátricos como el Borda, que incluía un texto de Cortázar. «Con él hicimos esos tres libros y muchos reportajes. Fueron libros importantes, porque dos de ellos, Buenos Aires – Buenos Aires y Humanario, están considerados dentro de los mejores de la historia», comenta Facio, al tiempo que muestra publicaciones que lo constatan: The Photobook y El fotolibro latinoamericano.
En 1974 se publicó Retratos y autorretratos, con fotos y textos inéditos de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez. «Fue una aventura muy diferente. No había mail ni Internet. Contactamos a 25 escritores de América Latina, cuando una carta tardaba un mes en llegar a Europa y otro mes en volver. Tardamos cinco años en hacer el libro».
–De todos esos escritores, ¿cuál te impresionó más?
–Al que más conocía, y al que más respetaba y quería, era Pablo Neruda. Y era realmente el más conocido de todos. Porque había algunos que hoy son famosísimos, pero en ese instante no los conocía nadie, como García Márquez o Cabrera Infante.
–¿De dónde venía el vínculo con Pablo Neruda?
–Como a todos, lo conocí primero porque lo leía. Pero a Neruda especialmente, porque en esa época la poesía, en la escala de valores literarios, era lo más alto. Nosotras pensamos en ir a hacerle fotos dos o tres días a Isla Negra y nos quedamos un mes en su casa. Conversamos mucho y vimos sus diferentes facetas, como escritor y anfitrión.
–De Cortázar, a García Márquez le impresionaban sus «ojos de novillo». ¿Y a vos?
–Era un tipo atractivo y muy buenmozo. Cuando lo conocí, él tenía casi 60 años, pero era muy vital y parecía de 40. Se formó una amistad entre nosotros. No ocurrió lo mismo con otros. Con Vargas Llosa, por ejemplo, nunca tuve una especial simpatía. Él es un tipo mucho más distante.
–¿Tu foto favorita es la de Cortázar con el cigarrillo?
–Favoritas hay unas cuantas, por suerte, pero sería muy desagradecida si dijera que no me gusta, con la fama que me dio…
–¿Pensaste en la repercusión, entonces?
–No, yo nunca pensé que mis fotos iban a ser famosas. Nunca busqué eso. Buscaba hacer buenas fotos, nada más. Pero pensar que toda la gente las iba a guardar, que las iban a poner en las bibliotecas o en las agendas o en las billeteras, como me cuentan, eso nunca lo soñé. Me parece bárbaro (se ríe).
–¿Y a qué fotógrafos admirás?
–Están en mi biblioteca: Cecil Beaton, Irving Penn, Richard Avedon. Todos los maestros tienen media docena de fotos fantásticas, y esas me gusta verlas. La foto que Edward Steichen le hizo a Gloria Swanson, con el rostro envuelto en un encaje, en 1924, tiene una estética extraordinaria. Yo la vi en el MOMA, en una ampliación de 50 por 60: una maravilla. Hay tantas otras, de Dorothea Lange o Margaret Bourke-White, la inventora del fotorreportaje. Justo ahora hay una exposición de ella en el Borges.
–Vos no sacás fotos desde que te quebraste las muñecas. ¿Extrañás usar la cámara?
–No, ya saqué bastantes fotos. Ahora estoy más en una etapa de revisión, de ordenar, de ver, de curar material.
–¿Influyó la llegada de la fotografía digital?
–También. Porque, en realidad, el 50% de mi placer fotográfico era el laboratorio, pero empezaron a faltar elementos. Se hacía difícil con los papeles, incluso con los rollos de películas: el Ilford HP5 que yo trabajaba, desapareció.
–Debés estar contenta por todo lo que has hecho.
–Sí, mi vida ha sido tomar fotos y también abrir muchos caminos. Yo, antes de los 20 años, viajé, observé y estudié mucho, y supe lo que se hacía en Francia, los países escandinavos y Estados Unidos, que son grandes ejemplos de cómo se muestra, se conserva y se respeta a los artistas. Antes de la Fotogalería del San Martín, acá, en Buenos Aires, se pegaban las fotos con chinches, era una falta de respeto. Las obras tienen que estar bien expuestas, bien iluminadas, con los nombres de los autores bien identificados. En fin, cosas que aprendí en mis viajes y que quise hacer acá, en mi país, porque lo quiero.
–Y ahora que no tomás fotos, ¿qué te gusta hacer?
–Ir al cine, leer, escuchar música y salir con amigos. Me gustó mucho la película Madres perfectas, con Naomi Watts y Robin Wright, basada en una novela de Doris Lessing. De música, estoy en el período de Yo-Yo Ma, el violonchelista. Y releyendo El cuarto propio, de Virginia Woolf, en una edición divina. Pero, en 2015, más que todo, voy a estar con la fundación de María Elena.

Francia Fernández
Fotos: Jorge Aloy