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El lenguaje diplomático no siempre alcanza para esconder las intenciones. Los comunicados con que el gobierno de Brasil anunciaba que la presidenta Dilma Rousseff no viajaría a Estados Unidos no mencionaban la palabra irritación, o enojo, ni inadmisible. Tampoco el informe que emitió la Casa Blanca diciendo que no era el momento de hacer la visita oficial con Barack Obama mostraba irritación. Pero la revelación de Edward Snowden de que la agencia NSA espiaba las comunicaciones de Dilma y que además se había inmiscuido en archivos de la petrolera estatal Petrobras antes de la apertura de una licitación clave provocó un notorio escozor entre ambas administraciones. Brasil espera disculpas formales de Washington y tomó una actitud que hasta no hace mucho podía parecer un desaire inconcebible: suspendió una gira programada como de acercamiento entre la principal potencia del mundo y uno de los emergentes más dinámicos.