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Durante décadas la risa teatral tuvo mala prensa en la cultura argentina. Por eso el auge actual de las formas de lo cómico (en un proceso revisionista que se remonta a los años 60 y adquiere más fuerza en la postdictadura) es una conquista enorme. Un síntoma de madurez de nuestro público y de nuestras instituciones culturales. La risa es valorada en su potencia estética y artística y como forma de conocimiento. La risa como fin y como medio. Como decía Luigi Pirandello en El humorismo, la risa es algo muy serio. Una fiesta de la inteligencia, muchas veces (casi siempre) entreverada con el drama y la tragedia.
La risa está omnipresente en la cartelera actual. La forma cómica suele ser la forma «externa» que asumen contenidos amargos y dolorosos para favorecer su comunicación. Como esas coberturas dulces con que se cubren los remedios intragables. La risa ya no es sinónimo de «pasatismo» o «diversión». Hoy nuestro interés por la cultura de la risa nos lleva a releer el pasado y recuperar fenómenos olvidados, como el de los cómicos del balneario de la Costanera Sur. Nos permite recuperar la dramaturgia de una de nuestras más grandes escritoras: Niní Marshall. Nos deja afirmar que el actor cómico criollo tiene un modelo de actuación único, verdadero tesoro cultural, y que Alberto Olmedo fue uno de sus más espléndidos cultores.
La risa nos conecta con formas de la cultura planetaria, transnacional, pero también nos da identidad territorial. Especialmente la risa política. Basta ver cómo en la cartelera porteña se adaptan las comedias que provienen de otros países para hacerlas significar de otra manera, por ejemplo Forever Young, Un dios salvaje o Los vecinos de arriba. ¿De qué se ríen los argentinos? La pregunta es hoy una de las claves fascinantes de nuestra cultura.