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Surgidos con la vuelta de la democracia, los grupos combinan la vocación actoral de los vecinos con un compromiso con la realidad más inmediata. De la resistencia a la construcción colectiva.

 

Pioneros. El colectivo boquense Catalinas Sur se destaca por la calidad de sus puestas y también por sus elencos numerosos. (Gentileza Catalinas Sur)

El ritual del choripán y la bondiola no es privativo de los carritos ubicados a lo largo de la costanera. En otra punta de la ciudad, el humo parrillero también estimula el deseo devorador, aunque con un móvil menos culinario. La mística del asador anticipa, a orillas del Riachuelo, lo que será un espectáculo teatral producido por y desde el barrio, al margen de los cánones y los convencionalismos académicos. Artífices de un relato de base vecinal, surgido con la vuelta de la democracia y replicado hasta hoy, son auténticos refugios de construcción colectiva. Algunos referentes analizan la historia, el presente y también el mañana de estas agrupaciones.
El año pasado se cumplieron 30 del primer encuentro entre los padres de la cooperadora de la Escuela Nº 6 Carlos Della Penna y algunos vecinos de La Boca, que desembocó en la trinchera conocida como Grupo Teatral Catalinas Sur. Escasas cuadras separan el galpón devenido cofradía de las artes vecinales del puerto que atrajo a los primeros pobladores del barrio azul y oro, el mismo que inspiró los trazos de Quinquela Martín. Casi un siglo después, esa idiosincrasia cocoliche y multicolor tomó, bajo el tinglado de Benito Pérez Galdós 90, la forma de un manifiesto tácito: en Catalinas, el arte es salvavidas para las desigualdades, herramienta para la resistencia y filosofía para la transformación social.
Los proyectos culturales comunitarios patearon el tablero de la censura y el encierro de la última dictadura, sobrevivieron a una década de privatizaciones y mercantilización de la cultura, y volvieron a la calle cuando la fábula de la convertibilidad reveló su moraleja más oscura. Varias de estas agrupaciones fueron gestadas como «fenómenos de resistencia», primero, al legado militar y, más tarde, al relato neoliberal. Ese fue el origen de la compañía boquense reconocida por sus cófrades como pionera y referente de una contracultura de la que son constantes hacedoras las cerca de 500 personas que, por mes, se arriman a sus huestes.
«Cuando la gente salió a la calle, con las sucesivas crisis, el teatro comunitario se convirtió en un fenómeno de acumulación de personas que se juntaron para crear y hacer de sus barrios y territorios un lugar de vida», analiza Adhemar Bianchi, dramaturgo uruguayo y director de Catalinas desde la primera hora. «En esos momentos se produjo el fenómeno. Hoy dejó de ser coyuntural para convertirse en una realidad integrada a la del país», completa.
En la misma dirección opina Nora Mouriño, vecina-actriz e integrante del grupo desde hace casi dos décadas. Profesional de las tablas, Mouriño decidió un día acercar su carrera al amateurismo del teatro barrial. «Fue una elección de vida», afirma. «Este es un lugar de resistencia donde se construye colectivamente, donde trabajamos a favor y por el nosotros, no por el individualismo. Hay momentos bisagra en los que la sociedad necesita reunirse, apapacharse para no estar solos. La soledad es menos soledad cuando se está acompañado».
Al igual que muchas familias, la de Mouriño participa  activamente de los proyectos del galpón, donde grandes y chicos comparten escenarios, clases y un fuerte sentido de pertenencia. A la fecha, la agrupación boquense es una de las 50 integrantes de la Red Nacional de Teatro Comunitario, iniciativa que nuclea a proyectos culturales barriales, murgas y afines, replicada en toda Latinoamérica.
En ese entramado confluye también el Circuito Cultural Barracas (CCB), la compañía dirigida por el dramaturgo Ricardo Talento desde mucho antes de su asentamiento en ese barrio de la ciudad en 1996. A mediados de los 80, los integrantes de Catalinas Sur y del grupo ambulante Los Calandracas (actual CCB) se cruzaron en el Parque Lezama durante una intervención callejera. Desde entonces, la genética ideológica que los hermana moviliza el trabajo en conjunto con la producción y dirección de puestas.
«Después de la dictadura, hubo un gran movimiento de teatro callejero en Buenos Aires», recuerda Talento. «Había como 25 grupos. Muchos visualizaban el espacio público como el ámbito escénico ideal en un momento en el que había que volver a encontrarse, a mirarse a los ojos y a contarse lo que había pasado. En 2001 hubo otro gran auge». Sin embargo, al igual que Bianchi de Catalinas Sur, distingue: «Hoy cambió la necesidad, porque antes estábamos en estado de resistencia y ahora de construcción. La comunidad es el ámbito ideal para la conformación de expresiones políticas y sociales, para trabajar sobre la historia, la memoria, el territorio y la identidad. Hoy se acepta la protesta y la militancia desde lo teatral».
Hay otro punto en el que coinciden estos referentes del teatro de vecinos: el reclamo por la ausencia de políticas públicas y apoyo estatal tangible a la cultura barrial. «Es muy genuina, de base, de territorio», define Talento. «Así como las instituciones son primero culturales, y luego económicas y políticas, las liberaciones son culturales. Las nuestras son manifestaciones que, desde la resistencia y la militancia, han valorizado la cultura de los pueblos. Son construcciones sólidas, hechas por la comunidad, que van a trascender en el tiempo».

Daniela Rovina