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La decisión de los habitantes de la península de Crimea de abandonar Ucrania para pasar a formar parte de Rusia es una medida poco común. En los últimos 120 años muchos pueblos, minorías étnicas o religiosas han decidido crear un Estado propio, pero muy pocos optaron por pasar de un país a otro. La cuestión de las minorías oprimidas es compleja y, por lo general, la postura que toman los diferentes actores internos y externos está guiada más por intereses geopolíticos que por principios.
Es así que en Europa occidental alentaron la desintegración de Yugoslavia y rápidamente reconocieron la independencia de Croacia y Eslovenia porque servía a sus intereses. Lo mismo que sucedió con Kosovo para debilitar a Serbia. Como cada caso es particular más allá de los principios, el gobierno español aún no reconoce a Kosovo porque le plantea una contradicción respecto de Cataluña que avanza con su convocatoria a un referendo independentista.
La península de Crimea pasó de la Federación rusa a Ucrania en 1954 en el marco de la Unión Soviética. Ahora, Mijail Gorbachov dice que se ha corregido un «error de la era soviética» porque en esa época se tomó esa decisión sin consultar con la población y ésta ahora ha resuelto retornar a Rusia. Desde ya que el tema no sería motivo de debate internacional si la Unión Soviética no se hubiera desintegrado en 1991 dando lugar a dos países, Ucrania y Rusia. Crimea quedó dentro de Ucrania con una mayoría de origen ruso que ahora se siente amenazada por el nuevo gobierno ucraniano surgido después del derrocamiento de Viktor Yanukovich en febrero. Por otra parte, el gobierno de Kiev se ha manifestado sin ambages proeuropeo y estadounidense distanciándose de Moscú. En la lógica «amigo-enemigo», aunque Rusia ya no sea el «monstruo» comunista, sigue siendo un enemigo. Y Ucrania es, hoy, una pieza clave para los europeos y estadounidenses contra los rusos.