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La actriz Rita Cortese transita con pasión por el teatro, el cine y la televisión. El descubrimiento de su vocación musical a través del canto. Su visión personal sobre la vida, el arte y la política.

Recientemente se la vio en populares ciclos televisivos como Graduados, El hombre de tu vida y Mujeres asesinas. Años atrás en Lalola, Montecristo y El sodero de mi vida. Es una presencia frecuente en la pantalla chica y, también, en numerosas películas: Verdades verdaderas, de 2012, sobre la vida de Estela de Carlotto; la desopilante Cohen vs. Rossi o la reconocida Cenizas del paraíso. El listado de producciones de televisión y cine que ha integrado es muy extenso, pero a la actriz no sólo se la encuentra allí. Al igual que en sus orígenes, en el presente el ámbito teatral consume gran parte de su energía desbordante.
Actuó en puestas históricas, como Galileo Galilei, de Bertolt Brecht, dirigida por Jaime Kogan en el Teatro San Martín durante los primeros años del regreso de la democracia; o en Mateo de Armando Discépolo, con dirección de Guillermo Cacace en el Teatro Cervantes, en 2011 y 2012. Desde hace más de una década, también transita los escenarios para cantar. Polifacética, pasional, Rita Cortese comparte generosamente sus percepciones sobre su universo profesional y sobre su propia historia de vida. Formula sus convicciones con contundencia, echando mano a una verborragia salpicada de imágenes potentes.
–Año tras año es posible verte en varios proyectos, pero también tenés períodos sin trabajo, como les pasa a tantos actores. ¿A veces tenés que aceptar propuestas que no te gustan?
–En 2013 tengo bastante cine para hacer. Entre otras cosas, filmaré con Damián Szifrón, alguien que me parece fantástico. Y también haré un unitario para televisión. Además, voy a dar clases de teatro. Como cantante, me autogestiono, voy a taquilla, es decir, a suerte y verdad. Respecto de la continuidad, por ejemplo, desde setiembre de 2012 hasta febrero de 2013 he estado sin un sueldo fijo. Soy una privilegiada porque, de los doce meses del año, más o menos trabajo ocho. Pero los actores no tenemos aguinaldo, no tenemos vacaciones, no tenemos jubilación. Seguimos casi sin sepultura, como en la época de Shakespeare. Nuestra profesión es así. Si creés que vas a estar siempre en el top ten, sonaste. Si sos un neurocirujano, es posible que se te muera algún paciente. Acá pasa lo mismo: es posible que te quedes sin trabajo; incluso es posible que te caigas de la profesión. Sin embargo, no he experimentado largos períodos sin trabajo, algo que imagino como muy doloroso: el trabajo, como el amor, es fundamental. Puedo elegir los proyectos; puedo decir que «no» cuando no me gusta la estética o el director. Yo no tengo back up económico, pero sí tengo un back up de la vida: eso es lo que me permite esperar y elegir.
–¿Cómo te relacionás con el género de la telenovela?
–Cuando me proponen una telenovela, lo pienso bien porque es un trabajo enorme y, en general, con poca profundidad. Pero hacer teatro o cine no es garantía de excelencia; la televisión tampoco es sinónimo de que el resultado sea malo. Ha habido programas fantásticos, muchos de INCAA TV o tiras como Montecristo y Resistiré. Los primeros productos de Pol-ka fueron una bisagra en la televisión. El sodero de mi vida fue muy digno: una historia para adultos. Ahora Sebastián Ortega está dando una vuelta de tuerca en la telenovela: Graduados fue interesante. Con Alejandro y Sebastián Borensztein hicimos Malandra, que no tuvo mucho rating, pero que igual es recordada.
–En estos programas has creado distintos personajes, pero en todos es posible reconocerte, incluso cerrando los ojos, por tu voz inconfundible, grave y potente.
–¡Y un poco ronca! Es resultado del cigarrillo, el whisky y la edad. Fumé desde los 13 años, cuando murió mi padre. En ese momento tuve una gran rebeldía con la vida, que por suerte fui aplacando. Era la época del cigarrillo, de decir «pelotudo» y de arrastrar los pies para caminar. Mi madre lo aceptó y fumé en mi casa delante de ella. Ahora tengo 63 años; fumé hasta los 57, cuando me agarré una bronquitis y desperté sola a la noche, con 39 grados de fiebre. Dije: «Basta, estoy sola y me tengo que cuidar».
–¿El alcohol forma parte de los rituales de festejo y relax de los actores?
–No, no hay alcohol entre los actores de hoy, que están bastante light, bastante pasteurizados, poco sensuales. Y yo creo que la sensualidad es fundamental para la actuación. El alcohol me acompañó buenamente toda la vida; me parece fundamental el buen beber, el compartir. Mi relación con la comida es más desesperada: soy una adicta nata y toda la vida tuve tendencia a engordar. Nunca pesé 50 kilos, pero era divina: a los 17 años pesaba 62 kilos. Siempre he tratado de detener el pingo, hasta que llegó un momento en el que dejé de cuidarme. Ahora como lo que me gusta, que son las harinas, el pan. Entonces, en este momento, estoy muy excedida. No tengo rollo con mi cuerpo: uso bikini.

–Así como tu voz es muy reconocible, también lo es tu presencia física, muy diferente al promedio de actores y actrices, muchos de los cuales cuidan su cuerpo como si fueran modelos.
–Cuidarse me parece saludable, pero la obsesión por ir al gimnasio no tiene que ver con lograr un cuerpo sensual sino con el deber. Y tanto deber no tiene que ver con el arte. En esta época en general, y no sólo en los actores, falta estar en contacto con la naturaleza, disfrutar de la mirada del otro, ser feliz con lo que te pasa. Hay mucha sexualidad pero muy poca sensualidad. Y eso para el actor es mortal, porque no aparecen las grandes pasiones. Pareciera que somos todos buenos, todos correctos. Pero en realidad los seres humanos no somos así. Las personas pasamos por situaciones extremas como el enamoramiento, que no es un estado normal: es una alteración psicoquímica, psicofísica.
–Hablás de estas cuestiones en un plano de abstracción, pero dejás ver poco de tu vida privada.
–El amor en mi vida ha sido fundamental, aunque no he podido sostener mucho las parejas sin estar enamorada. Tal vez, en esta etapa de mi vida, puedo pasar a otro vínculo más calmo. Estoy descubriendo un mundo de mayor amorosidad, más allá del deslumbramiento. Pero protejo absolutamente mi vida privada. Si uno mira alrededor, parece que no hay límite entre lo privado y lo público: la exposición de los artistas es una locura.

Vidas paralelas
Cada vez ganan más público las presentaciones de Cortese como cantante. Sin abandonar la actuación, esta vida paralela que transcurre en pequeñas salas, con ambiente intimista, deja aflorar otros matices de su talento. Incluso ha grabado el disco El amor, ese loco berretín, de 2008, ganador del premio Garlos Gardel como revelación del tango. Y ella misma se siente pionera de una tendencia en la que también se anotan Soledad Villamil, Claribel Medina y Virginia Innocenti, entre otras artistas primero conocidas como actrices y luego volcadas a la música.
–¿Cómo nació el deseo de cantar?
–Cuando hacía el personaje de la relatora dentro de Galileo Galilei, Jaime Kogan me hacía cantar un poco. Tenía que hacerlo sin micrófono, para toda la sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Así que me fui a entrenar técnica de la voz con la fonoaudióloga Ana Inchausti. Cuando hice Es necesario entender un poco, de Griselda Gambaro, también en el San Martín y con dirección de Laura Schussheim, junto con Soledad Villamil cantábamos mucho en el escenario. Cada vez me daban más ganas de cantar, y el consejo de Ana Inchausti fue que cantara una hora por día. Así lo hice, sentada en un banquito de mi casa. Poco a poco surgió el espectáculo Recuerdos son recuerdos, con Soledad, hace 15 años. Nos iniciamos las dos: fue un éxito y se hizo moda. Era un ejercicio de estilo muy bonito. Después pasé un tiempo sin cantar, hasta que una vez leí en la revista Caras que Zulema Yoma decía que «ojalá te enamores» es una maldición árabe. ¡Qué título para un espectáculo! Y así surgió Ojalá te enamores junto con Claribel Medina. Mientras lo hacíamos nos enamoramos las dos, se enamoró el dueño del lugar, el pianista se casó. ¡Surtió efecto la maldición! Y finalmente empecé a cantar sola, con la oportunidad que me dio Alan Faena en su Cabaret: ahí, y después en Clásica y Moderna, hice El amor, ese loco berretín, con Facundo Ramírez en el piano y Fabián Leandro en la guitarra.

–¿En qué se diferencia subir a un escenario para actuar y hacerlo para cantar?
–Cuando hacés un personaje en obras de teatro profundas, fuertes, intensas, si bien yo no soy de las que se quedan pegadas al personaje, inevitablemente te repetís, porque el teatro es el arte de la repetición. Por eso, tu «yo» está un poquito corrido: de miércoles a domingo, durante un año o dos, hacés lo mismo, como en una ceremonia religiosa. En cambio, cuando canto, aparece todo lo que quiero que aparezca. Aparece la fragilidad, porque cada vez que voy a subir a cantar, tengo pánico; siento más miedo que al hacer teatro; además, es un lugar de mucha libertad.
–En vos conviven la fragilidad y una fortaleza que pareciera arraigar en una estirpe de mujeres poderosas. ¿Te sentís parte de un cierto universo femenino intenso?
–Sí, un poco sí. Atravieso las grandes aguas. Vivo, he vivido. Pertenezco a esa generación de mujeres, entre las que podría nombrar a Meryl Streep; Susan Sarandon; Elizabeth Taylor, a quien amo; Norma Aleandro, que me parece genial; Inda Ledesma; Cristina Banegas; Tina Serrano; Teresa Parodi, tantas… Y, claro, Nelly Omar, que para mí es única.

Compromiso y crítica
Los 63 años de vida de Cortese no han pasado en vano. Aguda observadora, no escapa a dar su visión sobre la historia y el presente de la Argentina. «En este momento hay en el teatro y en la música folclórica jóvenes muy talentosos. En el teatro se los ve fuera del circuito céntrico, el cual creo que está bastante arruinado. Hay grandes directores que, cuando trabajan en el circuito no céntrico, hacen grandes espectáculos, pero en el circuito céntrico hacen una porquería, desnaturalizan las obras», afirma. «En el Teatro San Martín hice obras que han sonado mucho, pero fueron pocas, con Jaime Kogan, con Roberto Villanueva. No soy de las actrices estables. En este momento, el jefe de gobierno porteño lo está casi privatizando, tercerizando todo; muchas obras son coproducciones internacionales. En cambio, el Teatro Nacional Cervantes, si bien hace poca difusión, es una gloria, con producción de vestuario, de escenografía: es otra cosa. Pero no quiero cargar las tintas sobre el área de cultura de la ciudad de Buenos Aires. En nuestro país, la política cultural debería ser más interesante, tanto a nivel nacional como de la ciudad».
–En las entrevistas a actores, cada vez más dejan conocer su postura política. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
–Me parece fantástico que se hable de política. También me parece fantástico que se hable de arte, aunque de eso no se habla. Lo que no me parece interesante es la mirada tan corta que a veces se tiene en las discusiones: hace falta mucho debate. Debatamos, no pasa nada. ¿Cuál es el miedo? Ahora bien, querer estar siempre en la línea políticamente correcta no es propio de un artista. El artista tiene que estar comprometido ideológicamente, no partidariamente. El artista tiene que trabajar para el mundo que quiere. No se trata de determinar si sos K o no sos K. Eso es lo mismo que decir si sos gay o no sos gay: me parece muy corto. Hay cosas de este proyecto político nacional a las que apoyo, porque me parecen fundamentales. También hay cosas que no me gustan. Pero veamos de dónde venimos: el 2001; Menem; Alfonsín, que entrega el gobierno con anterioridad por un golpe institucional; la dictadura militar; Cámpora; Perón ya viejo; Lanusse, Onganía. Desde el 55 hasta ahora, fueron todos golpes militares. En el 83 comienza una democracia bastante débil. Luego, un país absolutamente privatizado. No es tan fácil salir de ahí. No digo que esto sea la panacea, falta muchísimo por hacer, pero me pregunto qué mira esa gente que se atreve a decir que estamos en una dictadura.

Analía Melgar
Fotos: Jorge Aloy