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El pianista Ernesto Jodos es una de las figuras más encumbradas en el panorama del jazz argentino. Sus influencias y su búsqueda personal. La improvisación como un espacio de libertad.

Pianista y compositor, docente del Conservatorio Manuel de Falla y de la Escuela de Música Contemporánea, Ernesto Jodos (1973) es uno de los grandes músicos del jazz argentino. Becado por el vibrafonista Gary Burton para estudiar en Estados Unidos durante su adolescencia, ya desde su primer disco, Ernesto Jodos Sexteto (2000), y sus conexiones con la música contemporánea (con Gerardo Gandini grabó en 2006 un disco a dos pianos), se mostró como una de las figuras jazzísticas más dúctiles e inquietas. Del mismo modo, la interpretación de la música de Lennie Tristano (uno de los maestros del cool jazz), las composiciones propias (en Perspectiva de 2005, El jardín seco de 2009 o en el reciente Fragmentos del mundo, un disco recomendado en algunos sitios web estadounidenses de jazz) o en las originales versiones de los standards (Solo de 2004), y las colaboraciones como sideman con algunos destacados músicos del jazz internacional (Michael Brecker, Paquito D’Rivera, Barry Altschul, Ingrid Jensen y Chris Cheek), su creciente reputación como compositor y la dirección musical de varios espectáculos teatrales (El zoo de cristal en 2002, Romeo y Julieta en 2003, Pedir demasiado en 2004, Sueño de una noche de verano en 2005), bastan para ubicarlo en un particular lugar como músico.
–¿Percibís alguna diferencia importante entre Fragmentos del mundo, tu último disco, y los anteriores?
–No una diferencia grande, pero cada vez me acerco más a lo que yo quiero que suene. Porque uno puede tener una idea de la música que quiere, pero en realidad lo que mejora es la fidelidad, la posibilidad de plasmar esa idea sin que en el medio haya errores técnicos o algún otro tipo de error, como terminar tocando otra cosa para gustar al público o simplemente a uno mismo. Siempre me ha interesado expresarme a través de los sonidos y, a la vez, estar suelto, no frenarme, pero tampoco pasarme de rosca.
–Parece un equilibrio difícil.
–Y… es un poco complicado, y también un rollo personal.
–En cualquier caso, Fragmentos del mundo es un disco de jazz contemporáneo que impresiona como muy elaborado y muy logrado musicalmente.
–A mí me gusta mucho. Además, hace bastante tiempo que toco con la mitad de la gente que participa en ese disco. Con Sergio Verdinelli, uno de los bateristas y  amigo, tocamos juntos desde el primer disco mío, o sea, por lo menos, desde hace 15 años. Con Jerónimo Carmona, el contrabajista, también hace un largo tiempo que tocamos juntos, unos 10 años y, por períodos, de manera muy seguida. El otro baterista, Luciano Ruggieri, y el otro contrabajista, Mauricio Dawid, son relaciones musicales más nuevas, de un par de años, pero hacemos una buena mezcla. A veces tocamos en vivo algunos de los tríos y, a veces, con el quinteto, que es un doble trío en realidad. Cuando tocamos todos juntos hacemos canciones del tipo que hay en Fragmentos del mundo.


–¿Cuál es ese tipo? ¿Qué influencias hay en Fragmentos del mundo?
–Hay influencias de los músicos que admiro y se reflejan, eso espero, menos por imitación que por intención. Obviamente uno que está en el disco es Thelonious Monk y no sólo como autor de uno de los temas, «Introspection». También está Charles Mingus, un gran compositor y contrabajista que admiro mucho, y Andrew Hill, pianista y compositor, y Eric Dolphy, no sé. Son muchos. Básicamente es la música que tengo en la cabeza.
–¿Escuchás mucho jazz?
–Es lo que más escucho, aunque, en los últimos años, por una cuestión de tiempo, no todo lo que me gustaría. Tocar, dar clases y estudiar no me deja mucho tiempo para escuchar música. Pero igual escucho jazz todo lo que puedo. Y, aparte, escucho a Bob Dylan, James Brown, Zeppelin, Björk. Eso me gusta como música y me gusta porque me genera ideas que están bastante separadas de lo que hago. Entonces las relaciones que puedo establecer entre esas ideas no son tan obvias. Y escucho también algo de música clásica. Sobre todo estudio bastante esta música de tradición académica, leo muchas obras, especialmente dentro de mi casa.
–¿Qué es una idea musical?
–Y puede ser varias cosas… Algo tan claro como una melodía o un ritmo o una armonía, pero puede ser igualmente una manera de relacionarse los instrumentos, un ambiente, no sé. Hay millones de ideas musicales. Algunas son muy intelectuales, en el sentido de que es algo pensado, programado con precisión. Hay ideas musicales que son sensaciones. Es muy difícil transmitir directamente esas ideas de sensaciones a la música, especialmente a la partitura. Me parece que a mí me resulta más natural hacerlo en el momento de tocar. En el momento de componer, la transmisión de un sentimiento, una emoción, una sensación, es un trabajo más intelectual.

–En Fragmentos del mundo se escucha claramente una diversidad muy sutil de ideas musicales.
–Pero la sutileza no es algo que busque. Sólo trato, como te decía al principio, de tocar de modo no exagerado pero que tampoco sea frío. Siento en el momento de tocar, pero sin dejarme llevar por una especie de autoindulgencia. Quizá eso se escucha como sutileza. Por otro lado, por momentos, la música del disco es bastante extraña.
–Sí, pero nunca es disonante.
–Eso sí, nunca es agresiva. En vivo, cuando las cosas se ponen más calientes, quizá aflora más ese aspecto, pero en el disco está más velado.
–¿A qué se debe el título?
–Viene del último tema del disco que se llama Fragmento del mundo. Me pareció que así expresaba como reminiscencias de ciertos lugares que son pedazos del mundo, pero que son míos, propios, por gusto o por ganas de estar ahí y no haber estado nunca. De alguna manera, todos los lugares del mundo donde he viajado. En especial, ciudades donde he tocado. Por ejemplo, Bogotá, Córdoba, Rosario. O algunos lugares más glamorosos, como Orvieto, en Italia, una ciudad increíble. Pero el disco tiene que ver con lugares más cercanos donde he ido a tocar más seguido.
–¿Estudiás muchas horas por día?
–Muy poco. No puedo por un montón de obligaciones musicales. La docencia, en mi caso, me insume una gran parte de tiempo. Como yo no hago trabajos de música que no me gusta tocar, y el jazz en el país no da para vivir a un músico profesionalmente, la docencia es una buena opción. Sin duda, hay más posibilidades profesionales para el jazz en otros países, en algunos más, en otros menos, pero en nuestro país es prácticamente imposible. Entonces la docencia fue el camino que yo encontré útil y que me parecía que no me desviaba de la música que quería hacer. Mi trabajo hoy es la docencia. Enseño piano jazz, improvisación, ensambles, composición. Por otra parte, me lleva bastante tiempo escribir música y ensayar, que no es estudiar, aprender música nueva, revisar música vieja para interpretarla mejor. Estoy con el instrumento todo el tiempo, pero dispongo de pocos momentos para estudiar, solo, tranquilo. Y es algo que extraño.
–A propósito, ¿cómo llegaste al jazz?
–De casualidad. Cuando empecé a tocar piano, en la adolescencia, me relacioné con otros chicos y comenzamos a escuchar jazz. Era una escucha muy desordenada. Para darte una idea, escuché antes a un vanguardista como Cecil Taylor que a Bill Evans o Bud Powell, pero simplemente porque me llegó antes un disco de Cecil Taylor. En esa época, a finales de los 80, veníamos al centro con algunos amigos y, como los discos de jazz eran muy caros y pocos, íbamos a disquerías donde los grababan en cassettes. Mucho de lo escuché de jazz fue de esa forma, por los disqueros. Me acuerdo de Gustavo, de la disquería El Atril, que nos recomendaba discos. Y 10 años después, Guillermo Hernández de Minton’s, cuando yo ya tocaba y sabía muchísimo más de música, también colaboró en mi escucha jazzística.

–Al parecer, una escucha jazzística que no incluye el jazz tradicional.
–Bueno, en realidad, Louis Armstrong o Count Basie es música reciente para mí, de los últimos 10 años. El bebop no, porque fue lo que estudié. El bop es el estilo del jazz que está más escolarizado y codificado. Pero yo empecé a escuchar de entrada posbop o cosas más locas, como free jazz. La fusión fue importante para mí, porque yo venía de escuchar rock, Zeppelin y eso, y entonces me abrió un nuevo panorama. Recuerdo a Weather Report, un grupo de jazz-fusión que me gustaba mucho, o Chick Corea o el Miles Davis eléctrico de los 80. Y sin embargo, hoy la fusión no me gusta.
–¿Cuáles fueron los discos de aquella época que más te impactaron?
–Uno que me pegó emocionalmente fue Crescent de John Coltrane, ya que yo escuchaba jazz porque era algo diferente. Y yo tenía 14 años cuando escuché Crescent y lo escuché muchísimo. Recuerdo también ARC de Chick Corea con el grupo Circle, que para mí fue importante. Tal vez algún disco de Dexter Gordon. Pero a partir de ahí se me empieza a mezclar todo.
–¿Quiénes son tus pianistas preferidos de jazz?
–Obviamente Monk, pero hoy diría también McCoy Tyner, que me ha acompañado siempre. Me gusta todo lo que hace McCoy Tyner: las ideas, el sonido, el ritmo, el color, el estilo. También aprecio a Paul Bley, al que escucho desde muy chico, y a Andrew Hill.
–Quizá el menos conocido de todos ellos es Andrew Hill. ¿Influyó sobre tu estilo?
–Sí, puede ser, pero yo tengo no sólo influencia del jazz sino del rock.
–Eso es más difícil de percibir, al menos en Fragmentos del mundo.
–Mejor, pero hay rock en Fragmentos del mundo. No demasiado, pero especialmente después de grabado, reconozco influencias del rock. Completamente sacadas de lugar, pero hay influencias, me parece, del Bob Dylan eléctrico, de Zepellin, de Spinetta. No sé, tal vez es una sensación. Cuando era chico escuché mucho a Spinetta, y también a Charly García. Durante años mi disco favorito fue Artaud de Spinetta y me gustaron varias de sus bandas: Pescado, Jade… Cuando lo conocí personalmente a Spinetta 20 años después, casi me muero, fue como conocer a Batman… (Risas) El rock mismo tiene una energía muy directa y muy fuerte, especialmente el rock más viejo. Por ejemplo, David Bowie me vuelve loco. Hoy, en cambio, se trata más de pop que de rock. Durante un período muy largo, en el que escuchaba sólo jazz, me cerré a otras músicas, y después, de a poco, comencé a escuchar discos de rock o de pop que escuchaba antes y a escuchar cosas nuevas. Es una cosa complicada el tema de los discos. Afortunadamente, perdí todos los vinilos cuando, en mi primer viaje, cuando era chico, los repartí entre amigos. Ahora tengo unos 700 CDs y unos 300 gigas de música en la computadora.
–Una curiosidad: ¿qué lugar ocupa el jazz en la música?
–El jazz tiene innumerables connotaciones, algunas buenas, otras malas. Para mí, después de estudiarlo varios años y de tocarlo más profesionalmente, el jazz significa libertad de improvisación. En lo personal, me cuesta enormemente enfrentarme a música en la cual no puedo improvisar. En lo artístico, como expresión, si no hay improvisación sucede, te diría, que no entiendo para qué tocar. Y cuando escucho música, me cuesta escucharla si falta esa energía que viene cuando está improvisada. La sensación es muy diferente si uno escucha música improvisada, grabada o no, que cuando uno escucha música escrita. Sólo hay dos pianistas de música escrita que me transmiten la sensación de ser creada en el momento: Marta Argerich y Glenn Gould.
–¿Dirías que la esencia del jazz es la improvisación?
–No sé, pero el jazz sin improvisación no es jazz. La improvisación en jazz es un espacio para la creación individual y grupal sin que se haya pactado de antemano todo. Puede haber un plan, un mapa, pero también la libertad de no seguir ese plan, ese mapa. En eso consiste lo que más me interesa del jazz. Y pensándolo hacia atrás, me imagino que la improvisación fue uno de los primeros elementos que me hicieron seguir escuchando jazz e intentar tocarlo. Por eso, la composición me cuesta mucho. No es algo que me fluya. Durante unos años me esforcé en ser un compositor, y me sentaba todos los días a escribir. Aprendí algunos secretos, mejoré técnicamente, compuse algunas canciones horribles que se perdieron y otras que se grabaron… (Risas) Bueno, hubo algunas que me gustaron, de hecho grabé alrededor de 150 temas, pero desde hace 5 o 6 años, sólo me pongo a componer si se me ocurre una idea o si necesito un tema nuevo para el grupo.
–¿Hay mucho de improvisación en Fragmentos del mundo?
–Y sí, casi todo.

Rubén Ríos
Fotos: Nicolas Pousthomis