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Integrante de la «trova rosarina» que se dio a conocer en los 80, el cantautor presenta un ambicioso disco doble que resume su carrera. Su formación y su experiencia como docente.

 

Folclore. El músico dice estar atento a los sonidos actuales del género. (Guadalupe Lombardo)

Autor de «Era en abril», aquel emotivo tema que en los 80 popularizó Juan Carlos Baglietto, Jorge Fandermole es hoy un ex integrante ilustre de la recordada trova rosarina, esa que según él «nunca se autodefinió como movimiento, porque no se propuso como tal». Según explica el músico, el rótulo llegó desde alguna usina periodística. «El contexto en el que se produjo tiene elementos clave, sobre todo, la inminente vuelta a la democracia, el final esperado de ese ciclo del que todos queríamos salir, con condiciones de mercado muy particulares asociadas con el conflicto de Malvinas: no se podía difundir música en inglés. En ese contexto, nosotros teníamos una propuesta estética fuerte, entonces todo funcionó muy bien», completa.
Ahora Fandermole acaba de editar un ambicioso disco doble, Fander, en el que graba por primera vez temas inéditos que viene tocando en vivo hace rato y, además, recupera unos cuantos que ya había editado, pero en versiones totalmente remozadas. «Es un collage armado a partir de distintas épocas de mi carrera», cuenta. «En el primer CD, está todo lo que compuse del 2005 hasta hoy y no fue a parar al tacho de la basura. Lo fui arreglando con Marcelo Stenta y Fernando Silva y, al final, lo grabé. Y en el otro, las versiones nuevas».
Para el compositor, guitarrista y cantante, descartar material es una práctica habitual. «Tiro bastante. Hay canciones que abandono: es lógico que sea así. Las cosas van decantando. Mucho de lo que en un primer momento parece interesante, con la cabeza fría lo ves de otra forma. Y suelo tomarme bastante tiempo entre disco y disco, porque no es lo único que hago. Me he diversificado bastante, me dedico a mi familia y también soy docente. La docencia me ayuda mucho porque me pone en contacto con otras generaciones, chicos que ven las cosas de un modo distinto al mío, que tienen otras referencias, otros materiales. Es una buena manera de no aislarme, de estar en contacto con otras formas de percepción», describe.
Dueño de un vasto repertorio, el rosarino no se atreve a comparar las canciones que fue escribiendo a lo largo de estos años: «Nunca me cerraron ese tipo de valoraciones. En el caso de las versiones nuevas, la idea de este disco era tomar la identidad básica de algunos temas, con su letra, melodía y armonía originales, y replantearlas con otra sonoridad. No son versiones mejores ni peores; son actualizaciones, digamos».
Entre sus principales referentes artísticos, Fandermole destaca a Atahualpa Yupanqui, Ramón Ayala, Aníbal Sampayo y Chacho Muller. «También me interesa mucho el modo en el que Liliana Herrero indaga tanto en el cancionero contemporáneo como en el más tradicional, cómo recrea y versiona esos temas, del mismo modo que me interesa lo que hicieron en el tango Troilo y Manzi, o toda la obra de Chico Buarque, otro al que nunca dejé de escuchar. Serrat, Silvio Rodríguez, todo el cancionero venezolano, que es buenísimo. Y le presto atención especial a lo que hace gente más joven, como Jorge Drexler, Juan Quintero y el Negro Aguirre. Pero, obviamente, no tengo la posibilidad de escuchar todo. El que tiene tiempo puede manejar tendencias, estar más al día, pero yo no soy un sacerdote de lo que hago, tengo el tiempo repartido en varias cosas. Pongo más el oído en todo lo relacionado con el folclore,  por un tema de cercanía, de afinidad. Lo que más me interesa es cómo se posiciona un artista del género frente a las sonoridades de hoy: si se apega a la compresión del pop o a los rangos dinámicos más amplios de otros géneros».
Dedicado a la enseñanaza desde hace años, recuerda los detalles de su propia formación, vinculados, asegura, con el azar. «En casa no se escuchaba tanta música, pero hay cosas que suceden igual, medio de casualidad. A mi viejo le gustaba cantar, eso sí. Cantaba tangos, yo aprendí con él de muy chiquito. Cuando cumplí 8 años, me regaló una guitarra y me preguntó si quería aprender con un profesor. Fui, y ahí descubrí que se podía experimentar una emoción profunda con la música, porque veía lo que le pasaba a mi maestro con su bandoneón. El tipo de cercanía espiritual que tenía con su instrumento fue para mí mucho más importante que las nociones de solfeo. Y él, además, me acercó un a repertorio muy importante para mí: el de Jaime Dávalos, Andrés Chazarreta, Juan Falú, Jorge Cafrune», enumera el cantautor.
Cuando ocupa el rol de profesor, lo que más le importa, dice, es la comunicación. «Tiene que haber un ida y vuelta fluido y permanente entre mis intereses y los de los que vienen a las clases, una negociación intensa entre la relación más íntima y explosiva que tenga cada uno con la materia artística y la imprescindible formación técnica. No debe quedar en el tintero ninguna instancia que tenga que ver con lo creativo».
Con 30 años de trayectoria a cuestas, hoy evoca como uno de los mayores hitos de su carrera el encuentro con Mercedes Sosa. «Tuve un acercamiento eventual, pero me trató con mucho cariño», remarca. «Mi admiración por ella no se termina: cantar con Mercedes fue una experiencia fuertísima. Inolvidable».

Alejandro Lingenti