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Pirámide social. La ONG trabaja con chicos de Parque Patricios y las villas 21-24 y 31. (Jorge Aloy)

A Macarena Troiani no le tiembla la voz al afirmar que el Circo Social del Sur (CSS) es su «lugar en el mundo». Tiene 17 años, hace más de diez que estudia y ejercita las artes circenses y, por lo que cuenta, ya descubrió lo que a muchos les lleva toda una vida. Sentada en el galpón de donde funciona la sede principal del CSS, recuerda su primera incursión en los talleres de trapecio, tela, malabares y acrobacia que la ONG brinda desde 1996 en algunos de los barrios más pobres de la ciudad. ¿La excusa? Hacer del circo una herramienta para la transformación social.
Macarena es uno de los veinte alumnos del programa de Formación Avanzada del Arte Circense, al que se sumó hace dos años, luego de tomar un curso de maquillaje artístico en el tinglado de Parque Patricios. Gastón Roldán llegó a esa misma capacitación intensiva de casualidad, cuando abandonó las clases de kung-fu que el CSS brinda en la legendaria Escuela de Circo Criollo. Según Gastón, lo hilarante y desfachatado de las destrezas cirqueras «le da a cada día una vida diferente, porque rompe con la rutina». No obstante, el testimonio de ambos revela que el rótulo «intensivo» es literal: los que deciden profundizar la práctica circense entrenan más de doce horas semanales.
En total, son alrededor de cuatrocientos pibes los que participan de las actividades, cursos y talleres del CSS. Los docentes y artistas replican los mismos talleres comunitarios en la villa 21-24 de Barracas; en la 31, de Retiro; en Ciudad Oculta, partido de La Matanza; y en el Bajo Flores. Allí donde las asperezas del contexto profundizan carencias y derechos negados, las distintas disciplinas trazan una vía de escape en clave artística. «El circo puede transformar tristeza en sonrisa. Es muy groso: te da un sueño, una meta en la vida», dice Macarena. «A los pibes les permite salir de lo que les propone su entorno y les ofrece contención. Si tengo un problema, sé que acá me van a ayudar».
Al arte y la destreza física, el CSS suma una tarea política e ideológica junto a los sectores más vulnerables. «Partimos de una base: sabemos que la igualdad de oportunidades no es para todos. Entonces, trabajamos con chicos de 13 a 20 años, que en la práctica tienen derechos negados», explica Vanesa Zambrano, coordinadora de la ONG, que también se articula con organismos locales e internacionales, como el Cirque du Monde, un desprendimiento de la compañía canadiense Cirque du Soleil orientado al trabajo social.
En clase se combaten desde miedos y frustraciones hasta estereotipos y estigmas que son repetidos a diario en los discursos mediáticos hegemónicos. «Muchas veces, lo que pasa no tiene nada que ver con lo que te pintan en la tele. Por ejemplo, “si vive en la villa, se droga o roba”. Capaz que a esas personas les hace mal que constantemente se lo digan. Parece que no pudieran tener otro futuro», expone Macarena. En esta conclusión la acompaña Gastón, que define la tarea del CSS como una forma de inclusión para llegar a la comunidad: «Con el circo socializás, hacés lazos con otras personas, todo gracias a las risas y las payasadas».

Daniela Rovina