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La suerte no parece acompañar el segundo mandato de Michelle Bachelet. Después del terremoto en el norte de Chile, un incendio descomunal destruyó miles de viviendas en Valparaíso y la obligó a cancelar su primera gira internacional. Valparaíso ha sido castigada en numerosas oportunidades, como en el terremoto de 1906. Cien años después, numerosos expertos cuestionan la utilización de la categoría «desastres naturales», ya que ahora se realizan informes técnicos de alta precisión que permiten minimizar los daños. Los cerros, vientos, vegetación y clima de la ciudad serán difíciles de modificar por la mano humana, pero sí se puede planificar cómo y dónde construir. El sociólogo y urbanista Sebastián Sepúlveda Manterola asegura que tras cinco años de sequía los gobiernos locales y nacionales no se prepararon, aunque numerosos estudios públicos alertaban sobre lo que podía suceder. Chile –sostiene en El Martutino, de Valparaíso–, que alardea de ser el país más desarrollado de América Latina con un ingreso per cápita de 20.000 dólares, ha quedado expuesto por sus pies de barro. La prensa chilena resalta que la falta de respuesta ya no sorprende. En octubre de 2010, en el mismo diario se alertaba del rebrote de incendios forestales y la ausencia de planes para evitar que la historia se repitiera, lo que convierte a cada «desastre natural» en un hecho político. Las zonas más afectadas revelan la existencia de altos niveles de pobreza con edificaciones precarias rodeadas de basurales, en muchos casos sin agua potable y callejuelas tan estrechas que sólo «gracias» a que las viviendas fueron consumidas por el fuego pudieron pasar los bomberos. Valparaíso, como tantas otras hermosas ciudades, contiene una paradoja en sí misma: los más pobres viven en los puntos más altos de los cerros con la mejor vista panorámica, pero con las peores condiciones de vida y la menor capacidad de defensa ante incendios o aluviones.