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Una nueva generación de mujeres publica sus viñetas, chistes y relatos ilustrados en diarios, revistas y también en libros. Critican
los prejuicios machistas y celebran la diversidad estilística.

 

Heterogeneidad. Los cuadritos van desde la aventura hasta la reflexión social, pasando por la actualidad y el costumbrismo. (Sandra Rojo)

Alguno se sorprende al verlas dibujando. Y ellas arrugan el ceño o hacen una mueca de disgusto. «Las historietistas y las humoristas gráficas», dicen esos labios torcidos, «venimos trabajando en esto hace rato». Martha Barnes, en la edad de oro de la historieta argentina, hacía grandes relatos de género en viñetas. Patricia Breccia hizo series memorables en Fierro en los 80, aunque jamás pudo esquivar el mote de «la hija de». Más recientemente, Maitena dio un paso al frente con sus Mujeres alteradas. Y hoy las chicas explotaron. Algunos lo atribuyen a la aparición de Liniers, otros a la irrupción del manga y del animé. Pero si bien es cierto que ambos fenómenos contribuyeron a ampliar la base de lectoras de una disciplina tradicionalmente consumida por varones, ninguna de las dos cosas explica la creciente actividad de las historietistas y humoristas gráficas.
Alejandra Lunik y Caro Chinaski vivieron el under en los 90. Hoy, la primera tiene un libro publicado en la calle, con el cual Random House Mondadori se arriesgó en una tirada de 9.000 ejemplares, cifra varias veces superior a la de muchos escritores prestigiosos, mientras que Chinaski tiene tira propia en la contratapa de Tiempo Argentino y en Clarín se hizo su lugar Diana Raznovich. Julieta Arroquy, por su parte, ni siquiera viene «del palo» y tiene tres libros publicados por Ediciones de la Flor.
Las más chicas sí ven algo de influencia del manga y el animé. La mendocina Lauri Fernández, autora de títulos como Vientre o Ani,  e investigadora del Conicet, lo reconoce como parte de sus lecturas, aunque evidentemente no la única. En su horizonte también aparece la historieta argentina y la europea, lo mismo que en sus compañeras del grupo Vacación Comics. Por allí andan las chicas surgidas en Bloomzine, entre quienes destaca Sole Otero. Otros colectivos autorales, como Historieta Patagónica, también cuentan con mujeres en sus filas (Guada o Fer Gris), en las que no se percibe la influencia de los dibujos de ojos grandes. Además, hay una revista con perspectiva de género (Clítoris) y el ambiente recibe de brazos abiertos a autoras extranjeras como la colombiana PowerPaola.
«Lo ideal sería que esto no sorprendiera a nadie. Que no importara, a instancias profesionales, si sos mujer u hombre, sino tu discurso, tu trabajo», sentencia Fernández. El prejuicio a veces toma un cariz libidinoso, aquel que dice «¡Qué lindas las chicas; dibujan y todo!». También están las fundamentalistas, que pretenden crear terrenos exclusivamente femeninos, vedados a los hombres. «Hay espacios que cuestionan esas miradas; en Clítoris colaboro con Federico Reggiani, y ahí no te seleccionan por género u orientación sexual, ni te piden un panfleto sobre feminismo», comenta Fernández.
Estilística y temáticamente, todas las autoras relevadas por Acción muestran tendencias gráficas y narrativas muy diversas. Hay desde aventura fantástica hasta reflexión social, pasando por chistes de actualidad y relatos costumbristas. Cuando se revisan los cronogramas de actividades de los distintos festivales de historieta, no aparece ninguna charla de autoras mujeres. ¿El sector es machista y las margina? Nada de eso, porque hace ya varios años que las dibujantes rechazan esta clase de conferencias. «Rompen un poco esas charlas tipo “el tampón y la historieta”, “las dibujantes también tienen tetas”», reconocen todas. Las chicas prefieren presentar sus trabajos y ser juzgadas por ellos, sin caer en una bolsa unificada.
«Hay una especie de falta de las humoristas gráficas en quedarnos pegadas a cierto modelo de humor, pero me parece que eso también está sujeto a los espacios de trabajo que podemos conseguir», reflexiona Lunik. Esas oportunidades suelen surgir en revistas o suplementos «femeninos», cosa que las empuja a ciertas temáticas. «Pero una también debería ser más rebelde», advierte. Los editores, reconoce Lunik, saben elegir a las dibujantes por su trabajo y no por su sexo, aunque el prejuicio se mantenga en ferias del ramo o en la cabeza de los lectores, como si «historieta hecha por mujeres» fuera un género en sí mismo.
Arroquy coincide con sus colegas: «Ya en 2013 es ridículo indagar mucho en esto, porque las mujeres venimos ganando espacios en todos los órdenes de la vida desde hace rato. Lunik se encargó muy bien de investigarlo en un suplemento que coordinó para la revista Fierro. Las mujeres parimos a la humanidad entera, lideramos revoluciones y países; no debería sorprender a nadie que dibujemos historieta».

Andrés Valenzuela