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A 50 años de su debut en vivo, el cantautor catalán presenta una caprichosa y rica antología personal: cuatro discos y un libro que iluminan pasajes de una obra extraordinaria.

 

(Efe)

En catalán, en castellano, solo, a dúo, con orquesta, con guitarra, con arreglos jazzísticos o de pop melódico. Joan Manuel Serrat diseñó su propia y caprichosa Antología desordenada como legado y como quien expone, de una manera caótica, los materiales nobles con los que construyó la catedral que lo trascenderá. La excusa, adelantada por unos meses, son los 50 años de su primera actuación en vivo. Fue el 18 de febrero de 1965 en el estudio Toreski de Radio Barcelona, durante el programa matinal Radioscope. El kilómetro 0 de una carrera que, analizada con la lupa de la historia, no ofrece grietas; los palotes de una trayectoria por muchos motivos ejemplar.
La antología la componen cuatro discos compactos y un libro autobiográfico con fotos poco conocidas o inéditas. Son en total 50 canciones, 31 de ellas en duetos con diferentes artistas. Hay versiones ya editadas, otras especialmente grabadas para este trabajo. Regida por la arbitrariedad,  sirve para escudriñar una obra que ha tenido muchas etapas, que ha sorteado escollos, que ha quedado a veces en tensión entre el valor artístico y el significado político, que a su pesar se cristalizó en emblema social pero que, aun así, se observa extraordinaria.
Seguramente cada uno de los cientos de miles de seguidores tiene su antología personal, un Serrat particular, una etapa delimitada, un cancionero propio y privado relacionado con su biografía emotiva. Soslayando este aspecto –tarea improbable, esa relación entre la vida cotidiana y una melodía o un disco es una de las claves de la importancia ontológica de la canción popular–, destaca en el álbum un período absolutamente maravilloso que refulge entre 1969 y 1981.
En ese lapso, Joan Manuel Serrat editó los elepés Dedicado a Antonio Machado, poeta, La paloma, Mi niñez, Serrat 4, Mediterráneo, Miguel Hernández, Canción infantil, Para piel de manzana, 1978 y En tránsito, sin contar tres larga duración en catalán. Fue una seguidilla soberbia: Serrat amalgamó sus raíces juglarescas con la Nueva Canción Catalana, la chanson francesa de autor, el folk estadounidense, la canción latinoamericana, el tango y hasta el pop comercial, para cimentar un repertorio indoblegable, que por densidad y peso específico no tiene parangón en el universo hispano.
El núcleo duro de esas canciones pervive, en diferentes versiones, en Antología desordenada. Destacan «Romance de Curro el Palmo» con un flamenquísimo Alejandro Sanz; «Mediterráneo» con Lolita Flores; un antiguo cover de «Sinceramente teu» con Maria Bethania –con su dramatismo característico, la bahiana se apropia de la canción–; «La saeta» con Carmen Linares; «Lucía» con Silvio Rodríguez; «Penélope» con Gino Paoli; «Cantares» con Miguel Ríos, y una «arrancherada», «No hago otra cosa que pensar en ti», con Paquita la del Barrio.
No aportan demasiado «Para la libertad» con Rubén Blades en ritmo de salsa; la humorada con Les Luthiers en «Las malas compañías» y el cover de «Fiesta» a cargo de la bautizada Resaca Sudaca, un bienintencionado combo argentino integrado por Fito Páez, León Gieco, Víctor Heredia, Celeste Carballo, Adriana Varela, Ricardo Mollo, Patricia Sosa, Alejandro Dolina y César Isella. Como fuera, la colaboración sirve para subrayar el irrompible vínculo con América Latina, sobre todo con México, Chile, Argentina y Uruguay, un romance cristalizado bajo el fuego de los dictadores, de Franco a Videla y Pinochet.
Hay una buena cantidad de temas en catalán, como no podía ser de otra manera. Serrat emergió de un movimiento que hizo de su idioma una trinchera: precisamente Franco había instaurado el castellano por decreto y prohibido la utilización de las lenguas regionales. Temprano, cuando decidió cantar en castellano, Serrat se vio envuelto en una polémica ingrata. Los sectores fundamentalistas de Cataluña lo tildaron de traidor a la causa; lo cierto es que él nunca dejó de cantar en catalán. Aquí brillan la gigante «Canco de bressol», «El meu carrer» (con el cantaor Miguel Poveda), «Temps era temps» (con Quico Pi de la Serra) y «Pare».
La selección transita grandes momentos que, no obstante, pierden interés por tratarse de versiones ya grabadas, de circulación reciente. Es el caso de «Aquellas pequeñas cosas» con Mercedes Sosa, que fue publicado en el disco Cantora de la tucumana, en 2009, o de «Es caprichoso el azar», junto a la israelí Noa, extraído del disco Versos en la boca de 2002.
Pese al afán retrospectivo de este panorámico álbum cuádruple, el catalán sigue pensando en presente. Al borde de los 71, no planea su retiro. «Cuando decreté un año sabático para descansar –escribe en el librito de Antología desordenada–, acabé entendiendo que no hay nada más divertido y reconfortante para un artista que el empujón que brinda la ilusión de hacer giras y cantar para la gente. Yo, por lo menos, no he descubierto aún manera mejor de pasar la vida. Así que, en la medida en que la salud y el público me lo permitan, y gracias a mi mujer, que ha tenido la generosidad de tirar del carro de la casa, de los hijos y de los perros con el marido de gira, aquí sigo. Ahora, como les dije al principio, estoy preparando una gira para el 2015 con la que me propongo conmemorar mis bodas de oro con la canción». Y termina: «Por el momento, lo dejamos así. Perdonen los olvidos y disculpen los errores». No hay nada que perdonar y mucho para agradecer.

Mariano del Mazo