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Finalista del Premio Herralde, la novela del ascendente autor cordobés juega con elementos autobiográficos para desmenuzar el bloqueo de un escritor.

Construcción. Falco vuelve en Los llanos sobre paisajes y personajes recurrentes. (Prensa/Catalina Bartolomé)

No existe un modo lineal para convertirse en escritor. El cordobés Federico Falco se anotó en la carrera de Agronomía antes de lanzarse a una vida repleta de talleres, amistades literarias, una licenciatura en Comunicación y becas de escritura. Su más reciente libro, Los llanos, finalista del Premio Herralde de Novela, une dos elementos de aparente origen biográfico. Plagada de referencias literarias, según dice en la entrevista con Acción, no armó un corpus conciente. «Eran lecturas propias y otras que le servían al personaje. Las pensaba en relación con el paisaje: poetas de la llanura pampeana, santafesina. Y me parecían libros lógicos que el personaje iba a releer, como los de Osvaldo Aguirre», dice. Falco trabaja también como lector: coordina clínicas de obra, dirige una colección de cuentos en el sello Chai y codirige el proyecto editorial Cuentos María Susana.
En Los llanos narra los días de un escritor que, mientras atraviesa un duelo, se aísla en una casa de campo, empecinado en crear una huerta. Estructurada en tres tiempos –un pasado remoto, otro más reciente y un presente en primera persona– coquetea con la llamada literatura del yo, aunque desconfía de la pericia mimética. «La mímesis no me interesa tanto, ya que tiende a ser una copia de la realidad pero se presenta como un artificio que oculta su propia artificialidad, dice “soy copia fiel”. Y hay otras posibilidades de acercarse a eso».
En la novela, Falco revierte la idea del escritor vuelto productivo en su retiro de la ciudad, esa figura cristalizada en el prólogo a El nuevo periodismo de Tom Wolfe. «Tenía que ser un escritor bloqueado, para que pudiera reflexionar y pensar en distintas aproximaciones posibles a la escritura», señala.

Carrera de fondo
Reconocido como cuentista, ya había publicado 222 patitos, 00, La hora de los monos y Un cementerio perfecto. Si bien incursionó en el género nouvelle con Cielos de Córdoba, Los llanos es su primera novela. «Los temas son un poco los mismos, revisitar ciertos paisajes y personajes, como esa suerte de ermitaño que se aísla. Lo que cambió tiene que ver sobre todo con la forma».
Si algunos escritores necesitan idear la trama antes de encarar un libro, Falco empezó a considerar la escritura como una práctica: abría un archivo de Word sin una finalidad precisa. «Como hacen algunos artistas plásticos, que van al taller y de pronto hacen alguna cosa, como una exploración, viendo qué surge». También emplea la analogía de los maratonistas, que a pesar de que compitan solo una vez al año, corren todos los días. Fue así como acumuló «mucho material de cosas diversas».
Luego de varias tentativas para que el personaje no fuera escritor, se resignó. Su prejuicio tenía que ver con que «tienen una cotidianeidad parecida a la de todo el mundo». Y además, dice, nunca le gustó escribir cosas cercanas a él. Sin embargo, tuvo que entregarse y terminó volviendo el juego explícito. En un momento, el novio del protagonista le escribe y se refiere a él como «Fede». «Intenté construir desde materiales cercanos y lejanos y armar una suerte de híbrido, me parecía un trabajo muy delicado, por eso había una especie de coquetería: no quería que sintieran que “había salido así”, tenía ganas de que se notara el trabajo de edición y corrección».
De hecho, en la novela, el narrador piensa en estructuras de distintos tipos de relatos. Cuando trata el género biografía, el lector se da cuenta: por más vocación de verdad que haya, la escritura siempre prefigura una construcción. Porque en la novela –y en la vida– las curvas dramáticas y la teleología no suelen ser resultado de un espontáneo fluir natural.


Sonia Budassi