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Surgida en el teatro under de los 80, encarna a Judy Garland
en un espectáculo de la avenida Corrientes. El recuerdo de su
amigo Batato Barea y su relación esquiva con la televisión.

 

Doble vida. La carrera de la actriz se divide entre el teatro comercial y el independiente. (Jorge Aloy)

Nadie la llama según consta en su DNI: Karina Claudia Moccio. Todo en ella, hasta su propio nombre, está atravesado por una visión artística. Karina K, quien ha empezado a aparecer en los grandes medios recién en la última década, en realidad dedicó su vida entera a perfeccionarse como una actriz completa, una de esas intérpretes capaces de transfigurarse en personajes muy diversos, a través de la actuación, el canto y la danza; una naturalidad para mutar que, en su momento, también implicó encontrar su nombre artístico.
«A mediados de los 80, empecé a tener fascinación por el teatro under que se estaba dando en la posdictadura. La mayoría de los artistas de El club del clown o del Parakultural se cambiaban los nombres: Batato Barea, Tino Tinto, Doris Night, Divina Gloria», cuenta. «Yo era una adolescente que empezaba a dar sus primeros pasos en números vivos, en discotecas como Palladium o San Francisco Tramway. Entonces lo conozco a Batato, me hago muy admiradora, lo acompaño a las performances. Y un día le digo en su casa que quería cambiarme el nombre para adoptar una identidad artística. Era un poco una moda, algo como para romper con el sistema, para establecer una identidad, para decir “yo soy artista”. Y así, en el año 86 me cambio el nombre: mi apellido siempre me lo escribían mal y lo de Karina K me pareció algo concreto. Además, con la letra que empieza, termina: el principio y el fin es lo mismo. Una vez, en una crítica que me hicieron en Barcelona, dijeron: “Karina K, una actriz que parece salida de una novela de Kafka”. Y me encantó: Kafka tiene dos K».
Arrancó durante los 80, en efecto, circulando por el under, después de haber recibido estímulos de su padre, Fidel Moccio, uno de los iniciadores del psicodrama junto con Tato Pavlovsky. Después de haber estudiado gimnasia artística y danza, a los 19 años hizo Sugar con Susana Giménez. «Yo era una de las bailarinas. Era el trabajo donde ganaba plata, en el Lola Membrives. Susana era súper profesional, con mucho sentido del humor, sincera, verborrágica. Y después me convertí en una de los Susanos en la tele», amplía.
Siguiendo un amor, vivió 8 años en España, donde montó sus propios shows. De regreso, incursionó en el neocabaret, en ámbitos como El Dorado, Ave Porco y Morocco. Y fue una de las protagonistas en el famoso musical Drácula, de Pepe Cibrián Campoy; también lo fue en las versiones locales de Victor Victoria y de Cabaret. Desde 2005, es una de las figuras frecuentes en los proyectos de Ricky Pashkus: Te quiero, sos perfecto, cambiá; Souvenir, Sweeney Todd y, actualmente, Al final del arcoíris, donde personifica a Judy Garland, en el Teatro Apolo. En todo este proceso, bajo una filosofía de vida sostenida por la práctica del budismo, se dedicó a perfeccionarse con numerosos docentes y costeó sus clases incluso trabajando como obrera en una fábrica o como repartidora de pizzas. Pero nunca aceptó –y ahora menos todavía– propuestas que no le significaran un crecimiento profesional y personal.
«Soy reconocida en el ambiente teatral, artístico», afirma. «No llego a la popularidad porque no tengo acceso a la televisión, ese medio no me está dando la posibilidad. A mí me han visto productores muy importantes y no me dan un lugar, o me ofrecen papeles muy desvalorizantes. Yo entiendo que la tele ayuda, pero no acepto bolos. Estoy bien encaminada: voy a paso lento, pero profundo. Hay artistas que preferimos abordar otro camino, buscar una reputación que te pone en un lugar más interesante que efímero».
A sus 47 años, Karina K se encuentra en un espléndido momento artístico, que parece una decantación de la experiencia acumulada desde los comienzos. «Lo primero que estudié fue danza, que me sirvió para abordar personajes con despliegue físico», cuenta. «También me dio dominio corporal, control como para armar máscaras extremas, además de la posibilidad de pasar del virtuosismo a lo más austero y roto del cuerpo, a lo más extremo y esperpéntico. En definitiva, me permitió disponer de toda la paleta de colores en lo físico». En el arcón de sus recuerdos, algunos ocupan un lugar especial. «Batato fue una gran influencia para mí, una influencia de libertad», dice. «Hay dos partes mías: una que trabaja comercialmente, profesionalmente, en el teatro “on”, y otra que aborda el teatro de autogestión. Y eso lo aprendí de Batato. O sea, siempre sentí esa autonomía gracias a conocerlo a él, a ver cómo componía sus personajes. Era una persona angelada, con una generosidad y un corazón enorme, un talento ilimitado y una naturaleza libre, sin restricciones. Era un creativo. Vivía como hacía en el arte».
Cuando regresa del pasado al presente, la intérprete concluye: «Al final del arcoíris marca el principio de una nueva etapa en mi vida, en el orden humano, espiritual y artístico. Esta nueva etapa tiene que ver con saber elegir, con estar muy cauta y desarrollar mi sabiduría y mi intuición para lo que venga».

Analía Melgar