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Desde su residencia mexicana, el poeta explica cuáles fueron las razones profundas que lo impulsaron a escribir los poemas incluidos en su último libro. El deseo, el arte y la memoria.

 

La semilla. La condena de los secuestradores de su hijo fue el punto de partida.

Pocas frases, en general breves, y que resumen mucho. Que Juan Gelman tiende a ser lacónico lo sabe cualquiera que haya leído sus poemas, e incluso sus notas de prensa, quizá como un reflejo defensivo ante tanta charlatanería como la que suelen exhibir los que posan de «escritores» o «poetas», o porque así es él, simplemente. En la conversación personal, Gelman puede extenderse más, aunque no sin intercalar significativos silencios o miradas interrogantes, como diciendo «¿a vos qué te parece?». Pero la charla cara a cara, en este caso, no era factible: Gelman estaba en su casa de Colonia Condesa, en la capital de México.
No quedaba más posibilidad, entonces, que el correo electrónico. Así fue como, por e-mail, llegaron las sucintas respuestas al cuestionario que le envió Acción, con motivo de la aparición de Hoy, su más reciente libro de poemas. Un título que contrasta, en su seca brevedad, con los de los dos libros anteriores del autor, De atrásalante en su porfía y El emperrado corazón amora.
Teniendo en cuenta que en los poemas aparecen nombres como Irak, Afganistán o Somalía, que se habla de balazos y torturas y se enjuicia explícitamente la índole inhumana del capitalismo, podría entenderse que «hoy» es la actualidad política, pero también los poemas se internan en cuestiones tales como el deseo, el dolor o la memoria, o el amor, o el pensamiento, o la poesía misma. ¿No será entonces el «hoy» esa escena donde viene a acumularse todo, como si se tratara de enfrentar a los lectores con la infinita complejidad de su presente y se les dijera «mírenlo»? ¿La idea que enlaza los poemas sería algo así como «así están las cosas», «a esto llegamos»? «Creo que ambas cosas, pero me inclino más por “a esto llegamos”», admite Gelman. «Estamos viviendo una derrota humana de enormes proporciones y hay mucha gente distraída».

 

Capitalismo y poder
Ya en otras entrevistas, Gelman se había referido a esa «derrota humana»: hay «todo un sistema que se ha instalado para recortarnos el espíritu, para convertirnos en tierra fértil de autoritarismos», dijo entonces. Quienes lo conocen saben que cuando dice «autoritarismos» no se refiere solamente a los poderes políticos, sino también, y muy especialmente, a la avidez criminal del capital concentrado y, quizá más aun, a todo un modo de vida, una cultura: «Hay una especie de acostumbramiento, que es lo peor que le puede pasar al ser humano: al terrorismo, al genocidio por hambre, a la falta de educación para todo el mundo».
En cuanto al nacimiento de su libro, hubo un punto de partida claro, un primer brote de escritura que luego se extendió en otros. «Los primeros textos nacieron de una comprobación: la condena a perpetua de uno, y a 25 o 20 años de prisión a otros de los asesinos de mi hijo no me produjo satisfacción, ni alegría. Me pareció un acto de justicia largamente esperado, habían pasado 35 años del crimen y sólo gracias a Néstor Kirchner se acabó esa impunidad», cuenta Gelman. «Me pregunté por qué me ocurría eso y empecé a escribir testimonios, relatos, apuntes de esa época. En un momento determinado apareció el primer texto, que disparó los otros. Pienso que fue así porque no se trata de una tragedia personal únicamente, es la tragedia de un país, la tragedia del mundo que vivimos, en el que cada cinco segundos muere un niño menor de cuatro años por hambre, miseria o enfermedades curables».
Ese fue entonces el principio: aquel jueves 31 de marzo de 2011, cuando el Tribunal Oral Federal Nº 1 juzgó a los represores del centro clandestino Automotores Orletti, entre ellos el ex general Eduardo Cabanillas, que en el marco de la Operación Cóndor asesinó a Marcelo Gelman, secuestrado en 1976 junto con su mujer, María Claudia García, que sigue desaparecida (es conocido que a mediados del 2000 el poeta recuperó a Macarena, su nieta nacida en cautiverio). Pero, si en lo que sintió entonces está el origen de Hoy, no hay cómo no advertir que lo que a partir de ahí fue desatando la puesta en marcha del lenguaje excedió en mucho aquella experiencia. «Cómo entrar en la oscuridad de la conciencia –dice, por ejemplo, el poema “LXVIII”−, sus piedras a propósito, la delimitación de sus espejos. La belleza se calla junto al enfermo de la época. ¿Quién le clavó cegueras ante las criaturas de la estupidez? (…) Las fantasías violentas del adentro son crueles hacia arriba, su utilidad es traición y nadie labra las tierras del espanto. El viento barre la arena del desierto, los fulgores del mal, dígase lo que se diga de autonomías del amor».
¿Cómo se dio ese proceso? «Un poeta no se sienta a escribir sobre un tema previamente pensado. Escribe lo que le sale y así se va enterando de lo que le ocurre», explica. Claro que lo que le sale al autor de Hoy no es cualquier cosa y, sobre todo en sus libros de las últimas décadas, no es nada fácil describir exactamente qué es. Son textos que no se entregan fácilmente, como si estuvieran desafiando al lector. ¿Es producto de una elaboración o es algo que se fue imponiendo con el tiempo y el trabajo?  «Lo pienso en otros términos, no escribo para un lector determinado ni para que me entienda o no. Creo que es el mejor modo de respetarlo, es decir, dar lo que se puede del mejor modo posible. Y nada le pido al lector».
¿Y qué podría haber en común entre el Gelman de hoy y el que cambió en gran medida el rumbo de la poesía argentina hace casi seis décadas? En Violín y otras cuestiones, su primer libro, anunciaba: «Esto que tengo de niño fundamental / se me rebela, quiere / llorar en los rincones, desgarrarse / la frente, la mejilla, /olvidar el cuaderno donde dice / mamá con letras tiernas / y hay una dulce vaca de tres patas».  ¿Se podría ver alguna continuidad? «En realidad, se escribe sobre pocas cosas toda la vida. Sor Juana dio una definición de la belleza y el arte con la que acuerdo: es una espiral. A medida que pasa el tiempo, la acumulación de experiencias de vida, las lecturas, produce un movimiento por el cual la misma materia se ve desde otro punto de la espiral y exige una nueva expresión de lo mismo».
La mirada actual de Gelman, entonces, puede arrojar una nueva luz sobre aquellos poemas que  en los años 60 tendían una mirada a la vez triste y tierna sobre la vida cotidiana de Buenos Aires, los que encontraron nuevos modos de conjugar los sentimientos, la inteligencia y la lucidez política en Violín y otras cuestiones, El juego en que andamos, Velorio del solo. «Me parecen escritos por otro, pero así me pasa con todos los libros una vez publicados. El poema que se escribió, murió», afirma. Pero, aunque las propuestas de la escritura cambiaron, y quizá también la visión del mundo, ¿cambió la actitud hacia la poesía? ¿Es lo mismo lo que lo llevaba a escribir a Gelman en 1956 que lo que le ocurre hoy, cuando cuenta en su haber con casi todos los premios a los que puede aspirar un poeta? «Sí, es la misma actitud ahora, y nace siempre de una obsesión, una necesidad impostergable. He pasado años sin escribir cuando me tocó el exilio, a veces pasan meses. Eso no me preocupa ni angustia. Si la cuerda se acaba, pues se acabó».

 

Volver a los clásicos
No es frecuente que Gelman exprese alguna opinión acerca de las tendencias, corrientes o modas que afectan a la poesía en tal o cual momento. Una de las muy escasas excepciones aparece en País que fue será, su libro de 2004. En uno de sus poemas se puede leer: «ella entra al supermercado Wal-Mart, / como hay que decir en la poesía de hoy, / me harta la poesía de hoy, / ojalá fuera de ayer o de mañana». Particularmente esa frase, «como hay que decir en la poesía de hoy», llama la atención. ¿Eso es lo que piensa de lo que se escribe actualmente? «Me pareció que por entonces había aparecido una suerte de hiperrealismo y detallismo nombrador que poco tiene que ver, a mi juicio, con la poesía. Claro que no todo lo que se escribe es así. Lo que sucede es que hay poetas y hay gente que escribe versos».
Para terminar, dos nombres, estrechamente vinculados con el nacimiento de su relación con la poesía: Raúl González Tuñón y César Vallejo. «Llegué a ellos leyéndolos, claro, y tuve el privilegio de conocer personalmente a Raúl González Tuñón. Me encanta su lirismo ciudadano y desparpajado, lleno de hallazgos. En Vallejo siempre me interesó su manera de pelear contra los límites de la lengua, como Oliverio Girondo, Lezama Lima y otros. Todo lo leído incide en mí, pero lo más importante es que creo haber encontrado mi propia voz, es decir, una actitud en permanente búsqueda de lo invisible, eso que no tiene nombre todavía».

Daniel Freidemberg