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Final de la época. La muerte del actor deja un vacío en el teatro y el cine argentinos. (Jorge Aloy)

Con la muerte de Alfredo Alcón –el pasado viernes 11 de abril– se cierra una época de la cultura argentina. Va a costar acostumbrarse a la idea de que ya no podremos ver en escena a este actor prodigioso. La muerte de Alcón es equivalente, para nuestro teatro y nuestro cine, a la de Jorge Luis Borges en la literatura y a la de Astor Piazzolla en la música. No sólo ha muerto un hombre: se ha ido toda una cosmovisión del hacer teatral y cinematográfico. Alcón se definía a sí mismo como un trabajador del espectáculo; era mucho más que eso: un referente ético y político, con una trayectoria intachable. Bastaba que saliera a escena para que los espectadores lo aplaudieran de pie. Aplaudían no sólo su trabajo, sino también su persona, su integridad, la célebre grandeza de su humildad, su conducta ejemplar en tiempos difíciles. Sentimos la muerte de Alcón como la de un maestro admirado, un padre, una fuente de luz para el mundo. Y eso transforma nuestra relación con el mundo, en el sentido más profundo del duelo.
Nos quedan sus películas, sus grabaciones de radio y discos, su palabra en innumerables entrevistas. Recordemos algunos filmes: El amor nunca muere (1955), Un guapo del 900 (1960), Las ratas (1963), Martín Fierro (1968), Los siete locos (1973), Boquitas pintadas (1974), Nazareno Cruz y el lobo (1975) y muchísimas más. Más de 20 discos con grabaciones literarias, poéticas y teatrales, entre las que sobresalen sus interpretaciones de Federico García Lorca (Los caminos de Federico). Hay que armar un archivo, un centro de documentación, en su memoria, donde se puedan reunir películas, grabaciones, fotografías, programas de teatro. El historiador Mario Gallina prepara una completa biografía, que esperamos leer muy pronto. Tendrá varios cientos de páginas, porque Alcón fue un trabajador incansable hasta sus últimos días. El actor estuvo en el Centro Cultural de la Cooperación en 2005, con motivo del centenario del nacimiento de Raúl González Tuñón, y ofreció un recital de su poesía: él mismo eligió los poemas «La vaca triste», «La calle del agujero en la media”, «Enrique González Tuñón» (elegía al hermano), «La luna con gatillo». El CCC ha rescatado esa grabación de su archivo y próximamente será editada en un CD. En la revista Palos y piedras del CCC puede leerse una entrevista a Alcón, así como se había publicado otra muy extensa en marzo de 2010 en Acción. Lo magnífico de los registros cinematográficos, de audio y televisivos, de la versión escrita de su palabra, es que pueden ser legados a las generaciones futuras que no disfrutaron de Alcón en convivio teatral. Pero también quedan en la memoria colectiva los grandes trabajos teatrales, desde los clásicos del pasado –Israfel, Romance de lobos, Hamlet, Las brujas de Salem– hasta los más recientes: Variaciones Goldberg, Los reyes de la risa, Filosofía de vida, Fin de partida. Ahora nace el mito Alfredo Alcón. ¿Cómo se construye? Manteniendo viva su memoria teatral. A quienes lo vimos en la escena nos queda esa obligación: contarles a quienes no lo vieron qué maravilloso era Alcón en el teatro. Los recuerdos imborrables de un artista excepcional.

Jorge Dubatti