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Gerardo Martino, técnico del equipo albiceleste, busca fortalecer el trabajo de su antecesor con un estilo de juego dinámico y mayor vocación ofensiva. El regreso de Carlos Tevez con miras al futuro.

 

Referente. Messi intenta romper el cerrrojo de Portugal. El rosarino es fundamental en el esquema que pretende aplicar el técnico. (Télam)

Gerardo Martino lleva adelante una transición ordenada en la Selección argentina. En agosto, tomó las llaves de un equipo que un mes antes había jugado –y perdido– una final del mundo. Martino tuvo que comenzar a pintar con su estilo lo que había dejado armado Alejandro Sabella. El movimiento de piezas hubo de hacerse con sutileza, sin giros bruscos, nada que fuera traumático. Era sacar y poner cosas, cambiar de lugar otras, sin que tiemble el edificio, la casa, una metáfora que le gustaba mucho utilizar a Sabella.
La gira por Inglaterra, la última del año, fue la que dejó las mayores marcas del entrenador rosarino. Para los partidos con Croacia y Portugal tomó la decisión más transcendente si se la mide desde lo simbólico –acaso desde lo político– y esa fue convocar a Carlos Tevez. Durante los tres años y medio en que la Selección estuvo bajo la administración de Sabella, no hubo lugar para el jugador de la Juventus. Su ausencia se hizo cada vez más notoria: en parte por las buenas actuaciones en su equipo, y también porque el que está afuera siempre es mejor, más aún cuando se lleva el mito del jugador del pueblo.
Más allá de las razones que llevaron a Sabella a no incluirlo y de las intrigas del vestuario que sobrevolaron al caso, Martino explicó la convocatoria de Tevez como un asunto futbolístico: la chance de contar con otro centrodelantero como alternativa a Sergio Agüero y Gonzalo Higuaín. No fue su búsqueda, pero el llamado al Apache marcó una diferencia con la gestión anterior. Aunque hay otras, más profundas y tal vez menos simbólicas.
Martino mantuvo la base del plantel mundialista que utilizó Sabella. Una base, incluso, de jugadores titulares. Saquemos el partido que jugó con Alemania en Dusseldorf, donde la citación fue un homenaje a los subcampeones del mundo. Para el partido con Brasil en China –que terminó en derrota– y con Hong Kong en la isla –una celebración local que derivó en goleada– Martino convocó a una mayoría de mundialistas. Y les agregó elementos de su pócima, como los llamados a Nahuel Guzmán y Santiago Vergini, un arquero y un central que comienzan a hacerse un lugar; el regreso de Javier Pastore, las irrupciones de Roberto Pereyra, Mateo Musacchio y Leonel Vangioni. Federico Fazio, Cristian Ansaldi y Facundo Roncaglia se sumaron para la última gira.
Pero los jugadores son parte de una búsqueda, y pueden variar en cada convocatoria, el nudo está en otro asunto: Martino delineó en estos meses un modelo de juego. Ahí es donde se expone la mayor diferencia con Sabella. Lo dijo Javier Mascherano en el diario La Nación durante la estadía inglesa: no es empezar de cero, explicó, porque hay muchos jugadores del Mundial. «Pero es un proceso nuevo –aclaró Mascherano– con cambios de algunos nombres y de sistema». El sistema no es algo estanco, sino variable. Lo central en esta nueva etapa, en la era de la comandancia de Martino, es el modelo que elige, el concepto que el equipo interpretará sea quien fuere el equipo que tenga adelante. Tanto con Croacia como con Portugal se intentó en la salida desde abajo, el avance en bloque desde el mediocampo, las líneas más adelantadas para la recuperación, y el zarpazo en el ataque. Siempre con la tenencia de la pelota y mucha paciencia. En ese esquema que todavía diseña Martino, Messi, en principio, es un extremo derecho, su puesto fundacional antes de convertirse en un falso 9. Di María puede ser un extremo izquierdo y también un interior. Y Javier Pastore, un socio de ambos. En la derrota con Portugal se vio cómo se formaban los triángulos. Por la derecha, Messi, con Lucas Biglia –firme en el mediocampo junto a Mascherano– y Roncaglia, que tuvo buenas proyecciones. Y por la izquierda, Di María, con Pastore y Ansaldi. En esas alianzas se construyó el juego argentino.
Aunque el sistema puede variar en cada partido. El centrodelantero será uno solo: Agüero, Higuaín o Tevez. Los tres, salvo por un rebote casual en el Kun contra Croacia, se fueron sin goles de Inglaterra. Un contraste de lo que pasa en los clubes. Ese puesto está en plena pelea. La tentación de echar mano de todos sus atacantes a la vez invade a la Selección desde hace años. Pero para la idea que pretende Martino, además de un ataque feroz, se necesita un mediocampo donde la pelota circule con fluidez. La idea de todos los delanteros juntos –como si se potenciaran– muchas veces puede ser una trampa. Afianzar, en cambio, a la zona central como motor del juego –Pastore, o incluso Erik Lamela, pueden cumplir bien la función de alimentar ahí– parece lo más razonable. Y, como piensa Martino, que Higuaín, Agüero y Tevez peleen por el puesto.
Lo que sigue, entonces, es administrar los egos de las superestrellas que esperan en el banco. En el balance, hasta el momento, Martino lo ha conseguido. El objetivo más próximo es la Copa América de Chile 2015, y después vendrán las eliminatorias para Rusia 2018. Domar al vestuario, conformar un grupo y saber darles equilibrio a quienes lo conforman fue una tarea que Sabella aprobó. Martino acaba de empezar. Pero todavía está en una transición. Que lleva de a poco, sin prisa, pero también sin pausa.

Alejandro Wall