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Personajes fascinantes, el poeta y el pintor se influenciaron mutuamente. Dos obras dan cuenta de esa relación intensa, que habría incluido un romance no consumado.

Recuerdos íntimos. Nieto y Taccagni en la obra que recrea los días de Lorca en prisión.

Yo soy una bruma en tu vida y, a pesar de ello, te amo». Federico García Lorca le dice palabras como éstas a Salvador Dalí en Dalí y Lorca, diario de un viaje imposible, una de las obras que, en estos días, reviven en las tablas porteñas el diálogo artístico y la estrecha relación que el poeta andaluz y el pintor catalán mantuvieron durante 7 años. Y que se prolongó, a través de cartas, hasta la muerte de Lorca, en 1936.
El montaje, que puede verse en Teatro Liberarte, es de Rolo Sosiuk –quien además de encargarse de la dramaturgia hace de Dalí– y abre con el artista, a solas, entre lienzos y pinceles. La noticia del encarcelamiento de su antiguo camarada (un fulgurante Julio Chiorazo) lo lleva a recordar el pasado en común y a detenerse en diferentes momentos. Para ello, el autor se documentó con material literario y fílmico, y construyó textos, fusionando poemas de Lorca con creaciones propias. El resultado es un espectáculo conmovedor, con detalles tan cuidados como la música flamenca, que profundiza el relato de dichos encuentros. «Esta pieza tiene mucho de realidad y poco de ficción. Quisimos mostrar “fotografías” de la relación, porque siempre se habla de Dalí y de Lorca de forma separada y fueron dos personas que compartieron muchos años de amor y de arte. Eso fue algo que supo plasmar muy bien Carlos Rapolla, el director de la obra», comenta Sosiuk.
Si bien los amoríos de García Lorca con otros hombres han sido bien estudiados a pesar de la oposición de su familia, fue el biógrafo Ian Gibson –quien, a lo largo de cuatro décadas, ha dedicado varios libros al poeta–, el que «blanqueó» esta historia. En Dalí-Lorca, el amor que no pudo ser (1999), el escritor de origen irlandés aseguró que el propio pintor le había reconocido, hacia el final de su vida, que Lorca intentó «poseerlo físicamente», pero que él no accedió, porque «lo que más temía era ser homosexual».
Otra pieza que aborda el lazo de los españoles es Los cuatro días de Lorca, una obra ficcional que dirige Rocío Rodríguez Conway en el Teatro La Comedia, y que propone un recuento poético por la intimidad del creador de Yerma. El actor Mariano Taccagni, quien a la par encarna a García Lorca, es el autor del texto. «Tomamos el referente real, pero imaginamos los sucesos sin atarnos ni a lo puramente biográfico ni a lo informativo. Y nos arriesgamos a plantear la imagen del poeta que no desea abandonar el arte ni siquiera en los últimos momentos de su vida, y continúa creando», explica Taccagni.

Pasión. En Dalí y Lorca, diario de un viaje imposible, el poeta se confiesa.

Por eso lo sitúan en prisión, donde lo visita la criada Angelina (Silvina Nieto/Martha Galvé), mientras Lorca rememora su vida. Y ahí Dalí (Diego Bros) aparece, según Taccagni, «como la representación de un gran amor que le dejó a Lorca e incluso a los que quisieron al poeta una sensación de amarga ingratitud. De todas maneras, el de ellos fue un gran amor. Y, por tanto, fue imprescindible recurrir a su recuerdo en los momentos finales».

Ficción y realidad
En la vida real, todo comenzó en 1922, cuando a los 18 años Dalí llegó a Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y se instaló en la Residencia de Estudiantes. García Lorca, 6 años mayor, había arribado allí en 1919, para cursar Derecho, carrera que nunca ejerció. En el lugar también se hallaban Luis Buñuel y Rafael Alberti.
La conexión entre Lorca y Dalí fue inmediata. La personalidad arrolladora del primero causó tal impresión en Dalí, que lo describió como «el fenómeno poético hecho carne y hueso, un loco y fogoso diamante». Lorca, en tanto, se enamoró perdidamente del pintor –que usaba un bastón dorado y una capa que arrastraba por el suelo– en cuanto lo vio. Pero éste, además de ser el personaje extravagante que encumbraría hasta su muerte, estaba lleno de miedos: al acto sexual, a las enfermedades venéreas y a la locura.
En el momento de mayor entendimiento artístico y personal, Lorca escribió su Oda a Salvador Dalí (1926): «Pero ante todo canto un común pensamiento /que nos une en las horas oscuras y doradas. /No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. /Es primero el amor, la amistad o la esgrima». Y Dalí le dedicó su obra Sant Sebastià. Entonces, pasaron unos días en Cadaqués, pueblo de pescadores donde la familia de Dalí tenía una casa, y que está presente en la obra de cada uno.
A pesar del afecto que los unía, tenían diferencias frente al arte y la vida. Si uno era pasión desbordada, el otro no se dejaba llevar por las emociones. Lorca se declaraba partidario de los pobres y no veía con buenos ojos el giro de Dalí hacia el surrealismo, aunque introdujo esta corriente en su trabajo con Un poeta en Nueva York, gracias a las críticas que su amigo le había propinado a Romancero gitano. Dalí, que amaba el dinero, quería llegar a París. Cuando en 1929 colaboró con Buñuel en la célebre Un perro andaluz, García Lorca se tomó el título de la película como una ofensa dirigida a su persona. Y esto fue lo que propició el distanciamiento entre ambos.
Lorca no fue tan determinante en la obra de su amigo –que creía que eran «almas gemelas»–, pero sí, motivo de varios cuadros de aquella época. Y, tras su muerte, se convirtió en el tema de otros tantos, como la serie titulada El enigma sin fin (1938) y el óleo Torero alucinógeno, de fines de los 60.
Por lo visto, ni siquiera Gala pudo consolar a Dalí por la pérdida de su «querido Federico»: el «cómplice» de un amor imposible y el poeta más influyente de España, al que, en palabras de su biógrafo, «mataron por republicano y homosexual». Y cuyo cuerpo, el más emblemático de la guerra civil española, aún permanece desaparecido.

Francia Fernández