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Con firmas que van de Franz Kafka a John Lennon, las misivas revelan la personalidad de quien las escribe y el contexto de su época. ¿Sobrevivirán en la era de los emails?

 

Confesional. «Es muy bonita», escribió el ex Beatle sobre Ono en una de sus cartas.

Todo lo que escribo lo hago, primero, para mí», decía John Lennon en una de sus cartas de 1967. El artista británico escribía y dibujaba compulsivamente. Gracias a esta costumbre, se lanzó hace poco The John Lennon letters (publicada en español por ediciones Cúpula), con 286 misivas y notas que recopiló Hunter Davis, amigo y biógrafo del ex Beatle. El libro representa un recorrido por su infancia en Liverpool, hasta los días previos a su asesinato en Nueva York, en 1980. Según The Washington Post, es el texto «más íntimo» publicado, hasta ahora, sobre él. Contiene dibujos, tarjetas de Navidad hechas a mano y listas de compra para la verdulería, así como líneas más personales, entre ellas las razones por las cuales dejó a su primera mujer, Cynthia, por Yoko Ono. «Ella es tan inteligente como yo», le escribe a Harriet, su tía materna, en 1968. «Además, es muy bonita –a pesar de que la prensa diga lo contrario–. ¡Luce como una cruza entre yo y mi madre, y tiene el mismo sentido del humor!».
La publicación se suma a la lista que el género epistolar ha brindado a lo largo de la historia, con innumerables cultores y registros. Desde la correspondencia de Cicerón, hasta las Cartas a Theo de Vincent Van Gogh o la Carta al padre de Franz Kafka o las Cartas a sus hijos de Sigmund Freud. Y, en el territorio amoroso –tan fértil para las palabras–, desde las Cartas de amor de Honoré de Balzac a Eva Hanska hasta las de Fernando Pessoa a Ophélia Queiroz, pasando por los reproches de Napoleón Bonaparte a su esposa Josefina, las epístolas intelectuales –francas y a la vez tiernas– de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, los intercambios eróticos de James Joyce y su mujer Nora Barnacle, y los intensos mensajes de Elizabeth Taylor y Richard Burton.

 

Historias íntimas
Además de ser un tipo de conversación a la distancia, las cartas revelan rasgos del carácter de quien las escribe y aportan sobre el contexto de su época. Escribirlas también posee algo de sagrado o, al menos, de reflexivo. Quien lo hace se sienta para dar forma a sus pensamientos. El acto en sí hasta entraña cierto romanticismo. En décadas pasadas, la elección de determinado sobre, el roce del papel que acarició otra persona, la elegancia del trazo, todo contaba. Y en el caso de las cartas de amor, que tardaban días en llegar a destino, también: la emoción de un corazón enamorado.
En cuanto a su valoración como género, Julia Saltzmann, jefa editorial de Alfaguara y Taurus, señala que «las cartas están relacionadas con otros géneros memorialísticos, como los diarios, las crónicas y las estampas, todos ellos de gran valor literario e histórico. A menudo, la correspondencia de un autor es su más valiosa biografía».
Este año, Alfaguara publicó la correspondencia revisada y ampliada de Julio Cortázar, en cinco tomos. «Para mí fue una experiencia extraordinaria, que se corrobora en la de sus lectores: asistir al transcurso de una vida, de la formación de un hombre, al desarrollo de su yo y a su persistencia, aun con sus violentas transformaciones. Me ha servido para comprender el siglo XX y sus mentalidades más que cualquier libro de historia, y me ha hecho amar al personaje más que si se tratara del héroe de una novela», detalla.
Algo similar vivieron en Penguin Random House, a fines del año pasado, con De padre a hija, cartas de Alberto Ginastera a su hija Georgina, una biografía ficcionada del compositor argentino, escrita por Cecilia Scalisi a partir de la correspondencia que la hija de Ginastera guardó por años. «El formato despertó mucho interés en los lectores, porque facilita una lectura ágil y permite abordar a un personaje desde un lugar más íntimo, más cotidiano, más directo», indica Fernanda Longo, editora del sello que también lanzó Aquí y ahora, diálogo epistolar que sostuvieron Paul Auster y el Nobel sudafricano J.M. Coetzee, entre 2008 y 2011. «Las cartas nos proporcionan no sólo datos de mayor o menor gravitación política, ideológica, cultural, sino también la captación de la sensibilidad, deseos y las pasiones de una época», comenta María Valentina Noblía, lingüista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. «Para no abrumar con ejemplos, sólo cito las cartas de Eva Duarte a Juan Domingo Perón, en las que se puede apreciar a Evita como mujer y figura política en relación con Perón. O las cartas que le escribió Mariano Moreno a su mujer, María Guadalupe, que ignoraba su muerte en alta mar; revelan una percepción singular de los avatares de la historia».

 

Mensajes digitales
En tiempos en los que casi las únicas correspondencias que se envían por correo están dirigidas a Papá Noel, la carta parece una especie en vías de extinción. Con el predominio de los medios electrónicos, hasta la escritura manuscrita y los borrones son cosa del pasado para una camada de jóvenes que usa teclas en lugar de tinta para escribir. Como dice Luis María Anson, de la Real Academia Española, en una columna de diario El País, el SMS (Short Message Service) o mensaje de texto «se ha convertido en el lenguaje escrito de la nueva generación». Esto porque sale más barato enviar un mensaje que hacer una llamada telefónica y, también, porque los textos pueden ir acompañados de fotos y videos. Para Ansón, una «nueva literatura epistolar» invade la vida de los ciudadanos e «ignorar el fenómeno sería despreciar la realidad».
Noblía, quien además de lingüista es especialista en lenguaje y nuevas tecnologías, sostiene que «en realidad, la forma más cercana al género epistolar es el correo electrónico. Los mensajes de texto son formas dialogadas, más cercanas a la conversación. En ambos casos, presentan rasgos que permiten relacionarlos con formas discursivas tradicionales, y también otros que les son propios, que tienen relación con las posibilidades que plantean las tecnologías y los medios en los que se materializan. No obstante, una de las diferencias más notables tiene que ver con la materialidad del soporte. Los tiempos de envío y recepción son diferentes y generan expectativas muy diversas si se las compara con los del correo tradicional. La velocidad a veces modifica el carácter asincrónico de los mails, convirtiéndolos en conversaciones en línea».
Pero, ¿cuál es la vigencia de la misiva como género en la era de los emails? Según el crítico literario Noé Jitrik, «el correo electrónico potenció la relación epistolar, lo cual no tiene necesariamente consecuencias literarias: lo más genérico es un deseo o necesidad de comunicar que ciertamente el correo electrónico favorece y favoreció, porque mucha más gente que antes lo emplea. Habría que ver si eso lleva a tomar un lápiz y enfrentar una hoja en blanco para desafiar la incertidumbre que se abre apenas se empieza a escribir».
Longo, de Penguin Random House, afirma que «más allá de que, por supuesto, el género epistolar sigue vigente en las historias ambientadas en otra época, el uso del email lo ha actualizado y revitalizado. Muchos relatos contemporáneos incorporan como recurso el intercambio de emails». Saltzmann, de Alfaguara y Taurus, concuerda con ella. «En cuanto al uso de cartas y mails como material ficcional, creo que han tenido, tienen y tendrán mucho atractivo, de Los sufrimientos del joven Werther de Goethe, a la película Tienes un e-mail. En la actualidad, el austríaco Daniel Glattauer ha escrito dos novelas muy exitosas construidas con mensajes electrónicos: Contra el viento del norte y Cada siete olas. Seguramente hay más».
Para muchos, la tecnología no sólo está cambiando las formas de comunicarse (hasta con símbolos para expresar emociones), sino también el fondo. Ocurre que ahora, con los SMS, Facebook y Twitter, la gente está cada vez más acostumbrada a leer pequeñas «dosis» de información, en lugar de textos de varios párrafos. Sobre el futuro, puede decirse con certeza que los lectores serán aquellos que no crecieron escribiendo cartas. ¿Qué pasará con éstas? Los expertos coinciden en que asumirán nuevos formatos y encontrará la manera de continuar vigentes, al menos como género. Saltzmann concluye: «Sólo puedo decir que una carta, una sola carta, puede ser uno de los más grandes tesoros de la vida. Confío en que las nuevas generaciones, con o sin cartas, encontrarán los suyos».

Francia Fernández